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Antonia escuchó el repiqueteo de los tacones de su criada colisionando contra el suelo de madera y respiró profundo, como si el llenar sus pulmones de aire fuera al mismo tiempo a llenarla de la energía necesaria para lo que iba a hacer.

Se levantó de la cama casi a rastras y sintió como el galeón se deslizaba sobre el agua con brusquedad, haciendo tambalear el mundo entero, o por lo menos, el que había sido su mundo desde esa noche en la que la voz de William se apagó en la distancia del jardín, como la llama de una vela que es devastada por la inclemencia del viento.

Contó en su mente, en un intentó de calcular cuántos segundos faltaban para que abrieran la puerta.

Uno, dos, tres... Y entonces apareció Erika Turner, con sus cabellos negros recogidos en un modesto moño, que hacia juego con su vestido beige sin gracia ni adornos. Toda ella era como un lienzo en blanco, excepto por la bandeja dorada que sostenía entre las manos, abarrotada de panes, jamones, quesos y mas frutas de las que la Princesa seria capaz de ingerir en todo el día.

—Buenos días, Majestad, le he traído el des...

Antonia le arrojó en la cara el cojín que tenía mas próximo, sin darle oportunidad de terminar la oración; la criada dio un respingón tan fuerte que derramó un poco del café que llevaba en una de las tazas, pero ni tiempo tuvo de reparar en ello, pues para cuando fue impactada por el siguiente almohadón, todo los alimentos ya se habían echado a perder.

—¿Decías? —le preguntó la Princesa, acabando de arrojarle dos cojines más.

Erika echó los hombros hacia atrás, ignorando la mermelada de mora que se deslizaba por su pierna y extendió los labios en la más falaz de las sonrisas.

—Decía que ya vuelvo, Majestad. Por favor aguarde un momento, le traeré una bandeja nueva —contestó, en el tono más controlado que pudo.

Y Antonia cruzó los brazos sobre el pecho, elevando una ceja.

—¿Has traído muchos vestidos o lavas los que terminan sucios todos los días? —interrogó, furiosa.

—Lo que haga falta, Majestad. Pero usted debe comer, de otra forma no podrá resistir el viaje.

—¡Pues mejor! —exclamó, con las ganas de llorar asomándose en su voz—. Dile a mi hermano, dile a ese imbecil que prefiero morirme antes de regresar a Bazarat.

La criada suspiró, antes de dar un par de pasos al frente para meterse en la cámara. Una amplia caja de madera en la que habían intentado poner la mayor cantidad de cosas que le gustaran a la Princesa, desde una serie de baúles con vestidos nuevos y joyas, hasta un espejo enorme en el que pudiera observar como le quedaban.

—Majestad, sé que ahora no lo parece, pero regresar con su esposo es la mejor opción —dijo, poniendo la bandeja sobre una pequeña mesa que había en la esquina de la habitación.

—¿Qué sabes tú de opciones? No tienes esposo ni mucho menos un título —refutó Antonia, sin la más mínima delicadeza—. No es difícil tomar la primera joya que te ponen en frente cuando no tienes ninguna.

Erika asintió, decidida a no ahondar en el asunto, después de todo, su trabajo no era ser su amiga, sino que la joven no muriera de inanición hasta no pisar las tierras del imperio. Y como planeaba cumplirlo, tomó la única parte del desayuno que no se había arruinado aún: Un plato de huevos cocidos que tenía una tapa dorada y no llegó a contaminarse por el café.

—Majestad, debe comerse al menos los huevos —dijo, acercándose a ella para entregarle el plato.

Sin embargo, Antonia lo alejó de un manotazo tan rápido y preciso que la acción casi pareció un reflejo. Bastó con que el olor le llegara a las fosas nasales para sentir unas terribles nauseas que ascendían por su garganta de forma violenta.

Espinas de PlataDonde viven las historias. Descúbrelo ahora