Capitulo 42

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Los Canes se encontraban recuperándose de lo ocurrido, apartando los restos de lo que había consumido el fuego y apagando las pocas ascuas que quedaban. Había sido un golpe duro para todos ellos, sus rostros mostraban derrota.

Maciel se quedó dormido en el sofá, con la respiración relajada, tenía un aspecto desaliñado. lleno de ceniza, Lucía so observaba detenidamente, nunca la había visto en ese estado, de derrota. Se aproximo a él con una manta en sus manos y lo arropó con cuidado de no despertarle, Kaiser que se encontraba a su lado no se había movido en ningún momento. Se alejo de allí, mirando por las amplias cristaleras como los Canes se ayudaban entre ellos, no miraba a ninguno en concreto, hasta que se topó con los ojos de Silvestre, los cuales las estaban mirando fijamente. La pecosa salió de la casa, quedándose en el poche, Silvestre se fue acercando poco a poco hasta quedarse a medias en las escaleras.

— ¿Quién ha podido hacer esto? — quiso saber Lucía, recorriendo con la mirada a los Canes.

— Puede que esa pregunta encuentre la respuesta muy pronto— dijo mirando a la pecosa.

— No puedo llegar a imaginarme lo traumática que tuvo que ser esa noche para todos vosotros.

—Maciel estuvo meses sin dormir, al igual que yo, cada vez que cerrábamos los ojos la veíamos a ella, como era consumida por las llamas— dijo en un tono de voz bajo, el cual se podía notar el dolor en cada palabra.

— ¿Por qué razón?, tuvo que haber algo de peso para que eso pasase— intentó encontrar el por qué— ¿Y qué tiene que ver la gente del pueblo, lleváis años matándolos, ¿con que fin?

— Lo hacemos para que el responsable de esa noche aparezca, pero se ve que prefiere que la gente del pueblo muera a dar la cara— miró a la pecosa—. La razón puede que sea por un error, un malentendido que condenó a mujeres y niños inocentes, en vez de condenar al que de verdad lo hizo.

— Puede que el verdadero responsable no sea del pueblo— dijo acercándose a Silvestre.

— Si, si lo es— aparto la mirada de la pecosa y en su mirada se mostraba una emoción que Lucía no pudo descifrar, ¿compasión, pena?

Unas voces se oyeron a lo lejos, que hicieron que la pecosa se sobresaltara, mientras que Silvestre agacho la cabeza y curvó sus hombros. Eran gritos de resistencia incluso se oían algunas protestas, pero estaban demasiado lejos como para saber lo que decían, Silvestre levanto la cabeza y le hecho una mirada a Lucía para después comenzar a caminar hasta los Canes. Lucía le siguió inconscientemente, no sabía quién era el que estaba dando esas voces, pero una sensación en su cuerpo le decía que no era bueno. Lucía intentaba seguir el ritmo de Silvestre, pero este iba a un paso rápido y ella iba tres pasos por detrás de él. Se iban acercando más a los quejidos, cada vez se oían más altos, hasta que divisaron a un grupo de Canes a lo lejos que sujetaban a una persona entre varios ya que esta se resistía demasiado. A Lucía la comenzó a latir el corazón de manera descontrolada y cuando vio de quien se trataba a medida que se iban acercando cada vez más sintió que su corazón paraba.

—No, Silvestre por favor— dijo en un tono nervioso, con miedo y terror en los ojos.

— ¡Soltadme, hijos de puta! — dijo gritando— Pagareis por esto, ¡teníamos un trato!

— Un trato que tú has roto— la voz de Silvestre era oscura y estaba llena de ira.

— Silvestre por favor, no lo hagas— la pecosa cogió el brazo de este y tiro de el para evitar que se acercara a él.

— ¿Lucía? — dijo la voz.

— Papá...— sus ojos estaban lleno de lágrimas y estas se intensificaron al ver a su padre y el estado en el que se encontraba.

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