¿Qué ocurre? ¿Por qué de nuevo me llenan las ganas indestructibles y feroces de atrofiar mi rutina de sueño para escribir...? ¡Qué importa! Voy por mi café.
Mi poesía, la que se me ocurre en lo más profundo y oscuro de la madrugada.
• únicamente p...
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Todas las noches de mi vida han sido así, tranquilas y sumisas, calurosas o frías. No hay siquiera nostalgia, no es algo con lo que crecí; mi corazón vive vacío, pide y clama por algo de ruido.
Han pasado años desde que la conocí a ella, a una muchacha güera, de belleza austera. Con su piel de leche y sus ojos color cielo, a una joven niña mulata dejó enamorada.
Esa soy yo, una mestiza morena, de ojos grandes y rasgos de su tierra; claramente nacional, claramente tapatía, yo con mi belleza latina, ella con su belleza semejante europea. La conocí de niña, la conocí de cría, juntas crecimos, compartimos la vida. Mi corazón es bruto, de amores desconoce -del amor carnal- Ama el sentimentalismo, desconoce lo pasional; lleva tatuado el nombre de esa güera de esa blanquita chula, aquella que conocí en la escuela.
Un amor de niñas, un amor puro. Conocí a esa bella rubia para entender sobre mi futuro, ¿Quién soy?, ¿esto es normal? Me preguntaba diario, buscando respuesta a mi nuevo deseo a explorar.
Hoy, familia, de esa niña no sé más. Espero le vaya bien, espero haya aprendido a amar; fue amiga mía, y la primera mujer que mis ojos hicieron brillar. Pero siempre, siempre me pregunto, ¿habría algo después? ¿Ella pudo mi amor corresponder? ¿Algo entre las dos pudo suceder? Esa jovencita angelical, de pecas varias y sonrisa blanca, de manos tiernas y de bello mirar.
Con su risa dulce y su cabello rubio que yo amaba acariciar, su sonrisa alegre, su voz peculiar. Ella, ella tan bella ante mis ojos, ella, ella tan dulce y sin igual.
Y hoy, sola, con frío y abandonada, caminando sobre el boulevard de Tlaquepaque, aún, aún vive fresca en mi memoria escondida, esa rubiecita a quien abrazaba a escondidas en el parque, esa güerita jarocha, de bonito rostro de gringa.