—Esperaba verte anoche —dijo Atlas, tomándose la libertad de pararse junto a Olivia, tan a mínima distancia que su hombro le chocó en el brazo.
Ella se encontraba en frente de una de las mesas de armería, con los ojos negros clavados en las distintas dagas de plata. Las conocía todas, no había un solo tipo de hoja con la que no hubiera rebanado su propia piel, y aún así, tenía dudas sobre cuál debería usar.
¿La curva? ¿La clásica? Quizás ninguna, llegó a pensar tras hartarse de tanta vacilación. Pues eso de dudar sobre dónde poner el pie a cada paso que daba, era extenuante.
Pero... Si no escogía una daga ¿Entonces qué? Un arco no era el mejor instrumento para un combate a corta distancia, un látigo requería más resistencia de la que de momento poseía y su hemocinesis estaba condicionada porque el día anterior se le había vaciado casi un tercio de sangre por la herida en las costillas.
—¿Anoche? —repitió, sin apartar la vista de la mesa—. Me fui a dormir. Pensé que si tanto querías verme bailar en tu pequeño acto circense, podrías esperar unas cuantas horas —soltó, sarcástica.
—¿Eso hacías en la capital, bailar para los nobles? —Atlas la miró a la cara, con genuino interés.
—¿Hace cuanto no vas al sur, Sinclair? —Olivia le clavó los ojos como si se tratara de un par de afiladas dagas.
—No me gustan esas ciudades, están llenas de humanos.
—Si las visitaras sabrías que ya no. que ahora hay muchos Thauri viviendo en ellas sin temor alguno a que alguien les corte la cabeza —dijo, con un deje de orgullo en la voz—. El tratado hizo eso.
—Vale, forzaste a los humanos a soportar nuestra presencia en la misma habitación, ¿Y qué? —Atlas dejó caer los hombros, como para restarle importancia—. Antes nos oprimían con algo tan básico como el derecho a respirar , ahora lo hacen con el dinero y la posición social, ¿Tienen idea tú y tu séquito de idiotas de lo que hacen los jóvenes Thauri a cambio de oro? ¿Las personas que asesinan bajo las órdenes de los nobles? ¿O las vejaciones a las que se someten?
Olivia quiso decir que si, que conocía a detalle al menos una de esas situaciones, y que Aspen y ella habían hecho su mayor esfuerzo por corregirla, pero tenía la sensación de que en el fondo eso no era cierto.
—¿Y según tú cual era la solución? ¿Asesinar a todos los humanos? —le preguntó, tan seria como si aquel no hubiera sido también su sueño unos años atrás.
El Thauri asintió con la cabeza, sin alterar la expresión hermética en su rostro.
—Eso o separarnos de una buena vez, de todas formas hemos estado segregados desde un principio.
Olivia no pudo evitar que una carcajada escapara de sus labios.
—Independencia, ¿esa es tu fantasía? —preguntó, resaltando lo ridícula que era la idea—. ¿Por qué iban a dejar los Maksimov que les robes su reino?
Atlas hizo chasquear la lengua contra el paladar como si de repente hubiera caído en cuenta de algo.
—Tienes razón ¿Por qué ibas a dejar que tomáramos algo de lo que ahora es tuyo? —una sonrisa más bien tétrica se formó en sus labios—. Te deseo suerte en la arena, Olivia, la vas a necesitar, sobretodo si los dioses estan mirando.
El guerrero dio media vuelta sobre sus talones con la intención de marcharse y sus botas de cuero, ya desgastado, provocaron que volutas de polvo se elevaran en el aire iluminadas por los rayos de sol que se abrían paso entre las copas de los árboles. Aquella mañana él iba vestido completamente de negro, un tono uniforme y tan profundo que solo podía recordar a los tiempos en que sus cabellos se asemejaban más a la tinta que a la nieve.
ESTÁS LEYENDO
Espinas de Plata
Ficção HistóricaCuando el poder de los Maksimov parece ir en picada, Aspen debe asumir la verdadera responsabilidad de ser Rey, para salvar el tratado de paz, pero sobre todo, para salvar a su futuro hijo de todos los peligros que acechan en los rincones de la cort...
