Sheila, una joven cazadora, encuentra accidentalmente una extraña joya. Una joya mágica que traerá una terrible maldición a su pueblo y al mundo, despertando la ira de un fantástico ser.
Junto con un valeroso guerrero, un viejo mago, una hábil ladro...
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El cálido resplandor de las velas se reflejaba en el cabello cobrizo de la joven, en su armadura de cuero de color rojo, que se asemejaba a un dragón y en sus ojos verdes. Sheila aguardaba de pie, junto a una de las ventanas de aquel despacho, por la cual se podía advertir el bullicio del patio de armas junto a la puerta norte de la ciudad y donde un pelotón de soldados realizaba sus maniobras. A pesar de la oscuridad reinante, la claridad de cientos de antorchas transformaban la noche en día y la hora de descanso obligado en un ajetreado ir y venir de personas y animales. Me encontraba a su lado, aguardando junto a mi hija. Ambos permanecíamos en silencio, cansados y también tristes por los acontecimientos que habían tenido lugar dos días antes. Angustiados por las pérdidas que habíamos sufrido y por la humillación de la derrota a la que nos habían sometido nuestros enemigos. Las bajas sufridas aquel día nos condicionaron a todos, marcándonos con unas heridas que jamás llegarían a cicatrizar. La puerta del despacho se abrió y el rey Durham, ataviado con su regia capa de color púrpura que denotaba su estatus y su fina corona de metal plomizo, hizo acto de presencia. —Debes perdonarme por haberte hecho esperar, Sheila, pero he tenido que atender un problema de última hora. —¿Algo grave, Majestad? —Preguntó la joven. —No más que los problemas que surgen a diario. Todo parecen ser problemas en estos momentos. —Sé que le informaron sobre mi petición, Majestad. ¿Ha tomado ya una decisión? —Lo he consultado con las personas que me asesoran y creo haber llegado a una conclusión. Mucho me temo, Sheila, que no podemos aceptar tu petición. —¿No? ¿Y por qué? —Creemos que es algo demasiado arriesgado. Arriesgado lo era, sin duda. Yo le dije lo mismo a mi hija cuando me planteó el asunto unos días antes. Arriesgado y muy peligroso, pero sin duda era lo que debía hacerse, en eso estaba de acuerdo con ella. —¿Arriesgado para quién? —Preguntó Sheila y noté cierto matiz de insolencia en su forma de expresarse. —Arriesgado para ti y por supuesto para todos nosotros. ¿Qué ocurriría si te apresara el enemigo? —Eso ya ocurrió y logré escapar. —Ahora es diferente. El ejército de Dragnark ha acampado frente a nuestras murallas y nos ha sometido a un brutal asedio. Nuestras reservas de agua y de alimentos están mermadas y nuestro ejército diezmado. ¿Cómo puedes pretender que arriesgue innecesariamente la vida de más personas? —Es una decisión que hemos de tomar nosotros, Majestad, no vos—replicó Sheila. —Mientras yo esté al mando ese tipo de decisiones las tomaré yo, si no te molesta. —Sheila no quiere ser malintencionada, Majestad —intercedí—. Pero ansiamos venganza. —¿Acaso creéis que yo no deseo lo mismo? Ese traidor de Lord Reginus debe pagar por lo que ha hecho, pero ahora no es el momento. —¿Cómo pensáis combatirle? ¿Aguardando a que todos mueran de hambre y de sed? Creo que es el momento de tomar la iniciativa y plantearles cara. Dejarles bien claro que no pensamos rendirnos. —Y no pensamos hacerlo. No nos rendiremos, Sheila. Aguardaremos a que lleguen nuestros refuerzos. Después les combatiremos. —¿Y si los refuerzos no llegan? ¿Entonces qué? —Entonces será el momento de tomar otras decisiones. —Con mi plan, Majestad, podríamos hacer mucho daño al enemigo. Ellos no esperan que entremos furtivamente en su campamento y secuestremos a uno de sus generales y yo sé bien que podríamos hacerlo. La moral de nuestras tropas crecería y sería más fácil aguardar el confinamiento. Además, no serán necesarias muchas personas. Cinco a lo sumo serán suficientes. —¿Y quiénes serían esos desgraciados? —Aidam, Haskh, Dharik, mi padre y yo. Con nosotros bastaría. Dharik, a pesar de todo, había logrado sobrevivir. Sus heridas, aunque serias, no eran graves y se mostró dispuesto a ayudarnos. Vi a Su Majestad, el rey Durham, dudar y eso era buena señal. —¿Crees poder hacerlo sin lamentar bajas? —Preguntó. —Sí, Majestad. Lo creo. —Entonces te daré mi beneplácito. Nadie debe de enterarse de esta pequeña incursión, quedará entre nosotros, ¿de acuerdo? —Nadie lo sabrá —prometió Sheila. —¿Cuándo partiréis? —Esta noche, Majestad.
...
Todos nos vestimos con trajes oscuros. Sheila llevaba su arco, además de una espada corta y una daga oculta en la caña de su bota. Dharik no quiso desprenderse de su apreciada ballesta, mientras que Haskh y Aidam parecían un ejército andante cargando todo tipo de armas. Yo tan solo portaba un bastón, aunque no era un trozo de madera inútil, pues me lo había prestado el maestro Igneus de su colección privada y contenía una magia muy poderosa. Dejamos atrás la seguridad de las murallas y corrimos agazapados campo a través hasta llegar al campamento enemigo. Las numerosas fogatas que ardían en el campamento daban la claridad suficiente para poder ver los pendones que ondeaban junto a las tiendas. Fue Aidam quien nos guio hasta la tienda de Lord Reginus. Una pequeña escolta de dos hombres hacía guardia frente a la entrada. Nosotros nos situamos en la parte posterior. —El campamento duerme —susurró Aidam—. Ahora es el momento. Fue Haskh quien se ocupó de los guardias, degollándolos sin que llegasen a emitir el más mínimo gemido. Después Aidam desenvainó su espada y rasgó la tela de la tienda abriendo un hueco que nos permitiera pasar. Aidam entró el primero seguido por Sheila y por Haskh. Dharik y yo permanecimos afuera, ocultos en las sombras, vigilantes. Unos minutos después apareció Aidam portando un gran bulto sobre su hombro. Sheila se acercó hasta mí. —Lo tenemos. Dormía y no opuso casi resistencia. De todas formas Aidam le golpeó muy fuerte en la cabeza. No se despertará hasta dentro de un buen rato. Asentí, todo parecía estar saliendo bien y así hubiera sido de no habernos encontrado con una presencia indeseable. Lord Banner se cruzó en nuestro camino por casualidad cuando ya abandonábamos el campamento. El general no nos reconoció, pero se dio cuenta de que éramos intrusos y se dispuso a gritar dando la alarma. Haskh fue mucho más rápido que él. De un par de zancadas llegó junto a Lord Banner y le derribó golpeándolo con fuerza. —¿Qué hacemos con él? —Nos preguntó. —Mátalo —ordenó Aidam. —¡Espera! —Dije yo—. Nos lo llevaremos. Pagará por su traición en Khorassym. Aidam asintió y Haskh cargó con el general como si fuese un saco de patatas. En vez de un prisionero ahora teníamos dos. Regresamos hasta la ciudad y uno de los guardias que conocía nuestra misión nos abrió las puertas. La ciudad dormía. Cuando despertase tendría una grata sorpresa.
...
El amanecer nos sorprendió de improviso. El rey Durham ya había sido informado del éxito de nuestra misión. Lord Reginus y Lord Banner dormían aún en celdas contiguas, sin sospechar ni por un momento lo que les aguardaba. El rey nos hizo llamar a sus aposentos y todos nos inclinamos al entrar. —Veo que vuestra escaramuza ha sido todo un éxito —dijo, sonriente. —A veces unas pocas personas logran conseguir más que un numeroso ejército —contesté—. Me gustaría ver la cara de Dragnark cuando sepa lo ocurrido. —Sí, sería digna de ver. El pueblo se alegrará de saber que dos de nuestros generales traidores han sido apresados. Teníais razón, Sheila, esto ayudará a acrecentar la moral de la gente. —¿Qué pensáis hacer con ellos, Majestad? —Preguntó mi hija. —Serán ajusticiados, por supuesto. —¿Pensáis ejecutarlos en la plaza? —Así es, la traición se paga con la muerte. —Antes nos gustaría mantener una conversación con ellos —dijo Aidam. —Entiendo —dijo el rey Durham—. Os lo debo. Procurad mantenerles con vida para el cadalso. —Lo intentaremos —sonrió Aidam y vi en sus ojos un destello de ira que me asustó.