Olivia se pasó una mano por los cabellos rojos, peinándolos hacia atrás y sintió, al llegar al nivel de las orejas, que las hebras terminaban, como un camino que se interrumpía. Era incapaz de quedarse quieta, sus palmas sudaban y el corazón le latía a una velocidad descomunal, de modo que no tenía forma de mostrarse tranquila ante el par de sanadoras, que se encontraban al pie de la cama de Aspen, ya casi listas para comenzar su intervención.
Avaluna y William también estaban presentes y quizás era por lo avanzado de la noche, pero daba la impresión de que todo el bosque estaba en silenció, como si los únicos en pie, peor aun, los únicos jugando con la vida y la muerte, fueran ellos, pues ni Atlas ni ningún otro Thauri se acercó ni por asomo a la cabaña.
—Vale, estamos listas —anunció Sienna, levantando un pequeño frasco de vidrio en el aire. Su contenido, un liquido viscoso y azulado que parecía centellear bajo la luz de las lamparas de aceite, se movió con lentitud de un lado a otro. Era savia de la Virelya—. Comenzaremos con la inyección.
Olivia asintió pero, no dijo una palabra, en su lugar, se quedó observando a Sienna con la quietud de una estatua.
La vio sacar una caja de madera oscura con herrajes de latón, en su interior estaba una jeringa tan antigua, que parecía más un instrumento de tortura que una herramienta médica; pues su cuerpo estaba hecho de una especie de cristal grueso, con grabados en espiral que recordaban a ramas retorcidas; los émbolos, en lugar de acero, eran de cobre ennegrecido y donde debía haber una aguja, el extremo estaba compuesto por una cánula hueca de plata bruñida, lo bastante delgada para perforar la piel, pero con un filo mas bien obtuso.
—¿Estás segura de esto? —susurró Will de pie junto a su prima, sin alzar la voz.
Sin embargo, ella no dio señales de estarlo escuchando, sus ojos permanecían clavados al frente, donde Sienna aspiraba la savia desde el frasco de vidrio hasta la jeringa con lentitud.
—¿Temblaste? —interrogó Olivia dando unos cuantos pasos hasta la cama, tras notar un pequeño tremor en sus dedos—. ¡¿En serio temblaste?! —la furia se apoderó de su voz.
Pues nadie era tan consiente como ella, de que aquel truco que estaban a punto de hacer, tenia mas posibilidades de salir mal que bien, así que lo mínimo que esperaba era que no se cometieran errores en la ejecución.
—Creo que lo que importa, Saint Honor, es que no tiemble al inyectarlo —replicó Sienna, con la seriedad sobre el rostro como un velo—. William, ¿Podrías agarrarlo por los hombros? —pidió, fijando su atención en el guerrero Thauri.
—Claro —contestó él, obedeciendo de inmediato.
Sienna, ya con la jeringa en alto, empujó el émbolo apenas un poco, dejando escapar una burbuja de aire que silbó al reventarse.
Ya no había vuelta atrás y todos lo sabían. De ahí la expresión trágica en el rostro de Avaluna y la ansiedad con la que la Reina se mordisqueaba el interior de la mejilla, aunque nadie pudiera notarlo.
Sienna respiró profundo, clavando la mirada en la vena que ya había seleccionado en el brazo derecho y cuando estaba a punto de perforar la inmaculada piel del Rey, sintió un agarre firme que la detenía por el hombro. Su mirada se encontró con la de Olivia solo un segundo después.
—Dame un momento —la escuchó decir sin perder ese aire de superioridad que siempre llevaba encima—. Solo un minuto.
—Vale, pero debe ser rápido, la savia se enfría y...
—Lo sé —la interrumpió, rodeando la cama para poder sentarse en el otro borde del colchón, donde ni las sanadoras ni su montón de instrumentos pudieran estorbarle.
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Espinas de Plata
Ficción históricaCuando el poder de los Maksimov parece ir en picada, Aspen debe asumir la verdadera responsabilidad de ser Rey, para salvar el tratado de paz, pero sobre todo, para salvar a su futuro hijo de todos los peligros que acechan en los rincones de la cort...
