Sheila, una joven cazadora, encuentra accidentalmente una extraña joya. Una joya mágica que traerá una terrible maldición a su pueblo y al mundo, despertando la ira de un fantástico ser.
Junto con un valeroso guerrero, un viejo mago, una hábil ladro...
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Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, deseé con todas mis fuerzas estar muerto. El dolor de cabeza debido a la resaca, era insoportable. La luz que entraba por la ventana de la habitación, hirió mis ojos como si me atravesasen los párpados mil cuchillas afiladas, el suelo parecía moverse bajo mis pies cuando intente incorporarme y juré no volver a probar aquel maldito aguardiente en lo que me restaba de vida. El malestar que sentía era inaguantable. Miré a mi alrededor con los ojos entornados y pude ver a Acthea durmiendo todavía en el mismo sillón en el que anoche se quedó dormida. Aidam no estaba. Un instante después noté que alguien me daba un ligero golpe en el hombro. Era Aidam y me entregaba un vaso lleno de un líquido parduzco con un fuerte olor a pimienta. —De un trago —fue lo único que dijo sin levantar mucho la voz. Obedecí y me bebí el líquido sin respirar. Note un fuerte ardor en la garganta, pero también una sensación agradable y casi al instante el mareo y las angustias desaparecieron. Murmuré un gracias a mi compañero y él se limitó a asentir con la cabeza comprensivamente. —¿Qué es? —Pregunté. —Lo llaman «El muerto que pudo hablar». Sonreí, era un nombre estupendo para tan extraño, pero efectivo brebaje. —Si te dijera de qué está hecho, vomitarías ahora mismo —confesó Aidam—. Es de invención enana y ellos son unos verdaderos expertos en cuestión de resacas. En ese momento, Acthea abrió los ojos y volvió a cerrarlos apretándolos con fuerza. Un gemido de dolor salió de su garganta. Ella tampoco estaba muy acostumbrada al aguardiente enanil. —¡Dioooses, quiero morir...! —Exclamó con un hilo de voz. Aidam, previsor, le alargó otro vaso del remedio enano para las borracheras. —Tápate la nariz y trágatelo todo —le dijo. Ella acercó el vaso a sus labios, pero no hizo caso al guerrero y lo olfateó. —¿Qué demonios es esto? —Gimió. —Te sentará bien —le dije yo—, pero es mejor no indagar mucho acerca de su composición. Acthea bebió un sorbo y su rostro se enrojeció al momento. —¡Es como fuego líquido! —Sí —afirmó, Aidam—, pero te encontrarás mucho mejor en unos minutos. Era cierto, yo ya me sentía bastante mejor y el dolor de cabeza había desaparecido casi por completo. —Algún día tendrás que explicarme qué es lo que lleva —le dije. —Básicamente está compuesto por pimienta, nuez moscada, una pizca de cayena picante y el ingrediente secreto. —¿Y cuál es ese ingrediente que no quieres revelar? —Preguntó, Acthea que ya empezaba a sentirse mejor. —Normalmente se le pone orina de cerdo... —¡Pero aquí no hay cerdos! —Exclamé yo, empezando a comprender. —Cualquier tipo de orina vale —dijo Aidam muy serio. Acthea salió disparada de la habitación en dirección al retrete que había en el patio de la posada. —Muy aprensiva la muchacha, ¿no crees? —sonrió el guerrero. —¿Has...has usado tu propia...tu orina? —Le pregunté, sintiendo nauseas de nuevo. —¡Por quién me tomas!...Usé zumo de limón. Suspiré aliviado. Había usado zumo de limón, por un momento había llegado a pensar... —Bajaré a explicárselo a Acthea —le dije. —No te molestes, ya lo hago yo —Aidam también había enrojecido y no era a causa de «El muerto que pudo hablar» —. Yo, estooo...veré cómo se encuentra...
—Creo que la encontrarás muy dispuesta, Aidam.
—¿Tú...tú crees? —Haz caso a este viejo... —Yo, creo...creo que me gusta, Sargon. Es tan, tan... —¿Vital? ¿Joven? ¿Luchadora? —Sí, todo eso y además...no sé, tiene algo que la diferencia de las demás... —Lo he notado. —contesté—. Es una joven muy inteligente, además de muy atractiva. Deberías darte prisa, antes de que la pobre se ponga más enferma de lo que está. Aidam salió de la habitación y me quedé solo con los retazos de mi molesta resaca que iban desapareciendo con rapidez. Miré el vaso de Acthea, aun medio lleno del picante brebaje y no pude menos que sonreír. —¡Zumo de limón!