Cuando ella entró a la habitación el suave murmullo de las matronas se apagó al instante. Ambas mujeres hicieron ademán de levantarse, pero una tenía al Príncipe en brazos y estaba amamantándolo, por lo que Olivia alzó una mano indicándoles que no se molestaran en hacer reverencias.
Aquella tarde, lucía un impresionante vestido rojo, con un corsé dorado que trazaba la figura del águila Maksimov en todo el centro. Había sido uno de los regalos de su boda, un supuesto símbolo de la unión entre dos mundos que en realidad nunca lograron acoplarse, por lo que usarlo en ese momento le parecía irónico, casi poético.
—¿Cómo están? —fue lo único que se le ocurrió preguntar mientras se acercaba a la cuna donde reposaba su hija.
Entonces la vio ahí, entre las sabanas de algodón, con su vestidito blanco lleno de figuras doradas y bordados que contrastaban con sus ojos azules al reflejar la luz de las lamparas. Sus mejillas eran coloradas y su piel tan pálida como la de Aspen.
Una punzada le atravesó el pecho, quizás por el recuerdo de su esposo o tal vez por el miedo que daba ver la fragilidad de la Princesa; era como si incluso un soplido del viento pudiera fragmentarla. ¿Y entonces qué le quedaría?
—Están bien, Majestad —respondió una de las matronas con una sonrisa que irradiaba calidez.
Cómo debían irradiarla todas las madres, pensó Olivia, observándola. Pues nunca había experimentado en carne propia el tipo de ternura que emanaba de aquellas mujeres y aunque Lady Mcconell intentó estar ahí tras la muerte de su mamá, en realidad no era alguien cariñosa y pocas veces consiguió imponer su voluntad sobre la de Alistair.
Aun así Olivia no se quejaba, entendía que habia sido entrenada en lugar de criada y no tenía cargos de conciencia, las habilidades que adquirió solo se conseguían en medio de la adversidad. Lo que sí tenía era miedo por no conocer el terreno que ahora pisaba.
¿Cómo demonios se entrenaba a un niño que tenía la comodidad de cien mil espadas para protegerlo? Peor aun ¿Cómo se educaba, si desde su nacimiento ya se sabía el dueño del mundo?
—El Príncipe es algo inquieto —comentó la otra matrona, rompiendo el silencio—. Pero duerme casi toda la noche si le cantan.
Olivia asintió con un gesto casi imperceptible antes de enderezarse en su posición con la rigidez propia de un militar.
—Retírense.
Las mujeres intercambiaron miradas de desconcierto, no habían dejado a los bebes solos desde que Arkyn apareció en la entrada de la habitación con ellos entre los brazos, pero en realidad no había nada que pudieran decir para evadir la orden de la Reina, así que acabaron por abandonar el salón tras dejar al Principe en su cuna. Él, a diferencia de su hermana comenzó a llorar en el instante en que entró en contacto con la suavidad de las cobijas de algodón.
<<¿Tan pronto se siente solo?>>
Olivia lo miró desde arriba y le pareció que él le devolvía la mirada con el ojo sano, pues en el otro, totalmente blanco, no existía más que vacuidad. Era como un lienzo nuevo o una habitación desolada.
—No llores —le dijo, seria—. No hay lágrimas suficientes para hacer que el mundo te compadezca. Tienes que aceptar lo que te toca—le dio un par de palmaditas en la barriga con suavidad—. Así que en lugar de lástima, inspira respeto... O terror —una media sonrisa asomó en sus labios—. Tu padre puede enseñarte lo primero y yo... Yo puedo justificarte cuándo hagas lo segundo.
El llanto del Principe cesó, quizás por sentir el contacto de su madre o solo porque aquella voz era demasiado familiar. Olivia lo alzó y luego repitió el gesto con su hija, sosteniéndolos a ambos en brazos mientras se sentaba en la mecedora, una silla de madera fina que tenía el estandarte Maksimov tallado en las dos patas.
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Espinas de Plata
Fiksi SejarahCuando el poder de los Maksimov parece ir en picada, Aspen debe asumir la verdadera responsabilidad de ser Rey, para salvar el tratado de paz, pero sobre todo, para salvar a su futuro hijo de todos los peligros que acechan en los rincones de la cort...
