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Alicia sospechó que algo estaba fuera de lugar en el Palacio desde el preciso instante en que hizo detener al caballo y el mozo de cuadra llamó con un ademán a los guardias. No es que no estuviera acostumbrada a que los humanos en la capital la miraran con desprecio, pero esa vez había algo mas.

¿Asco? ¿Repulsión? ¿Quizás superioridad? Se preguntó, analizando sus estirados rostros. Nadie la había mirado así desde la guerra.

—¿Qué, idiota? —espetó, molesta—. ¿Tengo monos en la cara o me parezco a tu maldita ma...

—Eh, querida prima —la interrumpió William, que había desmontado casi de un salto para intervenir—. ¿Pasa algo, comandante?

El guardia lo examinó de arriba abajo con un desprecio palpable, como si lo considerara poco más que un insecto.

—¡Morrison, requísalos! —ordenó a uno de los soldados que esperaba a su espalda.

—¿Qué has dicho? —Alicia levantó una ceja, ofendida.

—¿Además de salvaje eres sorda? —espetó el guardia.

Y a Will pareció agotársele de un golpe la diplomacia. Sin decir una palabra convirtió su mano derecha en un puño, concentrándose en el flujo sanguíneo que viajaba, rítmico, a través de las venas del soldado, que sintió como el calor subía afectándolo célula por célula. Fue cuestión de simples segundos para que el hombre jadeara y las primeras gotas de sudor le perlaran la frente.

Seguro que para el primer minuto ya habría comenzado la falla multiorganica, pero antes de que pudieran llegar a tales instancias, otro de los soldados que aguardaba a su espalda, dio un paso al frente y con un movimiento sutil de sus manos bloqueó los pequeños vasos arteriales del puño de Will, provocando que sus dedos comenzaran a entumecerse, tornándose fríos y cianoticos.

—¡Ahg! —gruño Will, sacudiendo la mano abierta en el aire mientras un corrientazo de dolor le ascendía por el brazo—. Eres un Thauri —acusó, con los ojos sobre el tipo que había interferido.

Solo entonces se dio cuenta de los detalles que lo delataban más allá de la armadura: Sus cabellos negros y lacios eran tan largos que caían hasta su cintura, y su calculadora mirada era la de un guerrero entrenado en el arte de manipular la vida misma.

Alicia alternó la mirada entre William y los guardias, completamente confundida.

—¿Qué están esperando? —volvió a hablar el comandante, todavía rojo y sudoroso por el ataque de Will—. ¡Requísenlos!

Alicia los miró ladeando la cabeza, al tiempo que sopesaba la idea de hacer las cosas por las buenas. Después de todo y dada su extraña bienvenida al Palacio, le urgía poder entrar y encontrar a su hermana. Así que extendió ambos brazos hacia los lados accediendo a la requisa, y no se quejó ni una vez mientras un maldito humano la manoseaba.

Will, aunque menos cooperativo, también acabó por rendirse a las peticiones de los soldados.

—Están limpios —declaró el tal Morrison al terminar.

—Muy bien, pueden pasar, pero las armas se quedan aquí —dijo el comandante.

—¿Qué? ¿Por qué? —Will frunció el ceño, furioso.

—Son órdenes del Regente.

<<Regente>> Alicia temió lo peor y en su cabeza se abrieron paso las palabras de la escueta carta escrita en lenguaje Thauri que Lady Mcconell les había enviado días atrás: "Regresen. Olivia está en riesgo".

No les había dicho nada más. Ni una explicación, ni un detalle sobre su estado, por lo que era de esperarse que su mente estuviera inundada de preguntas: ¿Qué había pasado? ¿Cuando? ¿Dónde?  Y, sobretodo, ¿Estaban bien los bebés?

Espinas de PlataDonde viven las historias. Descúbrelo ahora