Calles de Vaargler. 15 de octubre de 879 d.d
Alina caminaba junto a la niña a través de las polvorientas calles de la aldea, justo en dirección contraria de donde se encontraba el hogar de la niña. Lyra pudo notar que se encontraban en un camino muy diferente al que conducía a su casa, por lo que comenzó sospechar de la sirvienta, preguntándose a donde la llevaban en realidad y para encontrar la respuesta a sus dudas se detuvo en seco y se negó a continuar con aquella caminata hasta saber hacia dónde se dirigían.
-¿Adónde vamos?
-A mi casa. –Le contesto Alina.
-Pero yo quiero ir a la mía, no a la tuya.
-De momento no podemos ir allí.
-¿Por qué?
Solo tras la pregunta Alina pudo darse cuenta de que se había equivocado al decirle aquello, no encontró respuesta pues no se había tomado el tiempo para pensar en una excusa que darle a la niña. Miro en todas las direcciones y a lo lejos pudo observar que una gran cantidad de personas comenzaba a desaparecer a través del pórtico de la iglesia, entonces pudo recordar que era la hora de la oración y que por esto la gran mayoría de la gente se encontraría en el interior del edificio religioso.
-Porque tu madre está en la iglesia y volverá luego de un rato, así que la esperaremos en mi casa. –Contesto Alina, intentando que la niña se moviera de su lugar.
-Entonces vamos a buscarla allá. –Replico Lyra, sin moverse ni un centímetro.
-No se puede. Allí hay mucha gente, podrías perderte mientras la buscamos.
Lyra comenzó a caminar convencida de que la sirvienta no le mentía, era mejor obedecerle, porque padre podría molestarse si se enteraba que había sido desobediente. Además, la idea de ir a casa de Alina no era tan mala, quizás Dorfal estuviera allí para jugar, de seguro se iba a divertir.
Camino a Vaargler. 15 de octubre de 879 d.d
Estaba helado. Las fuertes palabras de su amigo le habían causado un agudo dolor en el pecho, como si cientos de afiladas espadas se hubieran clavado directo sobre su corazón. Era una noticia dura, que se negaba a creer pensando que se trataba solo de una broma de mal gusto, pero sabiendo que se trataba de una innegable verdad, Gazva no era capaz de mentirle en este tipo de situaciones, y mucho menos aun si su hija estaba involucrada. Lagrimas comenzaban a desliarse a través de su rostro, humedeciendo su mejillas, haciéndose presente como los heraldos de su tristeza.
-Dime que no es cierto. –Dijo casi sin voz, en un susurro que apenas era audible.
En ese momento un par de brazos le rodearon en un abrazo, pudo sentir como el calor y la tristeza de su compañero eran traspasados hacia el a través de aquel gesto de empatía. Gazva y Olyra eran muy buenos amigos desde la infancia, de no ser por el Edregan nunca hubiera encontrado al amor de su vida, había sido el quien los había presentado poco después de que ambos se alejaron del ejército, justo en un momento durante el cual Edregan pasaba por una profunda depresión, sin el oficio de las armas lo había perdido todo, no había familia a la cual recurrir así como tampoco hogar al cual regresar, pero ella siempre había estado hay para él, entregándole su afecto, ayudándole a escapar de aquel abismo, ella le enseño lo que era el amor, ella le había entregado una hermosa hija. ¿Cuál era su destino ahora que ella ya no estaría más para él? ¿Qué ocurría con la pequeña Lyra? Desde aquel momento su vida volvería a ser el caos que era antes de conocerla.
-Lo siento, todo esto es mi culpa. –Dijo Gazva en medio de incesantes llantos.- Si yo hubiera estado allí esto no hubiera ocurrido, soy responsable de la muerte de Olyra.
-Nada es tu culpa. –Respondió Edregan mientras se apartaba para poder mirarle directamente, los ojos de ambos estaban enrojecidos. Era yo el que debía estar allí, no tú. Gazva, tú no eres el guardián de mi familia, no era tu obligación haber estado allí para protegerla.
-La obligación de los amigos es defenderse los unos a los otros.
-Tienes razón. –Un revoltijo de emociones rondaba a través de él, pero no podía sacarlo de su interior. No se explicaba el porqué, pero en aquellos momentos estaba demasiado serio.- Pero tú también tienes una familia que defender, y la familia está por sobre los amigos. –Concluyo mientras se alejaba en dirección al caballo.
-¿Adónde vas? –Pregunto Gazva, sin moverse desde donde estaba.
-Debo ver por tu última vez a mi mujer antes de vengar su muerte.
-No se te ocurra hacer estupideces.
-Entregare mi vida si es necesario, pero los asesinos de mis esposa caerán bajo mi propia mano. –Respondió una vez hubo montado.
-¡Espera...!
No hubo respuesta. Edregan partió a toda la velocidad que el animal podría brindarle, Gazva no tuvo más opción que solo observarlo mientras cabalgaba a través de la ruta.
Casa de Edregan. 15 de octubre de 879 d.d
La sangre se encontraba salpicada por todos lados, no había forma de reconocer el lugar, todo estaba destrozado y una que otras cosas no estaban en su sitio, de seguro lo habían robado aquellos bandidos. Pero lo peor de todo era el cadáver, Olyra se encontraba tirada en el suelo, alguien la había acomodado de tal manera que de no ser por las heridas podría haber pensado que tan solo dormitaba, esa misma persona le había lavado las manos y la cara, dejándola impecablemente limpia. Su hermoso vestido blanco se encontraba en su gran mayoría tintado de aquel rojo tan intenso que solo el líquido vital pude proporcionar. Gran cantidad de puñaladas habían destrozado la tela para luego desgarrar la carne, eran tantos que Edregan decidió dejar de contarlos, pero estaban por todas partes del cuerpo: en el pecho, el estómago, las costillas, en sus brazos e incluso en las piernas. También pudo notar uno que otro corte profundo, como si la hubieran torturado con el único morbo de la entretención.
Estaba pasmado observando, al encontrarse con el cadáver no supo cómo reaccionar a lo que tenía delante de él. La única mujer a la que había amado, y probablemente la última, se encontraba en el suelo frente a él, sin vida, siendo probablemente este el ultimo recuerdo iba a tener de ella hasta que su alma decidiera partir de su cuerpo para reencontrársela en algún otro lugar en donde pudieran volver a estar juntos, pero para aquello faltaba demasiado, y aquella imagen tan dolorosa le estaría acompañando por muchos años aun.
No era aquel el ultimo recuerdo que quería conservar, pero el trauma era tan grande que sabía le iba a acosar en sus peores pesadillas. En ese momento, mientras la miraba fijamente, comenzó a recordar la manera en que la había conocido.
ESTÁS LEYENDO
Padres e hijos
AksiPadres hijos nos cuenta dos historias distintas pero a la vez muy relacionadas entre si. Teniendo como protagonistas a dos hombres de la misma aldea que son buenos amigos pero que se irán separando y volviendo a unir a medida que transcurre la hist...
