—¿Veinte? —repitió William, desatando los primeros lazos del ajustado corsé que lucía su esposa—. ¿Mandaste a hacer veinte vestidos nuevos?
Ella asintió.
—Es tu culpa, no debiste irte tantos días y dejarme aquí, preocupada.
—¿Qué tiene que ver que yo acabe devorado por un Nightkort con vestidos de seda? —interrogó, inclinándose un poquito para plantarle un beso en la piel que el corsé cada vez más flojo iba dejando a la vista.
Antonia se estremeció al sentir el contacto de sus labios suaves y el calor de su respiración. En ese momento se le ocurrió que en lugar de veinte, debió mandar a hacer el doble de vestidos. Era lo menos que Will le debía después de hacerla pasar por semejante angustia.
—Todo tiene que ver con vestidos de seda —dijo—. Imperios enteros pueden caer dependiendo la mujer que los usa —agregó, mirándolo por el rabillo del ojo.
Sus cabellos negros como la tinta ya comenzaban a extenderse casi hasta alcanzar sus anchos hombros, devolviéndole ese aspecto fiero y atractivo que tenía cuando ella lo conoció.
—Mmmm —Will tiró del último lazo del corsé y provocó que este cayera hacia adelante, dejando el torso desnudo de Antonia al descubierto—. Bien, te daré la razón. Al menos solo por está noche todo tiene que ver con vestidos de seda —la sujetó por la muñeca y la hizo dar media vuelta de modo que quedaron frente a frente.
Ella sintió como toda la sangre del cuerpo se le quedaba retenida en las mejillas, su piel estaba erizada y sus pezones tan sonrosados como erectos, se encontraron apuntando en dirección al Thauri, que extendió ambas manos hacia adelante y los acarició, complacido.
Solo unos segundos después, el resto de la seda acabó en el suelo frío del baño, y el cuerpo desnudo de la Princesa fue a tener en la tina justo en frente de su esposo, donde le contó a cerca de lo ocurrido en los últimos días.
—¿Te duele? —interrogó acariciando la mejilla izquierda de Will, con cuidado de no tocar la herida que destacaba sobre su pómulo.
—No tanto como lo que van a costarme tus próximos vestidos.
Antonia le propinó un golpecito en el pecho.
—¿Intentas decirme que te marchas otra vez? —preguntó, inclinándose un poquito hacia adelante para sentirlo mas cerca—. Porque si es eso, en esta ocasión vas a necesitar comprarme también joyas.
Una sonrisa ladina cruzó los labios grosezuelos de Will, que con un movimiento de sus piernas la motivó a sentarse a horcajadas sobre él.
—¿Qué quieres? ¿Perlas, diamantes o rubíes?
Con el brazo derecho le entornó la cintura casi como si se tratara de un habito, mientras con la mano libre le peinaba los cabellos dorados hacia atrás en busca de despejarle el rostro. Quería admirar cada una de sus facciones, retratarlas en su mente con la esperanza de que su recuerdo se mantuviera digno, fiel a la realidad, en caso de que pasaran mucho tiempo sin verse.
—¿Tengo que escoger? —respondió Antonia, sintiendo cómo se elevaba la temperatura al interior de su cuerpo.
El nego con la cabeza.
—No si te portas bien —dijo y dirigió sus manos hasta los posaderas de la Princesa—. Esta vez tendrás que irte sin mí y necesito que confíes en que llegado el momento voy a encontrarte.
—¿Qué? —ella le clavó, sin querer, las uñas en los hombros, pero él no se quejó—. Debemos irnos juntos, si te quedas aquí y Aspen no se recupera, Arkyn va a enviarte a Bazarat como un regalo.
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Espinas de Plata
Fiction HistoriqueCuando el poder de los Maksimov parece ir en picada, Aspen debe asumir la verdadera responsabilidad de ser Rey, para salvar el tratado de paz, pero sobre todo, para salvar a su futuro hijo de todos los peligros que acechan en los rincones de la cort...
