Al principio fue dulce.
Una suavidad tibia que se pegaba a mi piel
como si el mundo por fin hubiera decidido
que yo merecía ser mirada.
Me creí inalcanzable.
Como esas frutas que sólo se tocan con los dedos temblorosos,
como un brillo reservado para quien sabe apreciar,
no para quien quiere poseer.
Pero decir "miel" era no entender el peligro.
La miel atrapa.
La miel endulza para que bajes la guardia
y luego te amarra los huesos hasta dejarlos quietos.
Primero fueron palabras:
"bonita",
"madurita",
"ya casi mujer",
"qué desperdicio sin fotos".
Palabras suaves, disfrazadas,
que parecían halagos
pero eran ganchos envueltos en azúcar.
Luego vinieron manos que no pedían permiso,
ojos que pesaban más que una piedra,
bocas que no sabían decir "¿está bien si...?"
sino "cállate, no es para tanto".
Y yo, tonta de fe,
creí que ser deseada
era lo mismo que ser amada.
Me metí a un vestido animal print
y me sentí hermosa,
una Monster High recién salida de caja,
lista para bailar.
Pero en el camión me vieron como mercancía,
como si mis piernas fueran oferta
y mi dignidad, un estante vacío.
Siempre fui "provocación",
nunca persona.
Alumno brillante para los maestros,
pero personaje de chisme para mis compañeros:
favoritismo, tijerazos, favores.
Mi inteligencia reducida
a la forma de mis piernas
y al rumor que se les ocurriera inventar.
Y en casa,
mi acné era comentario,
mi cuerpo era advertencia,
mi belleza era algo que siempre estaba por corregirse.
Con Alan aprendí la lección final:
que incluso alguien que dice amarte
puede tratar tu cuerpo
como si fuera suyo.
Que un "no" puede deshacerse
cuando al otro le conviene.
Que hay miel que viene servida
en manos que jamás la tocarán.
Y de tanto escuchar que estaba "bien buena",
de tanto sentirme mirada como carnada,
me convencí de que mi cuerpo
no me pertenece del todo.
Que soy bonita
solo cuando soy útil para el deseo ajeno.
Que existo
solo cuando alguien me imagina en su cama.
Que ser morena, rizada, pequeña,
era un motivo más para convertirme
en fantasía, no en persona.
La miel siguió cayendo.
Dulce.
Caliente.
Asfixiante.
Y ahí entendí la verdad que nadie dice:
que nadie se salva cuando la miel te llega al cuello.
No importa si huele bonito.
No importa si brilla.
No importa si parece un premio.
Porque ahogarse es ahogarse.
Sea en agua sucia
o en la sustancia más dulce del mundo.
Y nadie siente lástima
por la niña que se hunde en miel.
Creen que lo disfrutó.
Que lo buscó.
Que lo provocó.
Pero yo sé la diferencia.
Yo sé que la miel no era mía.
Yo sé que mi cuerpo no era miel,
solo carne que otros lamieron
antes de pedir permiso.
Yo sé que lo dulce nunca fue dulce.
Solo pegajoso.
Solo espeso.
Solo mortal.
ESTÁS LEYENDO
𝙄𝙉 𝙈𝙔 𝙃𝙀𝘼𝘿
Poetry¿Qué ocurre? ¿Por qué de nuevo me llenan las ganas indestructibles y feroces de atrofiar mi rutina de sueño para escribir...? ¡Qué importa! Voy por mi café. Mi poesía, la que se me ocurre en lo más profundo y oscuro de la madrugada. • únicamente p...
