La Escaramuza

7 1 0
                                        

¿Me quieres humillar contando mis secretos? Aquí está tu secretito.

No sé cuánto tiempo pasó desde el primer round. Solo sé que cuando la vi regresar con ese vaso de agua y las piernas todavía temblorosas, algo dentro de mí se volvió adicto.

Y luego… cambió.
Su mirada.
Su postura.

Ese “no sé si me creo todo esto” se convirtió en “te voy a hacer rogar por tu vida, cabrón”.
Se trepó sobre mí con la seguridad de quien ha montado bestias indomables, pero ahora tenía entre las piernas a un pendejo enamorado, con las pupilas dilatadas, el ego hecho mierda, y la verga más dura que mis propias promesas rotas.

Me agarró por las muñecas y me las plantó sobre la cama, como diciendo: "te toca callarte, ahora hablo yo."Y no dije nada. ¿Para qué? Con gusto me dejaba arrastrar por ese huracán de piernas firmes, boca sucia y caderas infernales.

Cuando empezó a moverse, lento, como quien sabe que tiene el poder de hacerte enloquecer gota por gota, solté un gemido que ni yo reconocí. Mis manos, atrapadas por su fuerza, temblaban. Sus uñas marcaban mi pecho, sus labios se abrían sin miedo, y su cabello caía desordenado como si la tormenta ahora viviera dentro de mi cuarto. Y ahí fue, justo cuando la tenía encima, cuando me clavaba la mirada y se movía como si cada roce fuera una sentencia…

—¿Siempre has sido así de cabrona, o solo es porque me tienes así? —le solté, sin pensar. Y ella se rio. Esa risa…

La misma que me volvió adicto en clase, en los columpios, en las madrugadas que hablábamos sin decirnos lo que en verdad queríamos.

Pero esa noche… Esa risa se volvió ritmo. Y puta madre… qué ritmo.

Me dejé estimular por su boca, su cuello, su cintura. Cada vez que bajaba y me rozaba, le respondía con las manos, con la lengua, con gemidos que solo ella me podía sacar. Porque aunque ella estaba arriba, yo estaba devoto, entregado a la diosa que bailaba sobre mí.

Me besó tan profundo como si quisiera robármelo todo.
Y yo le di todo.
Sin miedo.
Sin pausa.
Sin filtro.

Cuando no pudo más y cayó hecha pedazos sobre mí, lo hizo mordiendo mi hombro. Y yo me vine justo después, casi con lágrimas, porque jamás en mi puta vida nadie me había hecho el amor así montándome como si fuera su jinete favorito y su última guerra.

Se quedó ahí. Respirando sobre mí. Su pecho agitado contra el mío. Y yo, sin poder moverme, solo pensé: "Si esto es el castigo por amarla... mándenme al infierno de nuevo, por favor."

𝙄𝙉 𝙈𝙔 𝙃𝙀𝘼𝘿Donde viven las historias. Descúbrelo ahora