Macchiato

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No soy fácil de tragar.

No soy el licor de mezcal que es capaz de traer a la vida recuerdos muertos y cocer con hilo y aguja corazones de hojalata.

No soy la aceituna de un martini que nadie come al final de la copa, pues consideran insignificante.

No soy el algodón de azúcar que solo el niño inmaduro de la familia tolera, mientras que a los adultos les da dolor de muelas.

No soy el jugo verde que toma el enfermo o quién lleva un estilo de vida de perder peso... O perderse en el peso de sus hombros.

No soy dulce.

Nací de un grano tostado que creció entre tormentas tropicales, pesticidas y maquinaria pesada. Siempre en regulación, siempre sobreviviendo a la extinción.

Ni bien madura me quemaron en hogueras sin fondo, tóstandome para darme mejor sabor -cambiarme de raíz, me supongo-; solo para dejarme caer entre prensas que hubieron de romper mis huesos y sueños.

Y del maravilloso planterío que hice crecer, no quedaron más que granos molidos, polvosos, insignificantes. Basura.

Del planterío que tardé años en crecer, me reducen a una diminuta taza que nadie ha de querer probar por su amargor.

Yo nunca quise ser un macchiato que se busca endulzar con caramelo imp. Ojalá algún día alguien logre domar lo suficiente su paladar para soportarme hacer muecas al contacto con mi morena piel o mis ojos de obsidiana.

𝙄𝙉 𝙈𝙔 𝙃𝙀𝘼𝘿Donde viven las historias. Descúbrelo ahora