Capítulo 46

147 14 30
                                        

—A mi hija siempre le gustó este lugar. Cada vez que podía le pedía a Marta que la trajera con ellos para pasar unos días acá junto a los abuelos de Julieta.

Damián tragó saliva sin atreverse a voltear para encararlo.

—De hecho pasaba gran parte del tiempo con ellos, son como una segunda familia para ella.

—Creo que más bien los considera su única familia —no pudo evitar soltar.

Un suspiro se escucho a sus espaldas.

—¿Ella te dijo eso? —preguntó Gonzalo en apenas un susurro.

Damián solo asintió, no se sentía cómodo hablando con él de ella. El silencio los envolvió unos segundos hasta que Gonzalo hablo.

—No fui el mejor padre... hice lo que pude.

Damián se giró para encararlo, le urgía salir de allí.

—No soy quien para juzgarlo y tampoco es que usted me deba alguna explicación. Así que si no le importa, me voy a retirar.

Dio tan solo un par de pasos rumbo a la puerta, pero la potente voz de Gonzalo lo detuvo.

—¿Ni siquiera te preguntas porque te trajeron? ¿O por qué estoy acá?

Sus pies se clavaron al piso. Lo cierto era que no tenía respuesta para aquellas preguntas. Hundió sus hombros y tomo valor para volver a encararlo.

—¿Qué quiere?

—Tengo una propuesta para hacerte.

Damián frunció el ceño ante aquellas palabras.

—No me interesa nada de lo que pueda ofrecerme.

—Yo no estaría tan seguro.

Un duelo de miradas se inició en aquel instante, ambos se desafiaban sin palabras. Damián observó atentamente al hombre frente a él, no se había percatado de varios detalles que ahora se le antojaban demasiados obvios a simple vista.

Gonzalo llevaba puesta ropa informal, un jean, una remera gris de manga corta y cuello en V y unas zapatillas Nike del mismo color. Su pelo estaba algo crecido al igual que su barba que parecía de varios días. Sus ojos, tan turquesas como los de Aldana, se veían cansados y las ojeras bajo ellos eran demasiado visibles.

En pocas palabras, se podía decir que se veía más avejentado, parecía que había ganado unos diez años en esos últimos meses.

—Estoy seguro que no hay nada que pueda ofrecerme que sea de mi interés.

—¿Qué tal mi hija?

—Su hija no es una cosa como para que me la pueda ofrecer.

—Por supuesto que no lo es —dijo Gonzalo soltando un resoplido—. Lo que quiero ofrecerte es una oportunidad para recuperarla.

—Si ella me hubiera querido dar una oportunidad no me hubiera evitado durante todo este tiempo. No hubiera puesto tantos kilómetros de distancia entre ambos. Por como yo lo veo, no quiere saber más de mí. Así que, si eso era todo...

—Espera Damián, solo te pido que me des quince minutos. Necesito que escuches algo y después, si no te interesa mi propuesta, sos libre de irte.

—¿Y porque debería de escucharlo?

—Porque se lo debo a ella.

Aquellas palabras lograron despertar su curiosidad. Sopeso la idea durante unos segundos llegando a la conclusión de que nada perdía si escuchaba lo que aquel señor tenía para decirle.

Adictos SIN EDITAR Donde viven las historias. Descúbrelo ahora