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Skylar

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Todo se veía borroso, las voces se escuchaban distantes y lo único que lograba distinguir eran los sonidos cortos y agudos que emitía el electrocardiograma que estaba a lado mío. Volví a cerrar los ojos para relajarme y para que todo se viera con mayor claridad una vez que volviera a abrirlos; pero el hecho de caer en cuenta de que tenía un electrocardiograma justo a un lado de mí no permitía que el tiempo pasara de la forma tan amena que estaba anhelando.

Me quedé mirando al techo soltando un suspiro concentrándome en su blancura para mover mis ojos con cautela a cualquier otra parte. Intenté mover mi mano izquierda para aliviar un poco de tensión; pero no podía hacerlo del todo a causa del diminuto tubo incrustado en el dorso de mi mano. Con ayuda de mi brazo derecho me las ingenié para levantar la incómoda bata de hospital y toparme con un vendaje hecho con el cuidado suficiente que ayudaba a que casi no sintiera un dolor tan severo como el que había experimentado la noche anterior.

Una riña con un adolescente, un cuchillo en mi abdomen, la luminosidad de la otra vida justo frente a mis narices... todo ello se sentía aún tan vívido y, sin embargo, tan lejano. Incorporándome en la cama quise hacer sentido del por qué ahora me encontraba en un hospital con todas aquellas memorias que ahora se limitaban a ser sólo eso: recuerdos que estuvieron cerca de matarme pero que ahora podrían ser la mejor de las anécdotas en las fiestas.

Tal vez un alma lo suficientemente altruista se había encargado de mover los hilos.

—Es realmente deprimente que me tengas como contacto de emergencia.

Elise se encontraba en el sofá que tenía a un lado de la cama leyendo un periódico con calma, como si su compañera de trabajo jamás hubiera sido apuñalada en primer lugar y la estadía en el hospital se limitara a estudios de rutina.

—Sí, bueno —le dije de vuelta, sorprendiéndome ante lo rasposa que sentía mi voz—, no lo tomes como un halago: en realidad fuíste mi segunda opción.

Supe que no estaba esperando una de mis típicas respuestas sarcásticas cuando sonrió, sin dejar de leer el periódico.

—Estamos aliviados de que estés bien —se sinceró, tensando la mandíbula en un gesto que daba a entender que le estaba costando un esfuerzo adicional hablar sin que su posible desdén saliera a relucir—. Me alegro de que estés bien y... sé lo mucho que te gusta, entonces... te traje algo.

Eran palabras que nunca esperaba escuchar de ella; pero decidí tomarlo con calma. En realidad, nada de lo que estaba ocurriendo aquella mañana eran cosas que esperaba en algún punto de mi vida: que me encontrara en un hospital, que hubiese sido atacada, que la única persona que estuviera disponible del todo para reconfortarme fuera Elise y que de ella salieran palabras que no fueran hirientes.

De la bolsa que llevaba con ella sacó un pequeño libro de bolsillo y lo acercó a mí con cuidado. Confundida, lo tomé de la misma manera.

Había escuchado de El Canto de las Sirenas como parte de las tantas recomendaciones que tantas personas me daban y sabía que Elise tenía las mejores intenciones como para regalarme un libro con temática de tortura y muerte sin que se sintiera como un gesto sarcástico dada mi situación. De verdad buscaba hacerme sentir mejor, y algo me decía que no estaba al tanto sobre la verdadera trama del libro.

—La puerta no estaba cerrada —añadí al intento de conversación que estábamos teniendo, tomándome mi tiempo para analizar todo lo que me rodeaba y hacer sentido de cómo había terminado ahí—, espero que en el periódico se haya redactado mi hazaña: me di cuenta de que el chico dejó caer los billetes antes de escapar.

Y la mejor parte era que no había muerto.

Ella soltó un bufido que aparentaba ser una risa y en mí surgió una duda que sería la responsable de lograr que me calmara por un corto tiempo una vez que terminé de recorrer la pulcra habitación con mis ojos. La blancura del lugar me ayudaba a aclarar mis pensamientos y el que no hubiera ruido me transmitían cierta sensación de calma que me decidí a aprovechar, con cierta pregunta sobresaliendo de entre todas ellas.

CURSE | dan reynoldsHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora