Pese a sus esfuerzos por conservar la calma, Olivia tenía la sensación de que se había tardado más en llegar a la fiesta que en escurrirse fuera de ella, pero quizás solo eran los nervios los que la hacían pensar que los soldados apostados a ambos lados del pasillo la estaban juzgando con sus ojos ensombrecidos y sus expresiones herméticas.
No era propio de ella vacilar antes de una misión ni mucho menos tenerle miedo a la violencia, después de todo nació cubierta en sangre y continuó empapándose de ella hasta el hartazgo. Asi que el nudo en su pecho no se debía en realidad a lo que enfrentaría antes de cruzar el umbral de aquella puerta, sino después.
¿Qué pasaría si al ingresar a la habitación él no estaba ahí? Se preguntó, deteniendo el paso frente a los guardias que custodiaban la entrada a los aposentos reales.
Eran cuatro y llevaban los cabellos largos y trenzados adornados por accesorios de plata con mas orgullo del que debían, o al menos esa fue su opinión cuando los miró, seria, a la espera de una reverencia.
—Majestad —dijo uno de ellos adelantándose un paso, pero sin molestarse en inclinar siquiera la cabeza. Por el contrario, estaba tan erguido en su posición que tenía el pecho hinchado como un gavilán—. ¿La ha aburrido la fiesta?
—No tanto cómo parece aburrirlo a usted la vida —contestó sin pestañear.
—¿Ah?
—Inclinense, todos —les ordenó.
—Somos Thauri, no...
—¿Thauri? —se rió Olivia, dando un paso en su dirección—. ¿Vestidos de esta manera? —le propinó un sonoro golpe en el peto de acero de la armadura—. No, solo son guardias, tan diminutos como los humanos. ¿Y qué hacen los humanos?
No esperó respuesta. Se concentró en el flujo de sangre del hombre frente a ella y en la manera en que el líquido carmesí atravesaba sus capilares con un ritmo acelerado, impulsado por la adrenalina del momento. Fue casi como sentir un río corriendo bajo la piel, ligero, veloz pero vulnerable.
—¡Se inclinan cuando se los digo! —agregó en voz alta, con tal determinación que sus palabras parecieron retumbar en el aire.
El guardia soltó un gruñido ahogado y cayó de rodillas de golpe, como si algo lo traccionara hacia el centro de la tierra. Era su propio cuerpo traicionándolo, sus propias capacidades, las mismas que hasta aquel día no habían usado entre Thauris para hacerse verdadero daño.
Fue en ese instante cuando todo comenzó a ir cuesta abajo. O quizás el plan estuvo condenado desde el inicio y Olivia, cegada por la amalgama de emociones que le apretaban el pecho, no supo distinguirlo.
¿Cómo pudo olvidar que la atención no se ponía en la flecha, sino en el enemigo? ¿Cómo? Si Alistair se lo había grabado a golpes.
Pensamientos sueltos revoloteaban en su mente cuando los otros tres guardias se lanzaron contra ella en una sincronía perfecta. Olivia reaccionó de inmediato, pateó con violencia el rostro del hombre que aún permanecía de rodillas y sintió el crujido de huesos bajo la fina suela de su tacón. Retrocedió enseguida, como un mero instinto y levantó las manos en el aire a la espera de a cual le cortaría primero el flujo sanguíneo. Pero los guerreros no la dejaron hacer ni un movimiento.
El guardia a su izquierda, un tipo alto y flaco como una vara, hizo uso de su propia hemocinesis y ella sintió un agarre invisible en su brazo derecho. Una especie de tirón en las venas que le quemó bajo la piel y le robó el control de la mano; al tiempo que otro de los hombres se aproximaba para hundirle un puñetazo en el abdomen.
El impacto fue seco y brutal, nada que no le hubiera pasado antes, pero algo para lo que ya no tenía las mismas fuerzas, después de todo y tras el ultimo año sus músculos comenzaban a ser parte del recuerdo. Aun así, se obligó a mantenerse firme, a soportar el dolor con la entereza de una Saint Honor.
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Espinas de Plata
Fiksi SejarahCuando el poder de los Maksimov parece ir en picada, Aspen debe asumir la verdadera responsabilidad de ser Rey, para salvar el tratado de paz, pero sobre todo, para salvar a su futuro hijo de todos los peligros que acechan en los rincones de la cort...
