Cuando escuché tu nombre por primera vez jamás me imaginé que con solo sus cuatro bellas letras le daría un giro a mi vida; que me lo encontraría dándome vueltas por la cabeza todo el día, todos los días. A pie, en carro, en el camión y hasta en avión. La primera vez que escuché tu voz dirigiéndose a mí, debí advertir la miel que derramaban tus labios al llamarme con tanto cuidado, como si yo fuera una pieza de porcelana —que en su momento intentaba ser más bien un tímpano de hielo, caer al agua helada y ahuyentar con las olas a quien se atreviera a dar un paso a conocerme—; tal vez fue tu voz, tu sonrisa, tus manos o tu boca la que me ató extrañamente a una misma lista de reproducción, las mismas canciones que no tenían dueño pero buscaban desesperadamente uno.
“Dame un beso y dime algo” me gritaba Moderatto, “encontrar una razón para no ser el próximo” repetía Madero, “un disparo de nieve” me recitaba Silvio Rodríguez, y no recuerdo ya cuántas noches pasé deseando algún día sentir y no solo escuchar a Bunbury en Flamingos.
Fue aquel día que mis ojos se atrevieron a detenerse en tu sonrisa que comprendí que no era común este palpitar desesperado y caótico en mi pecho cuando pequeñas imágenes mentales saltaban a mí al escuchar tantas canciones bonitas, y que cuando escribía sobre desear conocer el amor, podría estar refiriéndome a ti, no me lo esperaba. Siempre culpo por todo a mi diminuto ego que nunca me permite hablar bien, me corta la garganta, pero no tengo a nadie más que agradecer más que a ese ego por haberme permitido aceptar el reto de regalarte un abrazo.
Cuando me tocaste, tan cuidadosa y tímidamente, sentí que me regresó el alma al cuerpo.
Jamás estará nadie para saberlo, pero yo puedo ir contándolo cuántas veces quiera: regresé a casa temblando. No sabía si era miedo, predisposición, ansiedad, felicidad o una amalgama de todas ellas, pero estaban presentes en cada músculo tenso de mi cuerpo; odiaba amar tanto esas sensaciones que con un solo abrazo pudiste brindarme. Quería más, estaba deseosa de más.
Prendiste chispas en mí cuando en ese tal vez incómodo abrazo en el cine me tomaste por los hombros, pero dejé que cada voz chillona y gritona de mi cabeza se perdiera en la infinidad del vacío de la sala, me sentía extrañamente a salvo. Me sentía a salvo de algo que no podía describir, tenía miedo pero sentía alivio; estaba tranquilamente nerviosa y felizmente llorando en mis adentros. Era tan extraño admitir que estaba cayendo en un sinsentido de mi corazón.
Darte ese beso fue una corazonada irracional de la que jamás me arrepentiré. Cuando mi labios tocaron los tuyos, sentí como el color subía no solo a mis mejillas, sino a mi mundo, a mi corazón. Los edificios grises, los cielos contaminados, los pisos sucios, los camiones deslavados, todos ellos se prendieron en llamas y torrentes de colores como si les hubiera caído óleo del cielo.
Los días consecutivos fueron aún mejores, y cada pequeño tacto tuyo me hacía caer más y más, a un punto que deseché la idea de empujarte y comencé a atraerte, comencé a dejarte entrar en mi roto hogar.
Me devolviste la vida en una mirada, y me diste razones para vivirla en un beso.
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𝙄𝙉 𝙈𝙔 𝙃𝙀𝘼𝘿
شِعر¿Qué ocurre? ¿Por qué de nuevo me llenan las ganas indestructibles y feroces de atrofiar mi rutina de sueño para escribir...? ¡Qué importa! Voy por mi café. Mi poesía, la que se me ocurre en lo más profundo y oscuro de la madrugada. • únicamente p...
