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Dan

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La luz del sol brillaba con el máximo esplendor que tenía aquella tranquila mañana cuando abrí los ojos por primera vez en el día, con el leve calor que los rayos traviesos dejaban entrar a través de la pequeña ventana que tenía en mi hogar. Respiré hondo y me removí en mi cama para quedar con la mirada dirigida al techo, tallé mis ojos, permitiendo que estos se tomaran su tiempo para poder acostumbrarse a la luz que el día irradiaba. El radio que tenía a un lado de mi cama emitió un sonido estático para que después la alarma resonara por toda la habitación junto con el canto de los pájaros que habitaban en los árboles de las calles.

Me levanté, tomando una muda de ropa casual de uno de mis cajones para después irme al baño. Aún no estaba tan despierto como para tener la vista clara y las veces que parpadeaba sólo para toparme con un efecto nebuloso eran el más claro de los indicios de mi notorio sueño. Tomé una ducha rápida mientras me entretenía y me tomaba mi tiempo escuchando el sonido que hacía el agua al salir de la regadera y cuando esta salpicaba en suelo. Ante la realización sentí partes de mi cuerpo tensarse, sabiendo que era uno de los muy pocos momentos del día en los que podía darme el lujo de tomarme las cosas con calma antes de que las tormentas llegaran.

Tratando de hacer caso omiso a mi frustración tomé la corta decisión de seguir con mi rutina mañanera, secando rápidamente todo mi cuerpo y vistiendo con la ropa que había tomado con cierta chaqueta de cuero roja con mangas negras que llevaba conmigo casi todos los días. Cuando regresé a mi cuarto a guardar mi ropa de anoche, me detuve en seco cuando escuché el hablar del presentador de noticias de la radio y dejé caer mi pijama en el suelo, sin importarme que esta se ensuciara por la gran cantidad de polvo que había acumulada en el suelo de madera.

Y, de nuevo, el tan idolatrado Guardián de la ciudad salva a la encargada del negocio local de flores cuando ella fue atacada por uno de aquellos típicos maleantes que se dedican a rondar por los callejones. Esperamos ansiosos sus opiniones acerca de éste caso, con el cuál los crímenes renacen en un mes que parecía ser tranquilo —hubo una corta pausa, una de esas que parecían ser la entrada a algo grande y yo deseé con todas mis fuerzas que no se atreviera a lanzar la pregunta con la que el programa siempre culminaba—. ¿Qué sería de la ciudad sin nuestro hábil y valiente Guardián?

Rodé los ojos y apagué el radio con un fuerte golpe de la palma de mi mano ante el hecho de que mis fantasías no se convirtieran en realidad. No se le había salvado, sólo se le había dicho que huyera para después lograr tomar cargo del inocente chico que no estaba ahí por voluntad propia, era increíble que dijeran que le había rescatado de su probable muerte, ella sola pudo haberse ido corriendo sin ayuda de nadie.

Las noticias amarillistas parecían ser una constante incluso en los pueblos pequeños ubicados en medio de la nada.

Solté un suspiro. Fui a verme de nuevo al espejo y revolví un poco mi cabello para que quedara como a mí me gustaba. Ajusté mi chaqueta dando golpecillos y estirando la parte del cuello para acomodarla sobre mis hombros. Un pequeño ritual tomó lugar: espalda recta, mentón alzado... lo que fuera que me haría ver como una persona normal ante los ojos del pueblo y salí de mi cuarto no sin antes tomar las llaves. Bajé las escaleras trotando para después pararme frente a la puerta principal, sintiendo las leves ráfagas de aire que fungían como signos de inspiración para dar un paso más al día que me deparaba.

La avenida me recibió aquel día con niños pedaleando con velocidad en sus bicicletas para llegar a clases, los adultos caminaban por la acera tranquilamente señalando uno que otro artículo de exhibición y hablando por teléfono, y unos que otros coches pequeños avanzaban tranquilamente por el camino. Después de que le di una ojeada a todo lo visible en ese entonces, estaba por dar un paso para bajar de las diminutas escaleras que estaban en la entrada cuando algo muy rápido pasó justamente por delante mío, casi tirándome al suelo. A sus espaldas, dejó caer un rollo de papel grande, gris, enrollado sujetado con una liga. Recogí aquel papel y volteé a ver a aquella persona con el ceño fruncido.

CURSE | dan reynoldsHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora