Un día cualquiera que pensé en ti

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La silla vacía en primera fila frente a esta tarima es el último poema que te escribo.

No sé a quién se le escribe cuando el amor no alcanzó la estatura del nombre. Te escribo a ti, un mapa borrado por la lluvia, una dirección que ya no figura en el GPS de mis dedos. Hay una geografía maldita en los sentimientos que se quedan a medio construir; es un paisaje de ladrillos jamás utilizados, andamios que sostienen el aire, promesas que nunca llegaron a levantar un techo bajo el cual refugiarse de la tormenta. Eres mi estación de paso, el lugar exacto donde decidí bajar la mirada, atarme los zapatos con nudos mal trenzados y dejar que el último tren se pierda en el horizonte, llevándose el ruido de lo que pudimos ser.

Tengo la garganta llena de espinas. Son preguntas que se atraviesan, que cortan el flujo de la respiración. ¿A quién se le escribe cuando el refugio huele a gas? ¿En qué momento el santuario se volvió un interrogatorio? Confieso ante el papel, este juez mudo, que aprendí a beber el café con el sabor metálico de tu ausencia. Reconozco el crujido de la puerta, ese sonido seco, definitivo, la nota final de una sinfonía que no supimos terminar. Al principio, tu presencia era un abrigo de lana gruesa en el invierno más crudo, pero la lana empezó a apretar, las fibras se volvieron agujas y el calor se transformó en una fiebre que me consumía hasta hervirme la sangre, el alma y las ganas de mirarte a los ojos con esa ansiedad que precede al beso de tu voz.

Te habito en formas que el orden alfabético ignora. Eres una ilusión adecuada, esa fruta brillante en el mostrador que se pudre por dentro en cuanto alguien se atreve a echársela a la bolsa. Me gustas más cuando no eres carne, cuando eres solo un impulso eléctrico en mis entrañas, un fantasma que no ocupa lugar en la cama. Pero cuando apareces, traes contigo esa certeza pesada, esa arrogancia de quien se cree dueño del oxígeno en la habitación. Te sientas a la mesa de mi vida, te tomas la última rebanada de mi paz y te convences a ti mismo -y me llevas de corbata, para variar- de que ese saqueo es una forma de cariño.

Te conozco por los poros, no por las palabras. Sé tu horario de sueño, ese desorden de náufrago que intenta ganarle horas a la luz. Sé qué cena calma la bestia que llevas dentro después de acabar con el ego de cien mastodontes en un tatami. He visto cómo dejas crecer tu pelo, una anotación al margen escrita a lápiz, siempre al borde del borrador. Te tengo tatuado en mis gestos involuntarios, en las canciones que guardo como reliquias de una guerra que perdí antes de siquiera enlistarme a la armada. Eres una colección de hábitos, una lista de detalles que mi memoria se niega a incinerar, luces de emergencia que se encienden en mitad de mis insomnios más negros.

El pecho ya no me alcanza para guardar este inventario de escombros arrumbadas en un recoveco de mi cordura. ¿En qué momento exacto el refugio torció sus manos y se convirtió en asedio? ¿Quién de los dos cruzó primero la línea de tiza? Quizás fui yo, que confundí el acto de recostarme con la decisión de echar raíces en un suelo que siempre fue arena movediza. Maldita sea mi manía de confundir la puntualidad con la verdad. Me diste horarios exactos cuando yo necesitaba alianzas eternas. Fuimos dos lisiados usando las heridas del otro como muletas, caminando en círculos sobre un campo minado de silencios. A la mierda tu voz que tanto atesoro en la quietud de mi demencia, debí pedirte un silencio cómodo, sin ruido blanco para rellenar tu falta de constancia.

Hubo noches donde el teléfono boca abajo era el único muro de contención contra el vértigo. La pantalla apagada era un ataúd para mis ganas de gritarte. La soledad se volvió mi lámpara de noche, una luz perpetua que no ilumina, pero que al menos evita que me golpee con los muebles de mi propio desastre. Pensé en llamarte, claro. Mil veces el dedo rozó el cristal estrellado. Pero me contuve. Ese recuerdo es una puerta que se abre y se cierra sin el suspiro del intento, un latido que se queda en el aire, suspendido, como el humo de un cigarro que nadie se terminará de fumar.

𝙄𝙉 𝙈𝙔 𝙃𝙀𝘼𝘿Donde viven las historias. Descúbrelo ahora