Palacio, Ciudad Capital. 20 de enero del 880
Como muy pocas veces a lo largo de su vida, Osmar despertó con los primeros rayos de sol que comenzaban a entrar en la habitación, rápidos como dagas en la noche. El rey se estiro con pereza mientras bostezaba con la boca abierta a mas no poder, exhalando un fuerte aliento con reminiscencias de cerveza, costillas de cerdo y pan recién horneado; solitaria cena de la noche anterior. El olor de la comida en su propio tufo le recordó lo extraño que le había parecido que ni siquiera Guildor comiese con él, sabia que el joven le acompañaba durante estos momentos del dia con la única intención de ahorrarse las molestias de contratarse una sirvienta o de cocinarse el mismo en casa, sin embargo, la presencia de un hombre taimado era mejor que la triste idea de comer en soledad, sin nadie con quien hablar de cualquier tema que no fuese político.
Tomo las sabanas con ambas manos y las arrojo a un lado consciente de que cuando volviera por la noche alguna complaciente sirvienta las hubiera estirado y devuelto a su lugar, para él, una de las pocas ventajas de ser el monarca era que jamás debería preocuparse por cosas tan mundanas como el orden y aseo, después de todo, siempre existiría alguien dispuesto a hacerlo en su lugar con una sonrisa en los labios.
Arranco su cuerpo de la cama con el enérgico salto de un niño que acaba de despertar en el dia de su cumpleaños, ansioso por saber lo que depararía aquel dia. Volvió a estirarse, tomando esta vez una postura que recordaba a un hombre crucificado, con brazos estirados a ambos lados y la cabeza ligeramente caída hacia la derecha. Ya desperezado caminó hacia la ventana con la intención de abrirla, al instante, el frio aire matutino recorrió su cuerpo al completo, dejando un rastro de vello erizado allá por donde pasaba.
Pudo observar cómo ahí fuera, varios pisos por debajo de él, las buenas gentes que le servían se daban ya a sus tareas diarias. Dos guardias de cuerpo esbelto patrullaban el palacio siguiendo los limites de las murallas, charlando animadamente sobre algún tema mundano. Un rechoncho cocinero vestido por completo de blanco cruzaba el patio a toda prisa en dirección a las cocinas, cargando sobre uno de sus hombros un pesado saco de harina para preparar el pan del desayuno; siguiéndole apenas, un desgarbado muchachito no mayor de quince años portaba una canasta de huevos demasiado llena, con las prisas que llevaba mas de alguno se le caería por el camino, desatando la furia del cocinero. En un rincón algo mas apartado, junto a la leñera, un descamisado trabajador dejaba caer su hacha sobre unos troncos que parecían ser de porcelana ante la fuerza de sus brazos; algo apartada, una sirvienta observaba el sudado y musculado cuerpo del hombre, con el deseo reverberando en sus bonitas facciones.
Tan absorto se encontraba observando como se movía el mundo a su alrededor, que Osmar no se percato de que alguien golpeaba su puerta.
El portón principal se abrió de par en par para recibir a Karyn Elseworth, la estirada consejera de la moneda que paso junto a los porteros sin dirigirles la mirada, los cuales de todas formas se inclinaron ante ella en un gesto cargado de falso respeto. Acompañaban a la mujer una criada que llevaba a todas partes como si de un objeto personal se tratase y tres guardias que profirieron alegres saludos a sus congéneres del portón, lo cual no pareció gustarle a su empleadora.
La segunda vez si que escucho los golpeteos en la robusta puerta de madera, se alejo de la ventana con rapidez y se acerco hacia los pies de la cama.
─ ¿Aun no te despiertas? Te traigo noticias de tu perro faldero.
Reconoció la voz de Owen, algo amortiguada desde el otro lado de la puerta.
─ Viniendo de Guildor no creo que sea algo tan urgente, ¿o sí?
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Padres e hijos
ActionPadres hijos nos cuenta dos historias distintas pero a la vez muy relacionadas entre si. Teniendo como protagonistas a dos hombres de la misma aldea que son buenos amigos pero que se irán separando y volviendo a unir a medida que transcurre la hist...
