Capítulo 23

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Damián permanecía con la mirada fija en aquella bolsita que yacía en el piso. Sus dedos hormigueaban con la necesidad por tomarla, pero una fuerza mayor lo mantenía con el cuerpo anclado en su lugar.

Habían transcurrido por lo menos dos horas desde que se había encerrado en aquella habitación. Más o menos el mismo tiempo desde que había escuchado la puerta de entrada cerrarse. El tiempo exacto que llevaba sentado en la pequeña cama observando el mismo punto.

Aquella maldita bolsa. Podía oír como lo reclamaba. Como repetía su nombre una y otra vez cual canto de sirena. Cerró sus ojos apretando los parpados con demasiada fuerza, tapando a su vez sus oídos con ambas manos mientras dejaba escapar un grito de frustración.

Las primeras horas luego de consumir eran las más difíciles, el deseo por volver a hacerlo era sofocante. Por eso estaba ahí, por eso había vuelto a entrar en aquel lugar. La necesitaba. Su cuerpo rogaba por ella.

Sin embargo, a diferencia de otras veces, estaba luchando por no sucumbir a la tentación. Necesitaba pensar. Necesitaba la mente despejada para así poder analizar lo que estaba ocurriendo en su vida. Por primera vez, en mucho tiempo, no buscaba evadirse. Había encontrado un motivo para no hacerlo.

Y ese motivo tenía nombre. Un hermoso nombre que parecía ensuciarse en su boca cada vez que osaba pronunciarlo. Un nombre con ojos del cielo. Ojos que lo hacían perderse, que lo invitaban a soñar una vez más. Pero que también lo torturaban como nada más lograba hacerlo.

La confusión y las emociones encontradas estaban gobernando su mente desde que ella había entrado en su vida. El instinto lo incitaba a acercarse mientras la razón le rogaba a gritos que huyera lo más rápido y lejos posible.

Sacudió la cabeza aún con los ojos cerrados y sus palmas presionando sus oídos. Temía que si se permitía ver u oír no iba a ser capaz de contener sus impulsos y se lanzaría cual depredador sobre su presa. Aunque en aquella ecuación la única víctima fuera él. Aquel pensamiento pintó una sonrisa cargada de ironía en su rostro.

Cuando se sintió listo, abrió los ojos y observo a su derredor. Todo allí le recordaba a su pequeña hermanita. Su esencia. Su dulzura. Su eterna inocencia. Un fuerte dolor en el pecho sacudió su cuerpo. Un dolor que llevaba acompañándolo demasiado tiempo. Un yunque que tiraba de él cada vez más y más hacía un abismo sin fin.

Su mirada se detuvo en el portarretrato que permanecía boca abajo. No se creía capaz de afrontar la imagen que allí se ocultaba del tiempo y el espacio. Como sí mantenerse así, en la oscuridad, le diera el poder de perpetuar infinitamente la feliz imagen que guardaba inmortalizada. Una felicidad que le duro poco, que se le esfumo de entre sus dedos. Que se transformo de un momento a otro en un tormento que sabía a puro dolor y hedía a culpa. Y a sangre. Mucha sangre.

Se puso en pie impulsado por la imperiosa necesidad de salir de allí, huir como siempre hacía. Pero aún así, no se movió. Sus pies permanecían clavados al suelo y su mirada en aquel objeto tan simple pero a su vez tan tortuoso. No. No estaba listo para afrontar aquello. No si quería evitar caer en la redes de autodestrucción en las que siempre se refugiaba.

Salió de allí, cerrando la puerta con llave. Apoyó su frente en la puerta y respiró. Llenó sus pulmones de aquel preciado oxigeno y lo dejo ir lentamente. Repitió la acción varias veces más hasta que se sintió listo para alejarse de allí.

Bajo las escaleras dejándose envolver por el silencio de la casa. Un silencio que ahora se le antojaba detestable. Se introdujo en la cocina y reparó en las bolsas con comida que aún continuaban en la mesada. El contenedor del que había estado comiendo Aldana permanecía abierto.

Adictos SIN EDITAR Donde viven las historias. Descúbrelo ahora