Los preparativos comenzaron aquella misma mañana, y duró toda la noche incluyendo también el día siguiente.
Se limpiaron una a una todas las salas, dejándolas impecables.
Se sacudió el polvo, se abrillantaron los muebles.
La mayoría de los que trabajaban en el campo- como Maximus - vinieron a echar una mano. En aquel momento los invitados eran más importantes que cultivar la tierra.
Se prepararon las camas, algunas en cuartos individuales y otras en parejas o incluso en grupos pequeños.
Al parecer, iban a ser cerca de unos treinta invitados.
Pensé en ese número. Treinta. Yo apenas tenía cinco personas -contando con Didius- en las que plenamente confiaba. ¿ Treinta buenos amigos tenía la dama Livia ?
Había estado ayudando en todo lo que podía aquellos días, dejando solo las noches para seguir adiestrando a Alair.
Sino todo lo que le había enseñado ahora se esfumaría, y no habría servido para nada.
Atia había estado especialmente ocupada, y había viajado a las ciudades cercanas en más de una ocasión, ya que la señora quería comprarse nuevas túnicas para la fiesta.
Según ella, había sido cosa de ensueño ver tantas de tejidos y colores diferentes juntas.
Bajé la mirada a mí misma y observé la mía. Era de un aburrido color marrón claro. Me gustaría tener alguna de otro color, azul, por ejemplo, pero yo no estaba en posición de escoger ropa. Tenía una sola prenda, y era la que me ponía. No había más que decir.
Tras dos días de duro trabajo comenzaron a llegar los invitados, cerca del mediodía.
Hacía un sol espléndido, para estar en invierno, y los rayos de sol acariciaban mi piel -después de un año más morena- con parsimonia.
Hacía calor, al menos mientras te movías, aunque nada bastante exagerado.
El cielo estaba totalmente despejado, y no había nada de bruma, por lo que si forzabas la vista podías llegar a ver hasta el último cuadrado de terreno que tenía la enorme finca.
En cuanto llegaron, se armó el revuelo.
Los esclavos corrían de aquí para allá cargados de pertenencias, los invitados llegaban envueltos en sus caras túnicas seguidos de sus acompañantes.
La dama Livia y el amo esperaban ambos en la entrada de la vivienda, uno parado al lado del otro, para recibirlos. Todos pasaban por ellos para saludarlos, intercambiaban unas palabras y eran guiados por uno de nosotros hacia su habitación, donde podían descansar un rato o cambiarse tras el largo o corto viaje.
Había gente de Carthago, Syracusae, Corduba y Dorucortorum, aparte de la propia Roma y las ciudades próximas a ellas.
Tuve la tentación de acercarme al invitado de Corduba y preguntarle acerca de la situación en Hispania, pero supe que aquello no me correspondía y seguí con lo mío. ¿ Acercarme a un gran señor ? No sabía ni siquiera como es que se me había pasado por la cabeza.
Además, la cosa estaba clara. A este paso toda Hispania estaría ya bajo mano romana, al igual que gran parte del resto del continente. Era un magnífico imperio, había que admitirlo.
Pasado un tiempo de su llegada y tras darse un baño todos se reunieron en el gran salón, donde se acomodaron en los triclinium y se les servió un pequeño tentempié, que yo misma ayudé a servir.
No entendí mucho de lo que hablaban, ya que eran cosas de política y otras que yo no entendía, pero en ningún momento se quedaron en silencio.
Las jarras de vino iban y venían, y poco a poco, a medida que atardecía, el ambiente comenzó a caldearse. Para todos, la incomodidad inicial despareció, aunque no se me pasó desapercibido que la seriedad del amo no despareció en ningún momento de la velada.
Cuando ya caía la noche, Octavius me llamó.
- ¿ Sí, señor ?
- Ordena que traigan la cena - dijo con voz firme.
Asentí y bajé la mirada. No porque me sintiera intimidada, no esta vez, sino porque era como se esperaba que yo actuase. Con sumisión a mi señor.
Di media vuelta y salí de la sala en dirección a la cocina. Caminé con paso apresurado, aunque sin correr ; No quería tardar mucho.
A medio camino se escuchó el estruendo de algo rompiéndose y una voz gritando.
Extrañada, fui en dirección al sonido, que provenía del pasillo más cercano a la cocina.
Cuanto más me acercaba, más miedo tenía.
Escuchaba la voz rugir enfadada, chasquidos y otra voz - más débil y asustada - disculparse.
Supuse lo que había pasado ; un esclavo le había tirado encima una jarra de vino o agua a alguno de los invitados, y no precisamente a uno de buen caracter.
Me asomé por el pasillo y frené en seco, llevándome las manos a la boca horrorizada.
Hilâl estaba en el suelo. Y los chasquidos que oía no eran chasquidos, sino golpes.
ESTÁS LEYENDO
Serva
Historical FictionMe creen débil, pero soy fuerte. Soy apenas una niña, pero a la vez, toda una mujer. Soy sierva, pero nací libre. (Novela ambientada en la Antigua Roma) #1 en Novela Histórica el 18/02/19
