El frescor del aire acondicionado del gran supermercado golpeó el rostro de ambas amigas, quienes suspiraron aliviadas ante el gran cambio de temperatura. Habían conducido unos veinte kilómetros para llagar hasta aquel lugar que se encontraba sobre la ruta provincial.
Las únicas palabras que habían cruzado en el camino habían sido para decidir a donde ir, ya que ningún negocio del pequeño centro comercial del pueblo abría antes de las nueve de la mañana. De paso evitarían ser vistas deambulando por los alrededores.
La tensión entre ambas amigas era palpable y aumentaba con cada minuto que pasaban en silencio, pero aún así, ninguna de las dos se atrevía a romper con aquel ensordecedor mutismo.
Aldana resoplaba cada dos pasos mientras tiraba del carrito de compras. Julieta mordía su labio inferior a cada instante mientras tomaba diferentes productos de las góndolas. No estaban acostumbradas a estar peleadas, por eso se sentían tan incomodas ante aquella situación. Ninguna de las dos sabía que decir o como actuar, provocando que los nervios las carcomiera por dentro a ambas.
Luego de unos veinte minutos dando vueltas por el supermercado, llegaron a la caja. A pesar de que había unas diez cajas abiertas, en todas había por lo menos dos personas haciendo cola. Se colocaron detrás de un señor mayor, su carrito no contenía demasiadas cosas por lo que supusieron que no tardarían tanto.
Cada una observaba en direcciones opuestas, todo con el fin de no cruzar sus miradas. Aldana intentaba encontrar la forma de disculparse mientras que Julieta intentaba discernir si aún continuaba enojada con ella.
—¿Julieta?
La voz de una señora interrumpió las cavilaciones de ambas, haciéndolas girar hacia la persona que estaba parada detrás de ellas en la cola.
—¡Sí! ¡Por supuesto que sos vos! ¡Pero cómo has crecido, ya sos toda una mujercita!
Ambas amigas se observaron preocupadas.
—Señora Gomez ¿Cómo le va? —dijo Julieta intentando sonar despreocupada.
—Muy bien querida, todavía camino sobre mis dos pies, no me puedo quejar ¿Ella es tu amiga no? ¿Cómo se llamaba...? ¿Adriana? —dijo la señora señalándola.
—Aldana —corrigió la misma.
—¡Aldana! ¡Sí! Qué lindo verlas juntas después de tantos años, se nota que la amistad que comparten es verdadera. Aún recuerdo cuando eran unas chiquillas y jugaban al carnaval en la plaza mayor junto con mis nietos. Ustedes dos terminaban siempre por dejar empapados y embarrados a los chicos sin siquiera mojarse un pelo. Eran terribles.
Tanto Aldana como Julieta se observaron de reojo algo avergonzadas, pero sin poder evitar sonreír ante los recuerdos de su infancia.
—¿Cómo están ellos? —preguntó Julieta.
—Marcos y Santiago en la universidad. Javier se recibió el año pasado. Los mellis están hechos todo unos Don Juanes, no saben cómo la tienen a mi hija, le traen una chica nueva cada semana. Javi es más tranquilo, lleva de novio unos dos años.
—Me alegra saber que están bien. Mándeles saludos de nuestra parte —dijo Aldana.
—Serán dados ¿Están parando en lo de tus abuelos? —preguntó la señora a Julieta.
—Sí. Ella llegó hace unos días y yo llegue ayer.
—No las vi por el pueblo.
—Es que no estuvimos saliendo, vinimos a descansar un poco del bullicio del centro. Pero se nos terminaron los víveres, así que, aquí estamos.
ESTÁS LEYENDO
Adictos SIN EDITAR
Ficção GeralÉl estaba perdido. Hundiéndose lentamente en un pozo sin fondo del que no tenía intención de salir. Ella se sentía vacía. Intentando llenar ese hueco de cualquier forma que le fuera posible. Él no tenía un motivo por el cual luchar. Ella necesitaba...
