7

62 8 0
                                        

Todo sucedió tan rápido que me costó un tiempo comprenderlo.

De la nada un cuchillo voló por los aires e hizo un pequeño corte en la mano del pirata, quién dejó escapar su espada junto con un grito de dolor. Se creó un silencio en todo el barco, todos se miraban nerviosos, hasta podría decir que se notaba el miedo en sus caras. Sentí unos pasos viniendo en mi dirección, y quienes me rodeaban se hicieron hacia atrás formando un camino. Levanté la vista, y debo admitir que quedé sorprendido cuando la vi.

A plena vista podía notar que tenía unos quince o dieciséis años de edad, a pesar de que no vestía muy de acuerdo a esta. Llevaba puesta una camisa blanca holgada que se sujetaba con un chaleco de cuero negro. En su hombro colgaba un cinturón que sostenía su espada, vestía pantalones ajustados y la vaina de una cuchilla en su bota izquierda. Cabellos castaños caían por sus hombros, y estaba llena de collares y joyas en sus manos. Sus labios resaltaban en un tono rojizo, y tenía la mitad del rostro cubierto con un enorme sombrero negro del que salía una pluma blanca de puntas azules y, aunque no podía verle sus ojos, estaba cien por ciento seguro de que me estaba mirando.

- Muy bien inútiles ¿Quién de ustedes va a explicarme qué demonios está pasando aquí?

Nadie respondió, nadie parecía querer hacerlo. Detrás de ella había otro pirata, no tan grande como mi anterior contrincante, de un aspecto más sereno y serio que hasta me resultó de alguna forma familiar. Apuntó a uno con su dedo y este con una cara de terror dio un paso en frente.

- Este joven ha querido robarnos, nosotros solo estábamos haciéndonos cargo de él, pensamos que...

- ¡Silencio! – gritó ella –¡¿Que acaso no se dan cuenta de lo que esto pudo causarnos?!

- Pero teníamos todo bajo control...

- ¡Los guardias torpe! – su voz era fuerte y dura, ninguno de todos los rudos piratas parecía atreverse a interrumpirla – Ya está amaneciendo y ustedes siguen perdiendo tiempo con estas...¡estupideces! – dijo señalándome –¡Que no ven que por su culpa estamos retrasándonos! ¡La seguridad del reino llegará en cualquier momento por nosotros!

Todos bajaron sus cabezas mostrándose muy lamentados, tanto silencio se había vuelto incómodo, hasta me daba ganas de comentar algo, pero lo pensé bien antes de hacerlo, no quería meter mal la pata.

- ¡Ya la oyeron, todos a sus lugares, levanten el ancla e icen las velas, quiero que este barco se ponga en marcha inmediatamente! – gritó el hombre de a su derecha.

En menos de unos minutos la tripulación entera se puso en movimiento, hasta parecían haberse olvidado de mi presencia, incluso el tal Zert ya no se encontraba a mi lado. Los únicos que aún me tenían en la mira eran aquella misteriosa joven y su asistente.

- Y en cuanto a ti – su mirada seguía cubierta por su sombrero, pero podía darme cuenta de que me observaba con odio – Debo admitir que me encantaría dejar que ellos te asesinen, pero como vez, no tengo tiempo para eso.

Luego dirigió su vista a unos que estaban reajustando unas cuerdas y agregó.

- ¡Ustedes dos, quiero que encierren a este joven de inmediato!

- Oye escúchame muchacha...- la interrumpí.

-Señorita para usted – me corrigió rápida y furiosamente.

- Discúlpame...señorita... pero ¿No crees que sería mejor dejarme ir ahora mismo, en vez de tenerme aquí causándote más problemas? – dije tratando de convencerla.

- Oh tranquilo, no pienso cargar contigo todo el tiempo – respondió con una sonrisa maliciosa en su rostro – Será mejor que sepas nadar mocoso, porque en cuanto nos alejemos de Matheldan te haré saltar por la plancha.

TRAVESÍADonde viven las historias. Descúbrelo ahora