Luces y sombras, era lo único que lograba distinguir, además del olor nauseabundo que inundaba aquella habitación. Su cabeza colgaba del apoya brazos de un roído sillón, mientras el resto de su cuerpo reposaba desparramado sobre un cuerpo anónimo.
Sus pupilas dilatadas dejaban en evidencia qué lo que había consumido todavía recorría su maltrecho cuerpo. Quien quiera que lo viese allí, inmóvil, en aquella posición extraña e incómoda, lo habría dado por muerto, pero su respiración leve y acompasada demostraba lo contrario.
Ningún pensamiento coherente ocupaba su mente, aunque era levemente consciente de que estaba empezando a recuperar su lucidez. Varios minutos pasaron antes de que comenzara a pestañear. Sentía sus ojos resecos, le ardían. Paso saliva y su rasposa garganta se lo agradeció. Aquel leve movimiento lo hizo percibir el dolor en su cuello, intentó inútilmente moverse, pero poco podía hacer al respecto por el momento.
Se limito a agudizar el oído en busca de algún sonido. No era de extrañar que algún malviviente se aprovechara de aquellos que allí se encontraban inconscientes. Pero lo único que logro percibir fueron unos lamentos susurrados y respiraciones agitadas. Se preguntó cuánto tiempo más debería permanecer en aquella posición.
El brusco movimiento de quien se encontraba bajo su cuerpo respondió a su pregunta no vocalizada, haciéndolo aterrizar de bruces contra el suelo. Su brazo derecho quedó atrapado bajo el peso de su cuerpo, lo que le permitió, luego de varios intentos, impulsarse para acomodarse boca arriba.
El dolor de cabeza era insoportable y estaba empezando a sentir nauseas. En aquella posición, el hedor a vomito, orín y heces llegaba a sus fosas nasales con toda su intensidad, haciéndolo difícil de ignorar. En cuanto sintió las primeras arcadas giró su rostro hacia un costado, expulsando casi de inmediato todo el ácido de su estomago. Su garganta se quejó en silencio y el mal sabor ocupó su reseca boca.
Cerró los ojos con fuerza intentando abstraerse nuevamente del mundo, aunque sabía perfectamente de que era imposible lograrlo sin ayuda. Permaneció quieto durante lo que parecieron siglos, aunque probablemente no fueron más que algunos cuantos minutos. Su percepción del tiempo y el espacio todavía se encontraba un tanto alterada.
En cuanto se sintió nuevamente dueño de su cuerpo se sentó, apoyando su huesuda espalda contra el sillón que rato antes lo había albergado. Observo sobre su hombro al individuo que había ocasionado su caída, su aspecto no era mejor que el suyo, al menos el ya podía hacer uso de sus facultades.
Con un gran esfuerzo logro ponerse sobre sus pies, aunque no pudo evitar que el mundo se tambaleara bajo ellos. Se sostuvo de una columna cercana hasta recuperar el equilibrio, lo cual le llevo unos segundos. Observó a su alrededor, varios cuerpos inertes yacían sobre el sucio suelo, otros tantos se encontraban abandonados sobre el poco mobiliario que allí se encontraba. Con pasos errantes avanzo entre aquellos obstáculos, intentando encontrar una puerta que no recordaba haber traspasado anteriormente.
Llevaba años así, siendo engullido por una nebulosa constante producto de los abusos a los que se sometía. Es que estar consiente dolía. Mucho más que la peor de las resacas. Por eso escapaba, por eso no ponía limites a sus adicciones. No le importaba perderse, no le importaba morir, aunque no se creía merecedor de aquel galardón. Él merecía sufrir.
Una brillante luz que se filtraba por una fina rendija le indicó hacia dónde dirigirse, no es que le esperara nada bueno allí afuera, pero necesitaba salir de allí para hacerse de algo de dinero si es que quería continuar con su rutina de autodestrucción.
El día se presentaba especialmente caluroso, el verano no le estaba dando tregua a nadie. La resequedad de su garganta se acentuó, iba a ser un largo camino de regreso. El sol se encontraba alto en el cielo, lo cual indicaba que era alrededor del mediodía. Tapo sus aún sensibles ojos con su brazo izquierdo y comenzó a caminar por aquel barrio de mala muerte.
Cada paso que daba repercutía en sus atrofiados músculos. El dolor de cabeza y las nauseas no mostraban signos de remitir. Estaba acostumbrado a aquellos síntomas, pero aquello no los hacía más soportables. Camino varias cuadras hasta salir de aquel agujero asqueroso, aquel lugar donde uno iba a hundirse más y más en su infierno personal.
Los edificios pronto comenzaron a alzarse imponentes a su alrededor, proyectando sus inmensas sombras sobre el asfalto. El bullicio y el traqueteo de la ciudad lo rodearon, haciéndolo sentir aún más insignificante. Mientras avanzaba, Damián podía sentir las miradas acusadoras de quienes se cruzaba en el camino. ¿Quiénes se creían que eran para juzgarlo? Ellos no sabían nada. Ellos no cargaban con el peso que él cargaba.
Para cuando divisó su casa, el cansancio le era insostenible. Había recorrido a pie unas cincuenta cuadras aproximadamente y no gozaba de un buen estado físico precisamente. Al ingresar a su morada lo recibió el fresco de su interior. Era una casa de ambientes amplios, paredes anchas y techos altos. Constaba de dos plantas y poseía un parque al fondo. Pero aquel lugar, que alguna vez supo ser un hermoso hogar, ahora no era más que una cascara vacía. Como él.
Se dirigió a la cocina y tomo un vaso de entre la pila de vajilla sucia amontonada en la pileta. Lo llenó con agua de la canilla y se lo tomo de un solo trago. Los restos de alimentos esparcidos por la mesada y el piso habían atraído a las moscas y a las hormigas.
Damián observó por un momento a estas últimas, quienes iban y venían perfectamente enfiladas desde la caja de pizza apoyada en la mesada hacia la abertura de la ventana que daba al jardín trasero. Malditas invasoras, pensó para sus adentros.
Salió de aquel lugar y se encaminó hacia el living, donde lo esperaban unas frazadas sucias depositadas en el suelo. Hacía mucho tiempo que no hacía uso de las habitaciones, después de todo la casa estaba desprovista de muebles desde hacía un buen tiempo.
Se recostó de espalda sobre las frazadas y fijó su vista en el techo. El cuerpo le pesaba. La vida le pesaba. Algunos viejos recuerdos intentando salir a flote le arrebataron varias maldiciones de su boca. Cerró los ojos con fuerza e intentó poner su atormentada mente en blanco. Pronto el cansancio lo llevo a la inconsciencia, aquel lugar donde sus peores demonios lo esperaban listos para atormentarlo.
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Hola!!! Acá les dejo el primer capítulo. Espero que les guste :)
Los quiero!!
Besos!!
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Adictos SIN EDITAR
Fiksi UmumÉl estaba perdido. Hundiéndose lentamente en un pozo sin fondo del que no tenía intención de salir. Ella se sentía vacía. Intentando llenar ese hueco de cualquier forma que le fuera posible. Él no tenía un motivo por el cual luchar. Ella necesitaba...
