Fuerte Proclamation, Ciudad Capital. 10 de enero del 880 d.d
La puerta cayo tras un poderoso pero cansado golpe, habían pasado ya al menos diez minutos desde que los hombres reanudaran la faena tras interrumpirla por culpa de los arqueros enemigos, quienes en su mayoría yacían muertos u ocultos al interior del fuerte, esperando el momento de la lucha final o escondiéndose de esta. El golpe de la puerta al caer fue acompañado de un repetido eco proveniente del silencioso interior, nada parecía existir allí dentro, era como si los soldados recientemente atrincherados hubieran desaparecido como por arte de magia.
El hombre que diera el golpe final levanto su arma en alto mientras gritaba poseído por la emoción, sus compañeros le siguieron con gritos o burlas en contra de los soldados que se encontraban al interior. De pronto este mismo fue alcanzado por tres fechas que le obligaron a retroceder con el rostro deformado por el dolor y la sorpresa, una de ellas se encontraba clavada en la pierna izquierda, otra en el vientre y la última sobre el pecho. El Citoyen se miró el perforado cuerpo antes de escupir sangre, dirigió sus ojos por última vez al resto de sus compañeros y se dejó caer de espaldas, muriendo incluso antes de golpear el suelo.
Ante el fallecimiento de sus compañeros el resto de rebeldes cesaron con los cantos, gritos o mofas; entrando en posición defensiva al instante: llevándose los escudos al frente y cubriéndose muy bien para no ser impactados por ninguna clase de proyectil. Los que se encontraban tras el muerto se apartaron de inmediato temiendo ser los siguientes en caer víctimas de los hombres ocultos al interior del fuerte, en pocos segundos una especie de pasillo de la muerte se había formado desde la entrada hacia el exterior.
Héraut abandono su posición al frente de la caballería y se acercó galopando a la entrada, tomando las precauciones necesarias para no entrar en el sendero de la muerte.
‒Por aquí pueden pasar dos. ‒Le dijo al capitán del segundo escuadrón mientras apuntaba hacia la entrada.‒ Que entren y cubran con sus escudos a un tercero que abra la otra puerta, si despejamos bien el camino podrán entrar cuatro columnas.
El capitán designo de inmediato a los tres hombres que deberían de cumplir con la misión, de los cuales solo dos entraron cubiertos por sus escudos, dispuestos a dar sus vidas porque el último de ellos terminara con su simple pero a la vez importante tarea. El dúo caminaba más lento de lo normal al ir agachados a medias, no disponían de escudos largos, por lo cual era muy fácil atinarles un golpe en las piernas que fuera capaz de derribarlos, de esta manera eran capaces de cubrirse un poco más pero a la vez los ralentizaba al doble de la velocidad con la cual caminarían normalmente. A los pocos pasos dentro una flecha cruzo la estancia con su característico silbido, chocando justo en medio del escudo para de inmediato partirse en contra del metal, desternillando astillas en todas direcciones. Otras flechas acompañaron a sus compañeras caídas, pero al ver que los esfuerzos eran inútiles se detuvieron a los pocos segundos de empezar.
El tercero entro agachado, intentando no superar la altura de los dos que se encontraban frente a él, si llegaba a asomar la cabeza se convertiría en hombre muerto a los pocos segundos, algo no recomendable si quería terminar con su tarea a tiempo. Se acercó y libero las trabas con algo de esfuerzo, ahora solo restaba empujar para que el camino se encontrara libre de obstáculos. El rebelde que se encontraba justo frente a él cayo de rodillas al sentir como su pie era atravesado por uno de los proyectiles que nada había hecho en contra de su escudo. La flecha atravesó el cuero de la bota y la carne para salir por el otro lado, incrustándose contra el suelo de madera, clavando al hombre, quien se agacho para intentar liberarse mientras gritaba de dolor. Desprotegido por completo el tercero no tarde en ser impactado por una nueva flecha que lo empujo en contra de la puerta, la cual impulsada por el peso del herido se movió lentamente hasta quedar abierta, dejando que el hombre se desangrara sobre el suelo. El único superviviente comenzó a retroceder lentamente hasta encontrarse fuera de peligro, sudada como un animal mientras le agradecía a los hacedores por haberle permitido salir sano y salvo. El hombre que literalmente había sido clavado al suelo pereció cuando una nueva flecha se insertó en su ojo, mientras tanto el otro se desangraba hasta morir.
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Padres e hijos
БоевикPadres hijos nos cuenta dos historias distintas pero a la vez muy relacionadas entre si. Teniendo como protagonistas a dos hombres de la misma aldea que son buenos amigos pero que se irán separando y volviendo a unir a medida que transcurre la hist...
