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La puerta de la habitación de sus hijos no tenía ninguna distinción más allá de la media docena de guardias que flanqueaban el marco de madera oscura. Ni siquiera habían puesto flores en el umbral o un par de velas para indicarles a los dioses que allí serían bien recibidos.

Un recordatorio de que aquel Palacio no era su hogar y en realidad jamás lo sería, no hasta que los humanos hicieran el mínimo esfuerzo por respetar sus tradiciones.

Olivia detuvo el paso a medio metro de la puerta e ignoró las reverencias que le dedicaron todos los que la rodeaban. La expresión en su rostro era una máscara de hielo, la calma misma; sin embargo en su pecho todo iba a mil por hora desde que Arkyn le había dicho aquella palabra.

<<Malditos>>  Los llamó. <<Malditos>> resonaba una y otra vez en su cabeza. 

¿Y si era cierto? No pudo evitar preguntarse, pues, si algo malo había llegado a afectar a los monstruos era su culpa por no romper el enlace.

—Olivia —la llamó Avaluna por tercera ocasión—. ¿Me estás escuchando?

—Ajá —contestó, aunque no la miró.

Sus ojos se habían quedado clavados en la rendija de la puerta, a través de la cual se podía apreciar levemente el interior del salón. Había un par de cunas de madera en todo el centro, adornadas con delicadas incrustaciones de nácar. Y un poco más allá, destacaba una vieja silla mecedora forrada con terciopelo azul. 

Se rascó la nuca. No entendía porque sus pies no se movían. ¿A qué le tenía tanto miedo? 

Respiró profundo y se obligó a espantar cualquier resquicio de debilidad, antes de adentrarse finalmente en la habitación.

—¡Majestad! —se sobresaltó uno de las matronas al verla. Tal vez porque no esperaba su visita o más bien, por la cantidad de heridas en su cuerpo.

La otra matrona, una mujer mas bien mayor que se encontraba al fondo de la habitación, se apresuró a caminar hasta su compañera y juntas hicieron una impecable reverencia ante la Reina. Lucian uniformes a juego, conformados por sencillos vestidos de color azul sin adornos ni estandartes y una cofia para recogerse el cabello.

—Nos alegra que Nuallan La haya traído de regreso, Majestad —volvió a hablar la primera matrona—. Esperamos lo mismo para el Rey... —agregó, pero sus palabras se vieron interrumpidas por el sonido agudo de un llanto que resonó vibrante sobre sus cabezas.

Uno de los bebés había comenzado a berrear en su cuna y cómo en una especie de efecto espejo, el otro lo imitó. Era un sonido horrible, al menos en la opinión de Olivia que se quedó pasmada ante la fuerza que tenían los monstruos en sus pequeños pulmones.

—Oh, ¿Qué ocurre, Alteza? —preguntó Avaluna, llegando hasta la cuna que tenía mas próxima para levantar en brazos a uno de los bebes—. ¿Algo la esta molestando? —continuó, meciéndolo entre sus brazos.

Era una niña. La niña que vio el día de la ceremonia de agua cuando Viatrix la sumergió en el lago, excepto que sus cabellos no eran rubios como recordaba, sino rojos fuego. Rojos Saint Honor. 

Contrario a sus ojos, brillantes y azules al mas puro estilo Maksimov. Sus pestañas, diminutas y delicadas, se curvaban con suavidad sobre sus mejillas pálidas como el alabastro en contraste con el pequeño vestido dorado que lucia. 

¿Maldita? Nah, su hija era perfecta, pensó Olivia mientras la admiraba. Y es que se había quedado tan ensimismada en ella, que no se percató de cuándo la matrona había sacado de la cuna al otro bebe. No al menos hasta que la vio acercarse con una sonrisa en los labios.

Espinas de PlataDonde viven las historias. Descúbrelo ahora