Errática e incoherente

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Quizás fuera por la adrenalina de salir corriendo o tal vez era el miedo de que él viniera tras mi, pero no pude esperar a que llegara el ascensor y bajé los diez pisos por la escalera. Llegué a planta baja y encaré hacia la puerta, entonces me di cuenta de que solo podría salir si alguien me abría. Miré para todos lados, desesperada, buscando otra forma de salir. Un sollozo escapó de mi boca. Estaba encerrada.

Escuché el pitido que anunciaba que el ascensor había llegado ¿Y si era Damian que venía a buscarme? Con las piernas temblando y el corazón latiendo a toda velocidad, me escondí en las escaleras, donde tenía visión total del recibidor y, por lo tanto, podía ver a quién bajaba del ascensor, pero, a menos que volteara, esa persona no podía verme a mi. Esperé algunos eternos segundos a que las puertas del ascensor se abrieran y su ocupante saliera. En ese mínimo instante se me pasaron miles de escenarios por la cabeza. En el mejor de ellos, Damián solo me pedía disculpas y que no le contara a nadie lo que sucedió (porque nadie podía enterarse que Damian, el bueno, atento y lindo Damián, era un abusador en potencia), y me dejaba ir; y en el peor de los escenarios... el solo pensarlo hizo que gimiera angustiada.

Pero nada de eso llegó a pasar, porque el que salió del ascensor fue un hombre de unos cuarenta y largos, con camisa y chanclas en los pies. Parecía que acababa de llegar de trabajar y se había vestido de entrecasa. Llevaba las llaves en la mano.

Es ahora o nunca, Ana. Pensé.

Salí de mi escondite y seguí al hombre hasta la puerta, donde lo estaba esperando un joven con una caja de pizza. Intenté actuar lo más natural posible, pero no creo que haya sido muy creíble, sobre todo por las lágrimas que empapaban mis mejillas. Cuando el hombre de las chanclas me vió detrás suyo, me dejó salir. Le agradecí con un movimiento de cabeza, esquivé al chico del delivery y empecé a caminar.

No sé cuántas cuadras caminé. Creo que en algún momento corrí, pero no estoy segura. Sabía que tenía que detenerme y pensar qué hacer, pero cada vez que ralentizaba  el paso volvía a acelerarlo, porque nunca estaba lo suficientemente lejos como para sentirme a salvo. Sentía el viento fresco en mi cara y eso me reconfortaba un poco. Finalmente, doblé en una esquina oscura y pude detenerme.

Me apoyé contra una pared e intenté respirar con calma. Me di cuenta que no lo había hecho desde que Damián se tiró sobre mi y tuve que recordarme cómo hacerlo. Inhalo por la nariz y exhalo por la boca, lento, tranquilo. Tenía que ir a algún lado, no quería quedarme en la calle, pero no sabía a dónde y encima no estaba con el auto ¿Por qué lo dejé convencerme de tomar un taxi?

- Así después no tenemos que dejarlo en cualquier lado si tomamos alcohol -me había dicho.

Y estuve de acuerdo. Tendría que haber insistido, no me importaba dejar el auto cuando tomaba.

No podía ir a casa, mis padres harían preguntas y sería el primer lugar donde él me buscaría. Tampoco podía ir a la pensión de Sandra y arriesgarlos a que descubrieran que Matias vivía allí. Tamara me recibiría, pero no me sentiría cómoda; Tamara era una buena amiga, pero, ahora que lo pienso, nunca le contaba mis problemas más profundos. Solo quedaba una persona en mi vida a la que podía acudir. Paré un taxi y le di la dirección de Tina.

Sentía la mirada intrigada del taxista a través del espejo retrovisor.

- ¿Estás bien? -preguntó, preocupado.

Supongo que mi ejercicio de respiración para calmarme no funcionó del todo.

- Sí -mentí.

- ¿Mala noche? -insistió.

La peor

Moví la cabeza en asentimiento, tratando de sonreír para restarle importancia.

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