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Nada mas poner un pie dentro, Olivia se dio cuenta de que el refugio de los traidores no era un simple campamento improvisado entre los árboles, sino un santuario oculto en lo más profundo del bosque, que solo podía asemejar los tiempos en los que se identificaban como una sola familia y se preparaban para la batalla contra el único enemigo que existía: Los humanos.

Se encontraba en un claro rodeado por árboles milenarios, tan altos que sus copas parecían fusionarse con el cielo, ocultando cualquier indicio de vida desde lo alto. Se le ocurrió que quizás eran sus dioses escondiéndolos a plena vista. La maleza, densa y espesa, estaba formada por helechos gigantes y arbustos de hojas anchas, que parecían exhalar un aroma terroso y fresco, el aroma a casa. Ademas había un río de aguas cristalinas que serpenteaba entre las raíces llenas de nudos y en su cauce bordeaba las piedras pulidas por el tiempo, mientras en un murmullo constante, se mezclaba con el canto de los insectos nocturnos y el crujir de la madera.

Enormes toldos de hojas trenzadas tejidos a mano destacaban a lo largo del camino, asegurados de forma estratégica entre las ramas de los árboles más gruesos, lo suficientemente elevados como para descansar sin preocuparse de los depredadores del suelo. Pero también había chozas, construidas con madera y pieles endurecidas a punta de fuego.

Y por supuesto, no podía faltar la zona dedicada a la preparación de armas, donde se tallaban flechas de madera con puntas de obsidiana afilada, dagas de plata, látigos y otro tipo de artefactos. Cerca de allí, una hilera de tenderos sostenía pieles curtiéndose al sol, mientras un grupo de jóvenes Thauri practicaba el tiro con cristales carmesí hechos de su propia sangre.

—Solo puede entrar una —anunció Odette Laurens, deteniendo el paso para mirar a las hermanas Saint Honor a la cara.

—Vale, voy yo —respondió Alicia sin siquiera detenerse a pensarlo.

—¿Qué? No, yo soy la Rei... —intentó hablar su hermana.

—Exacto y es por eso que vas a esperarme aquí —la interrumpió en tono decidido.

Y no es que Olivia acostumbrara a escuchar a nadie, pero dada la situación ni siquiera tenia fuerzas para debatir, además, si algo la había enfrentado a su hermana desde su matrimonio con Aspen, eran sus nexos con los grupos de rebeldes. Así que no dijo nada más y la vio dar media vuelta para emprender la marcha con dirección a una cabaña de madera, a la que le habían colgado una especie de guirnalda compuesta por varios estandartes de familias Thauri.

Aquello también le trajo recuerdos.

Pero no tantos como a Alicia, que se adentró en el lugar con paso firme y una lucha enérgica por evitar que se le acelerara el corazón. Después de todo, Atlas era uno de esos estudiantes, los especiales, los que tenían talento en la misma medida que crueldad,  así como Olivia. De ahí que acabaran por expulsarlo de la academia varios años atrás.

Su silueta, ubicada en el fondo de la habitación, lo mostraba sentado en el borde de un escritorio, con los ojos clavados en el interior de una copa de cristal llena de vino.

Visto así, con su uno noventa de estatura y su cuerpo fuerte pero esbelto, no era fácil adivinar, no al menos a primera vista, que bajo todas esas capas de cuero negro, había un guerrero. Hombros anchos, mandíbula cuadrada y un puente nasal recto, como esculpido por el frío, destacaban en su impoluta figura. En contraste con sus ojos, pequeños comparados con el resto de su rostro pero de un tono precioso que parecía vacilar entre el gris tormenta y el azul glacial.

—Debe ser mi día de suerte, dos monarcas por el precio de uno —la voz de Atlas emergió de su garganta de forma pausada, casi contenida, como si no pretendiera perturbar ni siquiera al viento que lo rodeaba—.¿Te agradezco a ti o a los dioses? —levantó el rostro hacia Alicia y dejó escapar un par de carcajadas tan sonoras como genuinas.

Espinas de PlataDonde viven las historias. Descúbrelo ahora