48|

73 6 4
                                        


La Reina habia sido vista abandonando el Palacio a primera hora de la mañana, los rumores decían que la acompañaban su hermana, su primo y por supuesto Lady Rusell. Todos iban a caballo y al parecer se dirigían a los campos abiertos del lado sur.

Arkyn no se inquietó demasiado cuando recibió las noticias, de hecho, continuó haciéndose cargo de sus propios asuntos y le pidió a Lord Fitzgerald que solo lo interrumpiera si Olivia daba algún problema.

Y es que aquel día en el estudio, se encontraban reunidos los dos pilares del Reino. A la derecha un rubio con el mar furioso contenido en las pupilas para representar a los Maksimov, y a la izquierda, un hombre viejo y medio encorvado al que el tiempo había azotado con arrugas y canas, pero que aun continuaba torciendo el destino de reyes y reinas con tan solo una palabra.

—Por favor, tome asiento, Cardenal Greco—dijo Arkyn, apuntando con la mano hacia una de las sillas ubicadas frente al escritorio.

El sacerdote le dedicó una mirada indiferente, casi gélida, antes de animarse a arrastrar los pies hasta la silla. Sus ojos negros parecían mas oscuros de lo que el Principe recordaba, sin embargo, su sonrisa continuaba siendo la misma.

Esa que le dedicó cuando solo era un infante, en el momento en que Aspen nació y la iglesia decidió que ya era tiempo de desheredarlo. Como si no fuera mas que un objeto defectuoso con el que habían decidido conformarse hasta tener alguna alternativa.

A veces se preguntaba qué hubiera ocurrido si nunca hubiese existido otro. ¿Sería digno entonces de la corona de Kantria? ¿Del amor de su padre? ¿O de algo tan sencillo cómo un destino propio?

—¿Su Majestad esta muerto? —soltó el Cardenal, sin rodeos.

—El...

—No, esta vivo —interrumpió, antes de que Arkyn pudiera formular una oración—. Esta vivo porque de lo contrario, usted ya habría paseado su cuerpo en un féretro de cristal por toda la ciudad.

—¿Desea algo de beber, Cardenal? —preguntó el Principe, esforzándose por mantener la compostura.

—¿Para qué me llamó al Palacio, Alteza? —contestó Greco, tajante.

Pues si bien las ultimas decisiones del Rey no habían sido de su total agrado, Aspen continuaba siendo para él, el legítimo heredero de Kantria.

—Amo a mi hermano —suspiró Arkyn—. Usted lo sabe. Lo envidio, sí, pero también lo amo —se puso en pie—. Lo he protegido toda su vida, incluso en los momentos en que no estaba de acuerdo con sus decisiones. He sido leal, Cardenal.

—Y si esta tan seguro de ello, si no cree estar haciendo nada malo ¿Para qué me necesita?

—Le prometí a mi padre que protegería el Reino el mismo día que prometí mantener a mi hermano en el trono —dijo y se lamió los labios—. ¿Qué debo hacer entonces si es el gobierno de mi hermano, lo que amenaza con destruirnos?

—¿Recuerdas, muchacho, que significa la lealtad?

<<Seguir a alguien en la oscuridad, aunque sientas que están a punto de derribarte>> Pensó, pero en realidad no lo dijo.

—Tengo una propuesta para usted, Greco —dijo al fin—. No puedo deshacer el tratado de Paz, pero aun puedo mantener vivos los ideales de mi padre. Si los Thauri quieren ser como nosotros, deberán acoplarse a nuestras reglas y no al revés.

—¿Nuestras reglas? —el anciano entrecerró los ojos, curioso—. ¿A qué se refiere su Alteza?

—Quiero que la iglesia los eduque a todos —ordenó con voz firme—. Que sean devotos a Nuallan y que abandonen toda creencia blasfema.

Espinas de PlataDonde viven las historias. Descúbrelo ahora