Maquillaje

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Habrá quien no entienda mi fascinación por el maquillaje.
Nunca falta aquel que me mira entrar al aula un lunes a las 7:00 de la mañana y me ve con unos ojos que gritan: "¿Cómo por qué necesitas hacerte un trabajo de sombras de treinta minutos solo para sentarte en una butaca por seis horas?" O aquel que al verme postear una foto en Instagram su primera idea sea "está desesperada por impresionar a un hombre"; o bien ese que supone "tremenda inseguridad debe tener para no permitir que la vean sin maquillaje".
Lo que nadie entiende es que para mí el ponerme brillitos en los párpados, probar todos los rubores del mercado o comprar siete tonos distintos de labial rojo no es un simple hobby, una forma de llamar la atención o de esconder mi rostro. Es mi forma más honesta de mostrar mi alma desnuda.
Qué bonito es dejar fluir brochas, cepillos esponjas y hasta los dedos mismos sobre mi cara. Qué libertad me rebosa en el pecho cada que me atrevo a experimentar con algo que originalmente "no debería ir ahí". Glitter en los pómulos, iluminador en las clavículas, labial negro, sombras moradas... Me siento un lienzo en blanco cada mañana; vale la pena despertarme antes que el gallo con tal de preparar una primera obra de arte antes siquiera que el café mañanero, vale la pena captar miradas donde puedo leer entre pestañas: "mira nomás a esa ridícula", vale la pena acentuar las ojeras con lápiz negro en lugar de esconder mis desvelos. Siempre valdrá la pena encontrar un lienzo en mi nariz, mis ojos, mis labios o mi imperfecto cutis. Qué alegría encontrarle el amor a algo tan sencillo como un poco de pintura.

𝙄𝙉 𝙈𝙔 𝙃𝙀𝘼𝘿Donde viven las historias. Descúbrelo ahora