Capítulo 7- Sígilo

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—Perdóname, creo que no he llegado a entenderte, ¿estás diciendo que quieres unirte a nosotros? —Le pregunté, mientras la observaba con atención

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—Perdóname, creo que no he llegado a entenderte, ¿estás diciendo que quieres unirte a nosotros? —Le pregunté, mientras la observaba con atención. Era joven y me pareció muy bonita con aquellos grandes ojos y sus redondeadas orejas de gato. Unos graciosos bigotes surgían de la parte superior de su boca y temblaban ligeramente como si tuviesen vida propia. El resto de su cuerpo era básicamente humano a excepción del vello que cubría su cuerpo y una larga e inquieta cola que nacía en la parte baja de su espalda y que agitaba con sinuosos movimientos. Iba completamente desnuda y no parecía importarle porque todos los de su raza solían ir así. Era yo, con mis atrasadas ideas el que había esperado verla vestir con algo de ropa.
—Sí, escucharme muy bien. Sé donde ir y yo ir con vosotros. Es mi última oportunidad.
—¿Última oportunidad? ¿Para qué? —Quise saber.
—Para obtener perdón de mi pueblo —contestó reticente. Por lo que había podido escuchar por ahí, los sígilos no eran una raza muy locuaz. Milay seguramente habría hablado más en aquella escueta conversación conmigo de lo que habría hablado en muchos meses entre los suyos.
—¿Sabes a dónde nos dirigimos? ¿Y lo peligroso que puede llegar a ser?
Ella asintió.
—Conocer vuestros planes y lo que os... proposereís.
Noté que hablaba el idioma común con dificultad y que trataba de comunicarse lo mejor que podía. La entendí perfectamente a pesar de su pobre locuacidad.
—En realidad no soy yo quien ha de decidir si te aceptamos en el grupo o no. Creo que tendré que discutirlo con los demás. Hazte cargo. No sabemos quién eres ni tus motivos para unirte a nosotros, ¿lo entiendes?
—Yo entiendo —dijo —. Esperaré.
Se sentó en el suelo de aquella habitación, en una postura un tanto impúdica para unos ojos como los míos, poco acostumbrados a ver mujeres y retiré la vista azorado.
—¿Qué ocurrir? —Me preguntó.
—N...Nada. No me encuentro muy bien...
—Estar enfermo tú...
—No, no. Estoy bien, nada que no arregle una buena dosis de sueño. A mi edad me canso con relativa frecuencia.
—Si tú cansar, tú morir. Ser anciano para aventura.
—No soy tan anciano —rezongué —. Además soy un mago muy poderoso y...
—Ya saber que tú ser mago, pero también ser anciano.
—Sí, ser mago...soy mago.
—La magia ser muy poderosa, pero en reino de Sherina, no servir para nada. Allí ser mejor garras afiladas —me mostró sus manos armadas con unas poderosas uñas y resoplé admirado.
—¿A ti gustar garras?
—Nunca había conocido a nadie de tu especie —le informé.
—Si yo no querer ser vista, nadie ver.
—De ahí que os llamen sígilos.
—Nuestro verdadero nombre pocos conocer. Impronunciable para vuestras bocas es, mejor decir sígilos. A mí poder llamar, Milay. Ser mi nombre.
—Pues encantado de conocerte, Milay... Ahora debo regresar a mi cuarto, he de dormir algo. Mañana estaré descansado y podrás hablar con el resto del grupo.
—Tú dormir bien, mañana regresar—Me dijo. La vi salir por la ventana y perderse en la noche. Era tan sigilosa como la bruma que se formaba al amanecer y me sentí orgulloso de haberla podido contemplar con mis propios ojos.
—Gracias. Buenas noches —dije, aunque ya no había nadie que me escuchase.
Regresé a mi alcoba y me acosté en mi cama durmiéndome en el acto.

•••

Desperté con la mente embotada a causa de unas imágenes que vi mientras dormía y que deduje no eran sueños. Eran más bien visiones del futuro aún por llegar, aunque en realidad más bien parecían pesadillas.
Vi humo y gritos, llanto y gente sufriendo. Vi extensas humaredas y cuerpos calcinados y aunque no llegué a reconocer en ellos a ninguno de mis amigos, supe que ellos se encontraban allí, junto a mí, rodeados por el caos y bajo la sombra de un temible dragón.
Humedecí mi rostro con el agua de una palangana que había para tal efecto, tratando de despejar mi mente de aquellas terribles visiones y apenas lo conseguí.
Vi que Aidam y también Haskh que debía haber regresado de madrugada, dormían aún y no quise despertarles. Salí de la habitación y me encontré a Acthea en el pasillo, ella al igual que yo salía de su habitación.
—Tienes mala cara, Sargon. ¿Te ocurre algo? —Me preguntó.
—Apenas he dormido. Ya sabes, los viejos como yo ante la perspectiva de la muerte tan cercana, cada vez tenemos menos necesidad de dormir, ya dispondremos de tiempo para ello una vez hayamos muerto —le contesté.
Ella no rio mi broma, tan solo me miró con seriedad.
—No eres tan viejo como intentas hacernos creer—me dijo —. ¿Cuántos años tienes? ¿Setenta? ¿Ochenta?
—Querida mía, ante esas cifras que lanzas al aire con tanta ligereza creo que ya me siento mucho más joven —sonreí —. Aún no he cumplido los sesenta...
—Lo que yo decía, un jovencito —rio también.
Le expliqué mi encuentro de la noche anterior y ella se maravilló con ello.
—Un sígilo. Siempre deseé ver a uno de su especie —dijo, Acthea.
—Pues dentro de un rato conocerás a una, es una hembra y dice llamarse, Milay. Lo que no llegué a comprender muy bien es el motivo de unirse a nosotros, tiene un lenguaje un tanto peculiar. Creí entender que debía de pasar algún tipo de prueba o algo parecido para recuperar el honor ante su pueblo...
—Leí sobre ellos hace mucho tiempo —dijo, Acthea —. Lo poco que ha llegado a saberse es que son muy territoriales y muy huidizos. Pero sí sé algo sobre ellos. Creo que los de su raza han de pasar algún tipo de prueba para ser aceptados como miembros de su tribu. Si no lo consiguen son desterrados de por vida... Y otra cosa es que los sígilos no distinguen entre varones y hembras cuando se trata de cazar o de batallar, todos deben pasar esas pruebas que les distinguen como mayores de edad.
—¿Así que nuestra Milay todavía es una niña para ellos? —Apunté.
—Sería el equivalente de una adolescente entre nosotros.
—¿Como tú, entonces? —Dije con una sonrisa fraternal.
—Yo ya pasé mi prueba, Sargon y fallé... Y por mi culpa toda mi familia murió. No, ya no soy una adolescente, en todo caso si tuvieran que medirme por lo que siento en mi interior, sería muy, muy vieja. Mucho más que tú.
—Tu valor es incuestionable, Acthea. Vi como te enfrentabas tu sola a un ogro. Muchos guerreros más veteranos que tú, hubieran echado a correr ante esa bestia. Tú no. Le hiciste frente y me salvaste la vida. No sé a que esperas para perdonarte a ti misma. Eras una niña cuando ocurrió aquella desgracia.
—Quizás no pueda perdonarme nunca —dijo la joven.
La miré con tristeza. El único perdón que podía llegar a alcanzar era el que ella misma se concediese. Si no se lo concedía, siempre sería esclava de su pasado.
—Es una verdadera lastima —dije y lo sentía de corazón.
—Eres muy bueno conmigo, Sargon, pero yo no merezco ese afecto ni las atenciones que tú me entregas. No creo que logres comprender lo que siento dentro de mí...
—Lo comprendo mejor de lo que crees, Acthea. Por mi culpa murió mucha gente. Un pueblo entero y fue mi ambición la que los mató. Pero con el tiempo recapacité y logré mi redención. Tu debes actuar asimismo. Concédete una oportunidad de perdonarte y te sentirás mucho mejor. Obtén tu redención.
Vi un brillo especial en sus ojos y supe que me había comprendido.
—Creo que lo intentaré, Sargon. Y creo saber como voy a hacerlo. Gracias. Eres un gran amigo.
Se fue, dejándome con una inquietante duda. ¿Qué haría para obtener su perdón?

La joya del dragón. (Terminada).Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora