San Gabriel

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Si él fuera un lugar,
sería un cerro dormido bajo el sol de las seis.
Silencioso, vasto, terco,
con la sombra exacta donde yo querría quedarme a vivir.

Sus labios, como una cumbre interrumpida,
el inferior pequeño, pero redondo,
el superior, una línea apenas visible,
pero con un arco de cupido que sube
como si intentara tocar el cielo y regresara a mi boca.

Y sus ojos,
ay, sus ojos…
marrones como la tierra mojada después de la lluvia,
redondos, amplios, inmensos,
como si el mundo cupiera en sus pupilas
y aún así, me mirara solo a mí.
Su ceja, rebelde como él,
arqueada sin esfuerzo, como si naciera del viento.

Y su cabello...
oh, su cabello.

Negro azabache,
largo hasta acariciarle la axila,
abundante como la maleza en primavera,
con volumen que desafía toda lógica,
incluso la mía, con mis rizos entrenados para resistir tormentas.
Tres veces más vida que mi melena.
Tres veces más historia en cada hebra.
Y sin embargo, se lo amarra,
como si no supiera que me roba el aliento
cada vez que lo suelta.

Le encontré dos canas.
Dos estrellas ocultas entre un universo oscuro.
Y pensé:
no es que envejezca,
es que carga tanto con el mundo
que el tiempo quiso dejarle constancia.

Si él fuera un lugar,
yo no llevaría mapa.
Me perdería adrede.
Me haría cabaña en su pecho,
canción en su pelo,
y fe en sus ojos.

𝙄𝙉 𝙈𝙔 𝙃𝙀𝘼𝘿Donde viven las historias. Descúbrelo ahora