XVI

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Aquella última frase de Máximus me dejó pensando, y no hablé absolutamente nada en toda la comida.

Atia me miraba de reojo de vez en cuando, pero por una vez, me dejó tranquila y no preguntó nada.

Libertad o no. Hacer lo que me guste o no.

¿ Es que acaso las cosas tenían que ser tan difíciles ? ¿ Blanco o negro ? ¿ Acaso no había punto intermedio ?

Suspiré y traté de imaginar las dos situaciones. Y no me vi a mí misma estando toda mi vida detrás de la dama Livia, detrás de su capricho, de su desprecio hacia cualquiera de nosotros. Si hubiera tenido que servir a su hermano hubiera sido totalmente diferente.

Así que escogí la segunda opción ; hacer algo que me gustara, aunque con ello renunciara a mi preciada libertad. No podría vivir toda una vida de disgustos para cinco minutos de gloria. Eso estaba hecho para los gladiadores, para los soldados. No para mi.

Aprovechando que la dama no estaba en casa, me alejé de las afueras de la villa hacia el patio interior.

Me detuve en el umbral, dudando si entrar o no.

- Pasa, Unus.

Dí un gran respingo al escuchar su voz tan de cerca, y me adentré en la casa.

Dentro, sentado, me esperaba él. Se inclinó hacia delante en el sillón y me miró, con las cejas alzadas.

- ¿ Querías algo ?

Su voz grave retumbó por la sala, y me hizo empequeñecerme y preguntarme dos veces lo que estaba a punto de hacer.

Respiré hondo y me insté a continuar.

- Yo... bueno, yo me preguntaba... es decir... - levanté la mirada del suelo justo para ver su expresión, que se esforzaba por permanecer tranquila e impasible, antes de tragar saliva y armarme de valor para continuar - Sé que es un gran honor trabajar como dama de la señora. Sé que probablemente no debería pedir esto, sé que no estoy en derecho de pedirle nada, ni siquiera tendría que estar aquí. Y entenderé totalmente que se niegue. Pero no me gustaría vivir de algo de lo que no disfruto y no sería capaz de mirarme a la cara sin intentar cambiarlo.

Guardé silencio, mordiéndome el frenillo del labio superior y esperé por la respuesta de la pregunta que no había formulado, pero que esperaba que entendiera. Ésta tardó en hacerse llegar. Por primera vez desde que hablaba con él, su siempre tan segura mirada viajó al suelo, mientras  sopesaba mi petición.

- Me pones en una situación comprometedora, Unus - habló al fin, y escuché con atención - No me gustaría negarte lo que me pides, pero tampoco puedo dejar a mi hermana sin alguien que le ayude en sus asuntos. Te propongo algo - dijo volviendo a mirarme, levantándose - Si encuentras a alguien que esté dispuesta a ocupar tu lugar y que creas que servirá para ello te asignaré un trabajo que estoy seguro que será de tu agrado.

Sonreí ampliamente. Iba a matar dos pájaros de un tiro.

- Conozco a la persona idónea para eso.

Él alzó las manos.

- Bien. Todo solucionado, entonces - concluyó poniéndose en pie, y dirigiéndose al umbral que daba al patio - Ah, Unus. ¿ Sabes que con esto estas renunciando a tu posible libertad, verdad ?

Lo miré a los ojos, y por un momento, me pareció que me decían que pensara mejor lo que estaba haciendo. Que la libertad era algo muy gordo como para jugársela deprisa y corriendo, y que si cambiaba de ocupación me sería imposible conseguirla. Que deseaba que yo la consiguiera.
Lo miré a los ojos, y por una vez, contesté con decisión.

- Sí, lo sé.

- Bien - asintió, con un suspiro derrotado - entonces sígueme.

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