Calles de la capital. 21 de enero del 880 d.d
Ambas figuras encapuchadas doblaron la esquina con dirección al hogar de aquel que consideraban tan despreciable, un ser humano capaz de todo con tal de causar el sufrimiento en las vidas de aquellos que no le caían en gracia, siempre dispuesto a cometer las peores aberraciones con tal de satisfacer su sed de poder y sangre. A fin de cuentas, la persona ideal para llevar a cabo los trabajos sucios que la corona necesitaba de cuando en cuando.
Los tétricos jinetes atravesaban la calle en compañía del más profundo silencio, dirigiendo sus miradas a uno y otro lado en busca del hogar indicada; cualquiera que les hubiese visto en aquel momento habría jurado que se encontraba ante los mismísimos Heraldos del Septimo, enviados con la misión de arrastrar las almas descarriadas hasta lo más recóndito del Gélido Profundo.
Sin previo aviso, uno de los jinetes detuvo a su montura para luego apuntar hacia la única casa que no se encontraba pegada a las demás: de dos pisos y amplio jardín, se trataba de una vivienda adaptaba por alguien con dinero en un barrio demasiado pobre.
‒ Demasiado ostentoso para esta parte de la ciudad. ‒Destacó Roy al tiempo que desmontaba.
‒ Conociendo a este bastardo, no me sorprendería que solo lo hiciese para regocijarse ante la pobreza de sus vecinos. ‒Raven hurgó en uno de los sacos que colgaban de su silla.‒ Imbéciles como Guildor manchan el buen nombre de nuestras fuerzas armadas. ‒Añadió con odio.
‒ Es esta la clase de malnacidos que motivaron las acciones de mi hermano.
‒Puede ser. ‒Raven corto la conversación de cuajo, no deseaba hablar sobre Héraut o los Citoyen, al menos no en aquel momento.‒ A partir de ahora nos centraremos en nuestra misión, nada de palabras hasta que nos vayamos de este lugar. ¿Recuerdas tu tarea?
‒ Por supuesto. ‒Contestó el muchacho, mirándole fijamente‒ Te cubro mientras echas la puerta abajo.
‒ Pues bien, manos a la obra.
Tras esas palabras, Raven dirigió la marcha.
Posada, Ciudad Capital. 21 de enero del 880 d.d
En la necesidad de mantener sus pensamientos ocupados en algo que no fuese el secuestro de Alexandra, Ciara se entregaba en cuerpo y alma a la limpieza de su estropeado local. Fatigada ya de tanto pasar barrer, la mujer se detuvo a la vez que dejaba salir un largo y angustiado suspiro que atravesó la estancia imitando el ulular de los gélidos vientos sureños.
De forma delicada, unos largos y huesudos dedos se dieron a la tarea de masajear sus hombros con la intención de ayudarla a liberarse del estrés que le carcomía los nervios.
‒ Deberías salir a tomar aire. ‒La calmada voz del camarero jefe le lleno de tranquilidad.
‒ Aún queda mucho por hacer. Y de ser posible, preferiría que todo quedara en orden esta misma noche.
Ciara se giró en dirección al hombre, Basz le observaba con una ligera sonrisa en el rostro.
‒ Sabes perfectamente que de eso me puedo encargar yo
Las palmas de la mujer comenzaban a dolerle luego de tanto rato barriendo de un lado para el otro, sin embargo, eso no fue impedimento para que acariciase el rostro del mayordomo.
‒ Ya no quiero seguir molestándote, tampoco al resto de camareros.
‒ ¿Molestarnos? Para nada, ya he hablado con el resto y estamos todos de acuerdo en quedarnos aquí mientras tú te tomas un tiempo para despejarte.
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Padres e hijos
ActionPadres hijos nos cuenta dos historias distintas pero a la vez muy relacionadas entre si. Teniendo como protagonistas a dos hombres de la misma aldea que son buenos amigos pero que se irán separando y volviendo a unir a medida que transcurre la hist...
