Camus, querido

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Antier murió mi padre. O quizás fui yo quien murió. Quizá morí mucho antes. La fecha exacta se ha diluido en una niebla espesa que envuelve no solo el calendario, sino la textura misma de mis días.

No es que la pena me haya consumido; es que la realidad se ha vuelto porosa. En este mismo lapso en que la ausencia se hacía tangible y permanente, la vida decidió despojarme de otros anclajes… La voz de mi confidente más antiguo se ha silenciado en un mutismo hiriente; y el hilo de una relación de dos años, tensado hasta el límite, se quebró con un eco seco. Todo a la vez. Tres pilares menos en la ya precaria arquitectura de mi existencia. Yace sobre esta tierra quemada el eco de una nueva y punzante pasión, esta vez por ti. Un sentimiento tan vívido que amenaza con consumirme, un amor que florece en la certeza (entonces cruel) de su unidireccionalidad. Al volcar este peso sobre mis amigos, esa comunión de desastres personales, esperaba el bálsamo de un gesto, la mínima liturgia de un abrazo. Pero no hubo asilo. La indiferencia fue tan vasta que me sentí flotar, desvinculada de la gravedad humana.

Al principio, fue el abandono, esa punzada amarga de la soledad en medio del clamor. Pero el dolor es un proceso químico que, llegado a su saturación, se transforma. Lo que queda no es la herida abierta, sino una ausencia de sensación. Es un vacío limpio, una neutralidad tan absoluta que se asemeja a la paz de un páramo. Mi corazón se ha vuelto un objeto extraño en mi pecho, y la memoria de las lágrimas ya no me conmueve. Los afectos, los duelos, las esperanzas… Todo ha quedado suspendido. Y yo, solo existo en esta pausa fría, sin reacción, preguntándome si el recuerdo de mi padre es tan distante como el eco de mi propia voz en una habitación vacía.

𝙄𝙉 𝙈𝙔 𝙃𝙀𝘼𝘿Donde viven las historias. Descúbrelo ahora