Sáficas atemporales

13 1 0
                                        

Las cartas de Rosalina a Julieta

I

¡Oh, Julieta, dulce, mas fiero vocablo!
Rumor que hiere cual acelerado filo;
dicen que ciegas al soñador esclavo,
y haces temblar la luna en alto sigilo.

No entiendo por qué la fama a ti te nombra,
ni por qué el Céfiro tu paso reverencia;
si eres, Doncella, pura y tierna sombra,
¿por qué mi alma se consume en vehemente pendencia?

No creas, señora, que mi interés es hondo;
mas tu gracia apremia tal congoja;
es solo envidia, sin amor que sea fondo,
no es santo afecto, sino ardor que desaloja.

Romeo, necio, vuela tras tu halago,
y de mi sombra ya no tiene cuita.
Muestro el desdén, con risa —¿qué más hago?—
mas tiembla mi voz al mencionar sobre tu dicha.

Si el alto cielo escucha mi blasfemia,
que extinga en mí este anhelo sin concierto.
Mas temo —entre el fastidio y la cruel anemia—
que en ti mi ruina nazca, firme y cierto.

II

Tu nombre resuena en mi aposento,
cual sacro rezo que el viento me depara;
mi corazón, que fue silente y fue lento,
por ti se acelera en fiebre parva.

Te vi danzar, y el tiempo se hizo lerdo,
tu palabra mi soberbia vence;
sentí en mi seno izquierdo un ímpetu casi cuerdo,
de espina, ardor y señorial presteza.

¡Oh, cuán errado fue mi vil denuedo!
Mi alma creí de tu embrujo franca,
mas al mirarte, mi razón pierdo,
y el juicio huye de mi pecho que ya manca.

¿Qué sortilegio es este, gentil Capuleto,
que en miel convierte el dardo de tu lengua?
Me hiere, me sana, con deleite secreto,
cual llaga cruel que su propia sangre venga.

Si te amó el Montesco, la razón prendo:
no fue la llama, sino la servidumbre.
Mas yo —que no te poseo y te estoy viendo—,
me anego en la más honda pesadumbre.

III

Reímos hoy bajo el noble pretil,
y el sol de oro tu faz tocaba;
quise tocarte —¡Ay, capricho vil!—
mas temí mancillar tan grande alba.

Hablabas de fuga, de celestes trazos,
y yo solo te contemplaba, suspirando.
Mi verbo se anuda en dulces lazos,
mi mente ruega que no te esté ya amando.

¡Ay, señora! ¿Qué en mi alma haces?
Burlas mi cuita y me llenas de salud;
me llamas “hermana”, y en mi estío ves:
me rompo en celos, risa e inquietud.

Tus manos, lirios de inocente calma,
tocan las mías, y el orbe enmudece.
Si esto es amistad, apiádese el alma,
pues mi espíritu de amor ya te pertenece.

No hallo sílaba que este mal confiese,
ni cómo tu silencio se soporta.
Si me miras, el juicio desfallece;
si me hablas, el vivir mi ser recorta.

IV

Te he amado, dama, sin nombrar tu paz,
como el sol ama al mar desde su asiento.
Mi amor es sombra, grande y contumaz,
que entre la culpa y el mal halla acogimiento.

Tus ojos son mi misa y mi baldón,
tu acento, un blanco que mi voz no acierta;
te amo, y mi amor guarda prisión,
por miedo a que tu mirada me desprecie.

No hay suplicio mayor que este silencio,
ni dulce pena cual niegue a mi suerte;
ser tu amiga basta, pero sentencio
morir el día que deje de adorarte.

La pasada noche, al verte con el Hidalgo
el arrebol me gritó el temor que mora:
que el mundo nunca dará mi nombre de halago
si sabe que mi espíritu al tuyo adora.

Quizá si en otro siglo el Hacedor es clemente
y el amor no es delito ni afrenta ruin,
puede que te diga, con voz de torrente:
Por ti, Julieta, mi alma conoció el sinfín.

V

Enmudecieron los nobles balcones,
el rocío en Verona ya no canta.
La luna viste sus fúnebres blasones,
tan temprano el aura sabe a licor y a pena tanta.

Dicen que amaste a un varón hasta el postrer suspiro,
que Dios te negó otra aventura;
amiga, nadie vio mi furtivo retiro,
mi amor callado, mi condena más pura.

¡Ay, joven loca, por qué no me esperaste!
Te hubiera seguido sin ningún temblor,
a reclamar el Cielo si por el Montesco nos negaste,
un alma intrusa, dos almas que se unen en un mismo ardor.

Tu nombre, amada, aún quema mi entrecejo.
Me habla entre sueños, me pide que redima.
Yo, sombra menguada de tu reflejo,
te lloro versos cuál postrera rima.

Si acaso hay vida tras la última partida,
y el alma caminante no tiene vallado,
seré tu risa, tu voz no extinguida,
seré la flor al pie de tu estrado.

Y si Dios o Romeo prohíben tal encuentro,
no quiero su perdón sin aspereza,
quiero el infierno, si en su negro centro,
tengo aún derecho a llamarte: Mi Belleza.

𝙄𝙉 𝙈𝙔 𝙃𝙀𝘼𝘿Donde viven las historias. Descúbrelo ahora