Capítulo 47 • Cerrando cicatrices

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—¿Podemos hablar? —le pregunté a papá que se encontraba del otro lado de la sala junto con Iker

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—¿Podemos hablar? —le pregunté a papá que se encontraba del otro lado de la sala junto con Iker

—Claro —dijo él mirando a Iker para acercarse a mí, antes de que esto sucediera lo interrumpí.

—Preferiría que a solas, perdón Iker —este asintió indicando que no le molestaba.

—Mejor, tengo una excusa para ir a mi cuarto —río y con esto se marchó.

—¿Nos sentamos? —pregunto señalando los sillones en el medio de la sala.

—Me parece bien —sonreí y me senté. Estaba nervioso, no sabía cómo comenzar está conversación—. ¿Recuerdas el día que llegue pasado de sustancias a casa? —pregunté esperando su respuesta pacientemente.

—No estoy seguro... ¿Por qué? —él me miró desconcertado.

—Yo tenía 16 años en ese momento. Hacía mucho frío afuera, pero ese día extrañaba mucho a Celeste entonces mis amigos me pusieron retos de cuánto aguantaba hasta perder la consciencia, y lo hice, no recuerdo cómo llegué a casa, pero sé que tu me cubriste con una manta ayudándome a estabilizarme, luego me dijiste que esa no era la forma de canalizar mi duelo, que podía estar triste, pero que lo hablará contigo, que me ayudarías en lo necesario, pero que haga lo que haga no debía perderme a mi mismo... —el silencio inundó la habitación. Él me miró desconcertado, como eligiendo las próximas palabras a decir. Miró al suelo y negó con la cabeza confundido.

—Perdón, pero no recuerdo hijo... —dijo lentamente cuando eligió romper el silencio.

—Lo sé, yo tampoco lo recuerdo... Porque no pasó, si me drogué hasta perderme, si hacía frío ese día, pero tu ya no estabas en casa. Es más, nadie me esperaba en ella... Ese día dormí en la calle, casi morí de hipotermia, robaron mis tenis y mis amigos me dejaron solo, ese día dormí frente a una iglesia, una pareja de ancianos me dieron café caliente y un par de medias extras, me dieron un poco de dinero para volver a casa, también me dijeron que lo que sea que me estaba pasando no debía perderme a mi mismo por tal de olvidar aquello. Creo que fueron las palabras de preocupación que siempre esperé de ustedes...

»En realidad no sé si esperaba que se preocuparan por mí, más bien quería que me vean. Que supieran que estaba ahí... Creo que hasta yo mismo me olvidé de mi existencia porque cuando me preguntan por mi cumpleaños no se decirle cuando es... No lo recuerdo, algo tan básico...

—20 de mayo —dijo él rápido, desesperado, como si quisiera que yo sepa que él siempre me tuvo en cuenta—. Siempre lo tuve en cuenta, solo que fui cobarde todo el tiempo. No estuve en tus días más fríos. Perdón por no verte cuando querías que te viera... —una lágrima cayó lentamente por mi mejilla, esas palabras que tanto había esperado, pero ahora ya era tarde... No porque le guardaba rencor, sino que ya me había sentido acompañado en esos momentos aunque ya habían pasado. Sabía que Dios había estado ahí, a mi lado.

—Lo sé, no estoy reclamando nada, solo quiero que sepas que yo solo era un niño... Dicen que los niños comienzan a tener consciencia entre los cuatro o cinco años, yo tenía diez años cuando Celeste se fue, es decir, que ustedes conocieron a Celeste cinco años de su vida, para mi fue desde que comencé a tener consciencia... —papá lloraba mientras me miraba atentamente, mis lágrimas caían hace rato, pero trataba de moderarlas para poder hablar—. Ustedes perdieron una hija, y todos dicen que no existe dolor más grande que perder un hijo. Yo no voy a discutir eso... Pero yo también perdí a alguien... Había perdido a mi mejor amiga, mi compañera de aventuras, de travesuras y sobretodo a mi hermana, tenían más conocimientos sobre la vida, sabían que no volvería a aparecer, yo siempre la esperaba para tomar el té con sus muñecas, hasta que entendí que no volvería... Y para ese momento ya no era un niño.

—Lo siento mucho —dijo él entre lágrimas, no podía pronunciar bien las palabras debido a estás—. Lo siento, lo siento, lo siento... Nunca me puse a pensar que aunque yo había perdido a mi hija, tú también estabas haciendo duelo, tu habías perdido a tu hermana... Te obligué a crecer demasiado rápido. No me imagino lo solo que te habrás sentido.

—Sí, me sentí muy solo —suspiré con la poca fuerza mental que me quedaba y me derrumbe... También mis lágrimas comenzaron a caer, ya no lloraba yo, lloraba aquel Mateo de diez años que perdió a su hermana, lloró aquel Mateo que buscaba a Celeste por todos los rincones, lloró aquel Mateo que se escondía de su madre para que no lo golpeará, lloró aquel Mateo que se drogaba para olvidar su tristeza... Y lloró aquel Mateo que buscaba a su padre por todos los rincones de la ciudad. Ahora ese Mateo lo había encontrado... Ya no era el mismo, había cambiado.

Mi padre se acercó a mi y apoyo una de sus manos en mi hombro, yo lo abracé.

Mateo Hwang, hemos perdonado... Estamos sanando heridas, cerrando cicatrices.

Luego de conversar con mi padre me sentía más aliviado. Aquella enorme mochila que había cargado durante años parecía haber desaparecido. Por primera vez en mucho tiempo mi espalda se sentía ligera.

Ya todo había sido perdonado.

Sobre mi escritorio descansaba aquella hoja con el título "Querida Celeste" escrito en letras prolijas. La había dejado allí antes de ir a casa de papá. No podía comenzar a escribirla sin antes hablar con él.

Querida Celeste:

Hola, Celi, tanto tiempo. Soy Mat, tu hermano mayor...

Sé que quizá me hayas estado observando desde donde estés. Ojalá que no. No me gustaría que hayas visto en lo que tu hermano mayor se convirtió. Aunque, si lo hubieras visto, creo que me habrías seguido mirando de la misma forma.

Es decir, nunca viste el mal en las personas. Aun cuando te dije que aquellas niñas no merecían tu perdón, tú simplemente las perdonaste. Es admirable. Al final de cuentas, luchabas contra un monstruo que nadie veía y sonreías aun con el dolor.

Siempre fuiste así.

Creo que durante mucho tiempo me pregunté cómo podías sonreír cuando estabas sufriendo. Ahora creo que lo entiendo un poco más. No porque el dolor haya desaparecido, sino porque aprendiste a no dejar que fuera lo único que existía dentro de ti.

He cambiado, Celi. Lo sé porque, aunque te extraño, no te quiero aquí. En aquel sueño, cuando lloré rogando que te quedaras, lo entendí en tu mirada. Ya había cambiado.

En estos momentos tendrías alrededor de diecisiete años y viviríamos peleando, lo sé porque a veces peleo con los muchachos... Te perdí al punto de casi perderme, pero me enviaste personas que me acercaron al Salvador, Dios.

Quizá todavía me falten muchas cosas por aprender, Celi. Probablemente vuelva a equivocarme y tenga días malos, pero ya no quiero volver a perderme. No quiero volver a ser aquel chico que necesitaba destruirse para dejar de sentir. Quiero vivir. Quiero hacerlo por mí, pero también por ti.

Quiero que, donde sea que estés, puedas mirar a tu hermano mayor y sentirte orgullosa de él. No porque haya dejado de extrañarte, sino porque aprendió a seguir adelante llevándote en el corazón y no en una herida abierta. Y creo que eso es lo que siempre quisiste para mí.

Esta es mi carta de despedida. Te voy a seguir extrañando, quizás algunos días más que otros, pero ahora entiendo tu frase, Celi: «Las mariposas siempre están en el valle de la felicidad».

Ahora, cada vez que vea una mariposa, recordaré que, donde sea que estés, eres feliz.

Te ama por siempre, tu hermano mayor y guerrero favorito, Mateo.

Guardé la carta en uno de los cajones, cuando escuché como tocaban la puerta, limpié algunas lágrimas traicioneras que salieron escribiendo la carta y me levanté a abrir.

—Hola Mat, tanto tiempo.

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Valle de la Felicidad. [EUMCEE 2]©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora