Jalisco (pt3)

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Me levanto antes de que el sol caliente las calles rotas de Oblatos. El camión va reventando de gente, de sueños mal dormidos, de manos que se aferran a tubos oxidados porque sentarse es un privilegio. En Mariano Otero, los edificios modernos se burlan de los que caminan con el miedo en la nuca. Aquí, los espejos de cristal reflejan la indiferencia, pero no esconden el hambre de los que duermen en las banquetas.

En la Preparatoria 5, los profes hablan de futuro, pero afuera la realidad grita más fuerte. En la esquina, los policías levantan a un morro solo por traer cachucha y un porro en la mano —era de esos que en el salón llamaban naco—. En la tarde, cuando camino por Juárez rumbo al Parque Rojo, veo a la gente gritar por justicia con pancartas que terminan hechas ceniza. Aquí las marchas son rutina y las respuestas, puntitos extra en UDG.

San Juan de Dios huele a sudor, a tacos de diez pesos, a promesas de progreso que solo son polvo en el aire. Se escuchan risas, gritos, música que trata de ahogar la desesperanza. En Miravalle, el silencio pesa más; ahí nadie sueña con grandeza, solo con salir vivo otro día.

En Vallarta, los ricos beben su mezcal artesanal mientras el estudiante que vendía dulces en la Central de Autobuses desaparece sin dejar rastro. En la Basílica de Zapopan, las rodillas sangran por fe, pero Dios no responde cuando las madres preguntan por sus hijos.

Y en el Palenque de Tlaquepaque, los gallos pelean por entretenimiento, igual que los pobres pelean por migajas en un estado que los quiere callados.

Jalisco, no me pidas que te ame si me has enseñado a sobrevivirte.

𝙄𝙉 𝙈𝙔 𝙃𝙀𝘼𝘿Donde viven las historias. Descúbrelo ahora