He vivido diecisiete años en este cuerpo
y todavía no aprendo a habitarlo sin sentirme
un escaparate.
Nunca he sido bonita,
solo he sido visible
en esa forma sucia
en la que te miran como si fueras algo que se pide,
que se toma,
que se usa.
Desde los trece
los ojos de hombres más grandes que yo
se me clavaban como insectos,
llamándome “mujer”
cuando yo apenas sabía amarrarme bien los tenis.
Y me decían que era plana,
que no tenía pecho,
que no tenía culo,
pero aun así encontraban la manera
de sexualizar mis huesos,
de convertir mi piel en catálogo,
de hacerme sentir
que mi existencia era una vitrina
de defectos vendibles.
Quise ser bonita.
Lo juro.
Quise tanto,
tan desesperadamente,
que un día dejé de saber
qué carajo significaba “belleza”
si no era un precio.
Me alacié el pelo
porque mis rizos eran demasiada historia,
demasiada identidad
para un mundo que quiere mujeres lisas,
suaves,
obedientes al peine.
Me odié la nariz
porque no era pequeña.
Me odié la piel
porque no era blanca.
Me odié las piernas
porque los vestidos sacaban a la luz
toda la celulitis que tengo antes de ser adulta.
Mi abuela señala mis arrugas.
Yo señalo mi vergüenza.
Mi cuerpo se volvió un problema,
un chiste,
una exhibición involuntaria.
Y cada vez que me ponía un vestido,
no me vi bonita:
me vi disponible.
Como si con tela ligera
viniera incluida la obligación
de soportar miradas que huelen a saliva vieja.
Soy una chica morena,
rizada,
de copa B,
B que suena a "bastante poco"
con acné, vitíligo,
celulitis y una miopía que me deja pensando
si voy a quedarme ciega antes de aprender a amarme.
Pero soy más que eso —
o eso me digo
cuando intento convencerme de que existo
más allá de los ojos que me recortan.
La cultura que amo
—la música negra, ruda, ruidosa—
es un imán para hombres
que no saben nada de revolución
pero sí saben desear cuerpos jóvenes
disfrazados de rebeldía.
Nunca seré guapa sin ser cosificada,
pienso a veces.
Nunca seré vista sin ser leída
como algo que se toma.
Y aquí estoy,
desnuda sin quitarme la ropa,
intentando explicar
que ya me cansé de ser el perro que muerde,
porque antes de la furia
estuvo la vergüenza.
La vergüenza de existir en un cuerpo
que otros creen que pueden nombrar,
clasificar,
desear,
desmenuzar.
Quisiera decir que esto es un proceso,
que un día dejará de doler,
pero hoy no voy a mentirte.
Hoy sólo digo
que estoy cansada de ser objeto.
Que quiero ser persona.
Que quiero un lugar donde ser mirada
no sea una amenaza.
Y si eso es desnudarme,
entonces aquí estoy:
piel abierta,
tinta sangrando,
vergüenza viva.
Yo.
ESTÁS LEYENDO
𝙄𝙉 𝙈𝙔 𝙃𝙀𝘼𝘿
Poesía¿Qué ocurre? ¿Por qué de nuevo me llenan las ganas indestructibles y feroces de atrofiar mi rutina de sueño para escribir...? ¡Qué importa! Voy por mi café. Mi poesía, la que se me ocurre en lo más profundo y oscuro de la madrugada. • únicamente p...
