Los ojos de la pecosa se cristalizaron al ver a quien tenía delante, estaba de espaldas, por lo que solo veía su media melena recogida en un moño despeinado y en suéter de color azul con girasoles.
—¿Mamá? — a Lucía se la corto la respiración al comprobar del todo quien era. Sus ojos se llenaron de lágrimas al verla allí. Sus pies reaccionaron por impulso y corrieron hasta su madre, la cual la estrecho entre sus brazos, fundiéndose en un cálido abrazo que la permitió a Lucía apreciar el olor tan característico de su madre a rosas— Que haces aquí, es muy peligroso...
— Tranquila cariño no me pasara nada— los ojos de su madre se posaron en un objetivo detrás de Lucía, pero enseguida se volvieron a posar sobre los de su hija, dedicándola una sonrisa cálida—Ten, esto es para ti, se dio la vuelta y cogió algo que había detrás suya, al girarse sostenía entre sus manos una pequeña maceta de cerámica, la cual en su interior albergaba un cactus, este tenía un pequeño capullo, del cual nacería una flor en unos días.
— Gracias mamá, no tenías por qué, no tenías que haberte arriesgado a venir...papá se pondrá histérico y yo...— no sabía como decirlo, la pecosa no quería que nada malo le pasase a su madre por ir a verla, no sabía si quiera como había conseguido llegar hasta allí sin perderse.
— Tranquila, tu padre no sabe que estoy aquí, y necesitaba verte, saber que estabas bien- la quito el cactus de sus manos y se lo dio a Silvestre que estaba a su lado— y te he querido traer esto para que seas fuerte con todo lo que está pasando y que sepas que hasta las flores más bellas crecen en los entornos más hostiles y sobreviven—la cogió su cara entre sus manos recorriendo con su mirada la infinidad de pecas que recorría su cara, dibujando un mapa de manchas por su piel.
— Siento interrumpir, pero deberías irte ya Débora...—dijo Silvestre carraspeando su garganta para sacar a las dos de su burbuja- Te acompañaremos hasta el final de bosque.
La pecosa la dio un beso en la mejilla a su madre antes de que Silvestre la acompañara a través del espeso bosque, Maciel el cual en todo momento había estado al lado de Lucía la rozo su brazo para sacarla de sus pensamientos, ella cogió la maceta con el cactus y salió de allí sin mirarle a la cara directa a su casa. Al llegar a la casa abrió la puerta entrando como alma que lleva el diablo. Estaba enfadada, enfadada porque todo esto se estaba saliendo de su control, su madre se había puesto en peligro por ir allí a verla, se había arriesgado a que la mataran, solo por ir a ver a su hija.
— Lucía— la voz de Maciel llego a sus oídos, pero era tal en enfado que no quería tener que hablar con él— A tu madre no la pasara nada, ya he dicho a los canes que no la toquen, mi padre no dejara que nada la pase.
— Estoy harta...— dijo la pecosa con voz queda- no lo soporto, todo esto.... solo quiero que termine de una vez, todo esto es culpa tuya, el único que ha provocado todo esto has sido tú, y ¿por qué?, por un capricho solamente, si alguien más sale mal parado de esto será culpa tuya— a medida que iban saliendo las palabras por su boca cada vez iban más cargadas de ira y rabia.
—Esto habría ocurrido de todas formas, no es algo de lo que yo tenga la culpa, esto habría pasado, estuvieras o no involucrada y no se puede parar— los puños de Maciel estaban muy apretados, tanto que casi no le corría la sangre por los nudillos.
— Pero tuvo que ser así, verdad, tuviste que arrastrarme a tu mundo, tuviste que fijarte en mi— una lagrima callo por su mejilla.
— Mi mundo te habría consumido de todas formas, aunque no lo quieras ver, tú ya formabas parte de él desde el principio— sus ojos impactaron con los de la pecosa, consumiendo con sus agujeros negros los orbes verdes de ella.
— Tienes que parar esto— le exigió.
—No puedo, ya es demasiado tarde— se intentó acercar a ella, pero esta retrocedió.
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Petricor
RomansaCuando la lluvia cae sobre el espeso bosque, todo ser vivo se esconde para no dejar rastro y dejar que el enemigo se abra paso entre los árboles destruyendo y masacrando. Canes, así es como les llaman los habitantes del pueblo. No sienten pena ni a...
