Capitulo 45

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Un gran estruendo hace temblar el suelo bajo sus pies, la sala queda en completo silencio, Antonio se levanta de su asiento y Débora lo sigue, se les ve algo extrañados, quizás un poco intranquilos, Tomas se acerca a la pecosa para separarla de Maciel, pero esta se resiste, a lo que vuelve a temblar el suelo, esta vez el estruendo suena más cerca. Antonio se aleja de las ventanas e invita a Débora a hacer lo mismo, se dirige a una de las paredes y desliza uno de los cuadros que decora la estancia, allí detrás de él se encuentra una pequeña pantalla junto con un teclado con números, este teclea algún tipo de clave, pero al hacerlo la pantalla emite una luz roja, este se da la vuelta y planta sus ojos en Maciel.

— Tu...— tan solo dio dos pasos, pero otro gran temblor hizo que perdiera el equilibrio y se tambalease.

— ¡Alguien ha pedido explosivos marca Bennett! — les sobresaltó la voz de René quien entro acompañado de Aramis y otros hombres más que por las vestimentas que llevaban formaban parte del club de moteros. Todos entraron armados apuntando a todas las direcciones, detrás de ellos lo único que se podía apreciar era una nube enorme de humo y escombros.

— Quieta señora, no se mueva— dijo Aramis apuntando a Débora con su arma— René échale una mano a Maciel.

— Marchando— se movió por la sala apuntando a Tomas y Antonio para que no se movieran de donde estaban, cuando llego a Maciel cortó las cuerdas para desatarlo— Toma, lo necesitaras— le dio su machete y la máscara de lobo.

Maciel se incorporó y termino de quitarse los girones en los que se había convertido su camiseta, sin mirar a nadie más se aproximó hacia la pecosa y la atrajo hacia él, Lucía lo recibió con gusto, rodeando su cintura con sus brazos. Se dio la vuelta y miro a Antonio, quien no se creía lo que estaba pasando, se fue acercando a él, pero guardando las distancias, extendió su brazo posicionando su machete en el cuello de este.

— A que esperas, hazlo— dijo Antonio entre dientes.

— Sería un placer, pero esa labor no me pertenece— al decir eso unos pasos se oyeron, Silvestre había entrado en la sala, enfundado en su mascara de lobo blanco sujetando su machete afilado, se fue acercando a paso decidido hacia donde se encontraban, al llegar se levantó la máscara para que le viera mejor.

— Tu muerte no curara todo el dolor que nos has causado, pero por lo menos servirá de tirita para comenzar a sanar— al decir eso no espero a que Antonio dijera ni una palabra, blandió el arma y le atravesó el estómago, siguió rajando la piel hasta sacar el arma de cuajo, los intestino de este bañaron el suelo y Antonio callo muerto, un grito desgarrador inundo la sala, ese grito procedía de la madre de la pecosa, la cual se había dejado caer sobre el cuerpo ya sin vida de Antonio, con los ojos encharcados en lágrimas y llena de ira se levantó para arremeter contra Silvestre, arañándolo y forcejeando con él, pero fue inútil , este se la quitó de encima con facilidad empujándola.

— Te matare— dijo Débora intentando volver a atacar, pero Maciel la detuvo.

— Te equivocas, tú ya no vas a matar a nadie más— la alejo de su padre, entonces esta busco a su hija, pero Lucía no era capaz de mirarla a los ojos.

— Lucía cariño, ayúdame— suplicó con lágrimas en los ojos.

— No te mereces nada de mi mamá— dijo la pecosa con la voz temblorosa— no después de todo lo que has hecho, de todas las vidas que has quitado y todo por ¿diversión? — las lágrimas empezaron a manar de los ojos de esta.

— No fue diversión, el me obligó— dijo señalando a Antonio.

— Estas mintiendo, no te creo— dijo la pecosa encarando a su madre. Entonces esta se quitó la máscara falsa de vulnerabilidad y una sonrisa macabra se dibujó en su rostro.

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