Capitulo 20: Mensajero

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Ciudad Capital. 18 de noviembre del 879 d.d

Tenía suerte de aun no llegar a la armería de la Guardia Ciudadana, de lo contraria se hubiera visto en medio de todo el alboroto que le sorprendiera unos cuantos metros antes. Aquella noche se dirigía al lugar solo para dar un recado a uno de los hombres que se encontraba estacionado, era un mensajero, y la madre de uno de esos militares le había entregado una carta cuyo contenido desconocía y que tampoco le importaba en lo más mínimo, el solo quería terminar su labor y largarse a casa para descansar después de un día de trabajo como todos los demás.

Lo primero que pudo sentir fue aquel fuerte sonido parecido al que se escuchaba poco antes de que un sismo ocurriese, pero en esta ocasión ese no era el causante ni por cerca, esta vez lo producían cientos de pisadas provenientes de la siguiente calle. Detuvo a su caballo en seco sorprendido ante la espontaneidad del asunto, miro en todas las direcciones tratando de buscar el causante y solo en ese momento se dio cuenta de que todo se encontraba a oscuras en aquella zona. Todo menos la armería de la Guardia, desde la cual los asustados vigilantes apostados apuntaban en una sola dirección. Miro hacia donde señalaban todas temblorosas manos y aunque no pudo ver la calle fue capaz de vislumbrar los tejados de las casas colindantes, en donde decenas de hombres corrían en contra de los soldados, gritando y moviendo sus manos en señal de amenaza.

El miedo y la sorpresa le paralizaron, aunque a la vez la curiosidad de saber que pasaba también manipulaba su cuerpo, nunca había contemplado un enfrentamiento y quizás por morbo o simple diversión quería ver qué ocurriría en los minutos siguientes. El choque fue estrepitoso, las pocas espadas de los asaltantes daban en el blanco cortando gargantas o cabezas, todo dependiendo de la fuerza de quien las manipulara; por otro lado varios de ellos mismos vieron la muerte al no tener tiempo de reacción frente a las largas lanzas de los militares, sujetando con frustración el cuerpo del arma mientras contemplaban como la vida se les iba por medio de un ligero agujero en el estómago o en el pecho; la gran cantidad de personas que iban a la carrera por los tejados lo hacían a gran velocidad, corriendo con decisión hasta el momento en que pasaban por sobre las cabezas de sus contrincantes, una vez llegados a ese punto sin temor alguno se lanzaban a las calles mientras derriban a los soldados, dejándoles indefensos para momentos más tarde golpearlos hasta la muerte.

En el momento en que los militares comenzaban a retroceder mientras perdían terreno fue cuando reacciono a la situación, no estaba bien quedarse allí parado sin hacer nada, varios hombres estaban muriendo frente a sus ojos en medio de un extraño ataque por parte de lo que parecían ser meramente civiles. Dio media vuelta y obligo a su caballo a ir a toda la velocidad que sus patas pudieran otorgar, cruzando calles, plazas y puentes sin encontrarse con nadie en absoluto, era como si la gente se hubiera desvanecido de la faz de la tierra. El fuerte más próximo se encontraba demasiado lejos como para intentar salvar a alguno de los pobres hombres que llevaban las de perder allá atrás, por lo que sin más opción arreo a su caballo con más fuerza y juntos se dirigieron rumbo a los jardines, la opción más rápida era dar el aviso directamente en el palacio.

Palacio, Ciudad Capital. 18 de noviembre del 879 d.d

Alasthar dormitaba tranquilamente en los cuarteles de palacio cuando los fuertes brazos de uno de sus compañeros le arranco del mundo donde todo era posible. Abrió los ojos aterrado y miro en todas direcciones buscando al causante de su brusco despertar, ante él se encontraba uno de los hombres a su servicio que aquella noche se encontraba de guardia, junto al soldado otra persona de aspecto impaciente lo miraba con los ojos abiertos de par en par, sudaba como un animal y las manos le temblaban de una manera que le ponía algo nervioso.

-¿Qué ocurre? –Pregunto aun algo somnoliento mientras se sentaba estirando los brazos y espalda.

-Debe vestirse de inmediato. –Dijo el militante de forma acelerada.- Y con vuestra armadura, no con ropas casuales.

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