Damián se recostó nuevamente sobre las frazadas, intentando no pensar demasiado en lo ocurrido minutos atrás. Al despertar de su pesadilla se había encontrado con aquellos ojos que tanto lo perturbaban, profundizando el dolor en su pecho. Le inquietaba tenerla allí, porque no hacía más que rememorarle su cruda realidad.
Pero aun así, no podía simplemente echarla. No es que se sintiera en deuda con ella por lo que había hecho, hubiera preferido mil veces que lo dejara allí tirado a su propia suerte. Pero de cierta forma sentía que le debía ese favor. Quizás era una forma de redimirse con su pasado, una forma de compensar todo el daño que había hecho.
Sacudió la cabeza alejando esos pensamientos. Nada de lo que hiciese podría cambiar lo sucedido. Nada podía hacer para perdonase a sí mismo. Solo le quedaba seguir vagando por la vida, sin derecho a ser feliz, sin derecho a vivirla como se suponía que debía hacerlo. Ella no lo había podido hacer. Él le había quitado ese derecho.
Se sentó y tanteo sus cosas a su alrededor, necesitaba fumar. A medida que buscaba sin éxito, comenzó a desesperarse. No se trataba de abstinencia, era su propia necesidad de querer abstraerse, de querer aplacar aquellos pensamientos, de querer acallar a sus demonios.
Estaba tan concentrado que no se había percatado de que Aldana había llegado hasta donde se encontraba. La escucho carraspear y entonces se giró, notando como lo observaba, lo cual le hizo gruñir.
—¿Qué queres ahora?
—Yo nada. El que parece querer algo sos vos.
—Si no queres nada entonces desaparece de mi vista.
Aldana giro sus ojos, luego sacó un porro de su bolsillo y lo encendió. Se encogió de hombros y comenzó a caminar hacia la escalera iluminando el camino con su celular. El inconfundible sonido de que se estaba quedando sin batería lleno el silencio del lugar.
Damián sintió como algo tiraba de él, no quería pedirle nada, pero el olor a hierba lo llamaba. Lo tentaba. Antes de pensarlo dos veces, se había puesto en pie y dando unas cuantas zancadas la había alcanzado al pie de la escalera.
La tomo del brazo haciéndola girar y sin pedir permiso tomo el porro de entre sus dedos. Lo llevó a su boca y le dio una profunda calada, reteniendo el humo dentro de sus pulmones hasta que no pudo sostener más la respiración y lo dejó ir. Ante la atenta mirada de la chica, volvió a dar otra pitada, mientras sentía como sus dedos lentamente dejaban de hormiguear.
La marihuana ya no le hacía mucho efecto, era como fumar un cigarrillo común. Pero lo ayudaba a calmar un poco sus nervios. Aldana tomo el porro de su mano llevándoselo a su boca, ambos compartiendo un momento en silencio bajo la tenue luz que les proporcionaba el celular.
Aldana se lo volvió a ofrecer y él lo tomó para darle otra pitada, cuando se lo ofreció de vuelta en vez de tomarlo, Aldana acercó su boca y le dio una calada desde su mano. Ya estaba bastante consumido y Damián pudo sentir el calor en sus dedos, pero aún así no soltó el pitillo. Se quedo observando cómo Aldana largaba el humo para luego darse vuelta y comenzar a subir las escaleras, dejándolo nuevamente en penumbras.
Permaneció allí parado unos minutos más, dejando que la oscuridad lo envolviera, no queriendo volver a acostarse. La pesadilla le había dejado un mal sabor de boca y sabía que necesitaría de algo más fuerte que unas pitadas de hierba para poder conciliar nuevamente el sueño.
Se sentó en el escalón y se llevó nuevamente el porro a la boca, dándole una última pitada antes de que terminara por consumirse. Miró a su alrededor y sintió cierta nostalgia, aquella casa había visto tanta felicidad antaño. Recordó a su madre poniendo flores en cada rincón, amaba las flores, especialmente los jazmines. El jardín trasero era su paraíso personal, allí tenía varias flores y las cuidaba con esmero.
Cerró los ojos e inhaló profundo, creía que si se esforzaba un poco iba a ser capaz de recordar aquellas fragancias que inundaban su hogar. Pero no. No fue capaz. Como tampoco era capaz de recordar el timbre de su voz. Ni como su sonrisa podía iluminarles la vida a todos aquellos que la rodeaban.
Lo único que podía recordar con extremada claridad eran sus ojos. Especialmente aquel momento en que se oscurecieron. Aquel momento en que dejaron de brillar para siempre. Se levantó con fastidio y tomando su campera del piso salió de la casa como si de pronto aquel lugar estuviera ardiendo en llamas. Sin embargo, el fuego estaba en su interior. Lo quemaba lentamente. Lo consumía.
Camino varias cuadras, llenando sus pulmones de aquel húmedo ambiente que le ofrecía la noche. Estaba cansado de esa vida, estaba cansado de la eterna tortura. Quizás ya era hora de dejarse llevar, de ponerle un fin. Lo había intentado, vaya si lo había intentado, pero luego de la muerte de su madre no volvió a tener las agallas.
¿Qué derecho tenía él de quitarse la vida? Él que era el culpable de todo el mal sufrido por su familia. Él era el causante, él los había destruido. Había condenado a todos a una vida miserable. Se merecía el peor de los castigos. Merecía vivir en un eterno purgatorio.
Cuando comenzó a sentir que los músculos de sus piernas quemaban debido al esfuerzo al que las estaba sometiendo, bajo el ritmo. Miro a su alrededor, se encontraba cerca de la casa de su amigo Gabriel. Llevaba mucho tiempo sin verlo, pero no podía reclamarle nada, había sido él mismo quien lo había alejado de su vida.
Gabriel y él se habían conocido en el jardín, congeniaron enseguida y se hicieron muy buenos amigos. En la primaria compartieron mucho tiempo juntos, tanto dentro como fuera del colegio. Cuando todo ocurrió, fue él quien estuvo a su lado, intentando ayudarlo. Infundiéndole fuerzas para que no decayera.
Él fue el único que no lo miró de forma acusatoria. En más de una oportunidad le quiso convencer de que no era su culpa, que él era una víctima más de lo que estaba ocurriendo. Pero en el fondo sabía que eso no era cierto. Era su culpa. Todo había sido su culpa.
Fue cuando comenzó a caer en las garras de las drogas que comenzó a distanciarse de su amigo. Gabriel intentaba alejarlo de aquello, pero Damián no quería, necesitaba de toda esa basura, era lo único que calmaba sus demonios. Discutían mucho, hasta que en una oportunidad se fueron a las manos.
Eventualmente Gabriel se rindió, debía continuar con su vida, perseguir su sueño de ser abogado. Un sueño que alguna vez habían compartido. Así fue como a los 18 años se marcho a vivir a la capital y se inscribió en la universidad. Luego de eso no volvió a saber de él
Se detuvo una vez estuvo frente a aquella casa donde había pasado tantas horas de juego. Recuerdos de aquella época acudieron a su mente, momentos en los que fue feliz. Solo un niño despreocupado, un niño que no tenía idea de cómo su mundo se iba a derrumbar de un día para el otro.
Se preguntó brevemente que sería de la vida de su amigo. Lo extrañaba, vaya si lo hacía. Pero sabía que alejarlo había sido lo mejor, no podía permitir que Gabriel también se hundiera con él. Ya bastante daño había causado.
Física y emocionalmente agotado, decidió volver sobre sus pasos. Solo esperaba poder llegar y que el cansancio le permitiera dormir el resto de la noche. Mañana sería otro día que afrontar.
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Hola a todos! Les dejo un nuevo capítulo, espero les guste.
Como lo sospechaba, no pude escribir mucho estos días, solo tengo dos capítulos más por lo que probablemente la semana que viene también actualice solo el miércoles.
Besos y buena semana para todos!
Clau
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Adictos SIN EDITAR
Fiksi UmumÉl estaba perdido. Hundiéndose lentamente en un pozo sin fondo del que no tenía intención de salir. Ella se sentía vacía. Intentando llenar ese hueco de cualquier forma que le fuera posible. Él no tenía un motivo por el cual luchar. Ella necesitaba...
