Capítulo 28

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Miedo. Aquel sombrío sentimiento recorría cada molécula de su cuerpo. No recordaba haber sentido tanto miedo en su vida. Pero no temía por sí misma sino por su amiga y por aquel que había asumido el papel de escudo humano ante ella.

Aquella actitud la había tomado por sorpresa, no lograba comprender como sin siquiera pensarlo Damián se había interpuesto entre ella y aquel ser repugnante sin tener en cuenta el riesgo que asumía con dicho acto. Y no solo eso, sino que también lo había desafiado hasta el punto de hacerlo enfurecer.

Podría asegurar, sin temor a equivocarse, que ninguno de sus guardaespaldas habría actuado de aquella manera tan valiente, humilde y desinteresada. Especialmente esto último, después de todo, ellos recibían fortunas por el trabajo que llevaban a cabo.

Jamás había estado en una situación similar, ninguna de sus vivencias se comparaba con la que ahora se desarrollaba ante sus ojos. Aquellos hombres, armados y temerarios, parecían la clase de personas que justificaban cualquier medio para conseguir su objetivo. Y en este caso, su objetivo era ella.

La risa de quién parecía ser el líder le hizo posar sus ojos en él. Una sonrisa macabra surcaba su rostro, dejando entrever con aquel gesto que sus pensamientos no auguraban nada bueno. Estaba segura que hasta la muerte sería un mejor desenlace que terminar en manos de aquel hombre.

En cuanto levantó el arma apuntando hacia Damián, su cuerpo se tensó. Tragó saliva instintivamente.

—Correte —dijo aquel corpulento hombre de ojos azules.

La situación estaba llegando a su punto límite, debía pensar rápidamente que hacer para que nadie allí saliera herido por su culpa. Por el rabillo del ojo detectó que Damián llevaba su mano a su espalda, justo hacía donde un bulto se asomaba por debajo de su campera. El arma. Pensó para sí misma.

—¿O qué? —desafió nuevamente Damián.

Fijó su vista al frente justo para ver como el arma que apuntaba hacia Damián se desviaba hacia Gabriel, quien yacía en el piso cerca de Julieta. Pero pronto cambió su trayectoria subiendo hasta apuntar hacia su amiga. Su reacción fue inmediata, abalanzándose hacia ella dispuesta a dar su vida por quien consideraba su hermana. Y entonces, el caos se desató.

El primer disparo detonó muy cerca de su oído, provocando que se tambaleara perdiendo levemente el equilibrio. El grito masculino a sus espaldas heló su sangre, pero el alivio invadió su cuerpo cuando al girar se percató de quien era el emisor de dichos alaridos.

La sangre brotaba sin cesar de la mano del hombre que segundos atrás había amenazado la vida de su mejor amiga, salpicando todo a su alrededor de aquel espeso líquido carmesí. El morocho, detrás de éste, fue el segundo en ser abatido, recibiendo un disparo en el hombro que lo impulsó hacia la pared detrás de él. El grito de dolor que el morocho emitió se sumó a los lastimosos chillidos que el primero profería. Ambos habían sido tomados por sorpresa, sin darles tiempo para reaccionar.

En cambio, el tercer delincuente se giró rápidamente hacia Damián disparando contra él. Fue una suerte que éste pudiese esquivar la bala y que fuera lo suficientemente rápido como para responder y rematar al sujeto. El tercer disparo fue certero, dejando como resultado a un hombre inerte en el suelo rodeado de un charco de sangre.

Fue entonces que Aldana logro salir de su estupor, centrando su mirada en un paralizado Damián. Sus manos temblaban, de hecho, su cuerpo entero lo hacía. Su mirada se encontraba perdida en algún punto inexistente.

—¡La... concha de... tu... abuela y la reputisima...madre que te... pario hijo de... mil puta!

Aquella sarta de obscenidades escapaba sin filtro de los labios del corpulento. La expresión de dolor que trasmitía su rostro solo le causó una inesperada sensación de placer a Aldana. El morocho que había sido herido en el hombro no cesaba de llorar y soltar lamentos mientras miraba con horror al hombre que permanecía lánguido en el suelo.

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