Palacio, Ciudad Capital. 12 de enero del 880 d.d
Los primeros rayos de sol entraron a través de su ventana, irradiándole el rostro de un agradable calor que le instigo a despertar. El monarca abrió los ojos con una sonrisa dibujaba en sus cansadas facciones, estiro los tullidos miembros después de tantas horas de sueño y se sentó mientras miraba a través de la ventana, al fin la lluvia había cesado.
No entendía el porqué, pero esa mañana despertó de buen humor, el cansancio y la amargura de las últimas jornadas por fin se esfumaron de su mente, provocándole una grata sensación de confianza que se mezclaba con profunda tranquilidad. Quizá todo se debía a la gran noticia de la tarde anterior, y es que después de dos meses finalmente eran capaces de conseguir una localización exacta del escondite rebelde. Era el momento de contraatacar, de lanzar la estocada final y acabar de una vez por todas con esos malditos Citoyens que solo sabían perturbar la paz.
Pensó en todos esos alborotadores muriendo a manos de su ejército, en la ciudad quemada hasta los cimientos y en el gigante líder rebelde prisionero de por vida. La agradable visión provoco que su sonrisa se ensanchara.
‒ Hoy será un buen día.
Se dijo a sí mismo, confiado de ser el único en la habitación.
‒ Eso espero.
Los ojos del monarca se abrieron como platos al darse cuenta de que no se encontraba solo. Por un momento temió se tratase de un asesino enviado por parte de los rebeldes, después de todo el objetivo final de estos era muy claro: arrancarle del trono e instaurar a alguien con verdaderas facultades para gobernar. Pero no se trataba de un asesino, a la izquierda de su lecho pudo encontrar a su sobrino cómodamente sentado en una silla sacada de la sala de reuniones, el muchacho llevaba una amplia sonrisa en los labios, acompañando a esta de un afilado cuchillo en la mano hábil. Osmar miro con temor como el arma blanca giraba en manos de su sobrino, pasando de una palma a otra en fracción de segundos, amenazándole con acariciar su garganta en cualquier momento.
Osmar observo con espanto las facciones de Owen, este le devolvió la mirada con una amplia sonrisa, notando como el horror se apoderaba por completo del rostro de su tío.
De pronto el joven estallo en carcajadas.
El rey sonrió con nerviosismo.
‒ No voy a matarte, si es eso lo que crees. ‒Dijo el muchacho entre risas.
‒ ¿Y para que el cuchillo?
Pregunto el rey, temiendo de que el cualquier momento el arma se clavara en su cuello sin previo aviso.
‒ Es una daga, los cuchillos son para la cocina. ‒Le corrigió Owen sonriendo.‒ Esta forjada de Acero Salvaje, la he mandado traer desde el continente del sur, único lugar en donde se puede conseguir esta cara y valiosa variación del acero. ‒Le dio otra par de vueltas, observando el filo.‒ Solo lo admiraba mientras esperaba tu despertar.
‒ ¿Y era necesario despertarme de esta manera? ‒Le reprocho su tío con furia.‒ Me has dado un buen susto, mi corazón podría no haberlo soportado.
Owen volvió a estallar en risas.
‒ Aun no estás tan viejo para eso. Vamos, levántate.
‒ ¿Cuál es el apuro?
En ese momento la alegría se borró de las facciones del joven, dando paso a un frio y petrificado rostro lleno de ira.
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Padres e hijos
AksiPadres hijos nos cuenta dos historias distintas pero a la vez muy relacionadas entre si. Teniendo como protagonistas a dos hombres de la misma aldea que son buenos amigos pero que se irán separando y volviendo a unir a medida que transcurre la hist...
