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Olivia sintió que el aire volvía a ingresar a sus pulmones cuando Avaluna le aclaró el pequeño detalle de que Aspen continuaba con vida. Entonces comenzó a contarle como habían sido las cosas.

Primero dijo que la batalla fue despiadada, los soldados del Rey cayeron como moscas y sus cuerpos quedaron atrapados en las armaduras, que pasaron de ser su coraza para convertirse en un ataúd. Después le contó cómo los caballos se transformaron en Lureks y atacaron a Aspen, por lo que tuvo que enviar a los Thauri para ayudarlo. Dijo que Alistair también había ido a su rescate, pero que al final, nadie pudo impedir que saliera herido.

Pero... ¿Qué tanto? Se preguntó en su interior. ¿Los malditos le habían roto las costillas? ¿Quizás quebrado una pierna? ¿O lastimado su perfecto rostro? Un hormigueo le ascendió por la columna de solo pensar en qué esos ojazos verdes nunca volvieran a mirarla, peor aún, que jamás miraran a sus hijos.

—¿Qué hay del doctor? ¿Qué dijo? —preguntó, espantando sus pensamientos.

Ya hacía varios minutos que había ido a pararse en frente de la ventana mientras escuchaba las palabras de Avaluna. Pues sentir el roce del aire frio que se colaba a través del vidrio, acariciandole la piel, le brindaba algo de calma.

—No sé mucho en realidad, Via, el Príncipe Arkyn no permite que nadie ingrese a los aposentos reales, tiene muchos guardias —explicó la doncella, con la mirada clavada en el piso—. Puedo intentar investigar, pero  creo que todavía él no despierta.

¿Entonces por qué... Estaba Arkyn a cargo?

—Algo está mal —soltó Olivia en tono muy serio—. Si Aspen continúa con vida, soy yo quien debería tomar las decisiones en Palacio, no Arkyn —agregó, intentando atar los cabos en su cabeza—. Si en cambio esta muerto, son mis hijos quienes deberían ascender al trono y los magistrados tendrían que nombrar a un Regente.

—El consejo se reunió esta mañana, votaron sobre varios asuntos y luego el Príncipe trajo las nuevas tropas para reforzar la seguridad.

—Mi padre ¿Dónde está? —preguntó.

Le resultaba en extremo curioso que Alistair Saint Honor no estuviera allí tirando de algún hilo o tejiendo alguna trampa.

—Creó que salió de la ciudad, Majestad.

Olivia apretó los puños con fuerza y sus nudillos palidecieron. Todo aquello le daba muy mala espina.

—Dame un vestido. Creo que deberíamos ir a hacer un par de visitas —ordenó, concentrándose en el jardín.

Dónde la Princesa Antonia se encontraba paseando del brazo de su madre. Era extraño, pensó, ambas lucían tranquilas y elegantes, demasiado para alguien que acababa de perder a un hijo o hermano a causa de la batalla.

Pero entonces ¿Dónde demonios estaba su esposo? Y ¿Qué, además de la muerte, podría impedir que fuera a verla?

—¿Te gusta este? —le preguntó Avaluna, que se había acercado unos pasos para enseñarle un vestido sin mangas que tenía el corsé negro engastado por piedras brillantes que captaban la luz con cada movimiento.
Desde la cintura, su falda fluía de manera amplia y elegante, en un tono marfil y además estaba decorada por aplicaciones de flores rojas, distribuidas de manera uniforme.

—Si, está bien —asintió, levantando los brazos sobre su cabeza para quitarse la túnica blanca—. Busca también una corona, por favor.

—Claro —respondió Avaluna, incapaz de apartar los ojos de su cuerpo desnudo cubierto por raspones y heridas—. Pero... Via, ¿estás segura de qué quieres usarlo? Todos verán tus heridas.

Espinas de PlataDonde viven las historias. Descúbrelo ahora