La mañana del lunes me desperté con el pecho más liviano. Todavía seguía sin hablar con Tina, pero la conversación con mi padre me había dejado más tranquila.
Me levanté temprano para pasar algo de tiempo con mi madre, aún estaba arisca conmigo, pero se sentó a mi lado a tomar su té. Desayunamos en silencio, hasta que decidí que ya era hora de acabar con esto. No sabía cómo reaccionaría mi madre a mi orientación sexual, quizás no me hablaría nunca más y no quería pasar el último tiempo que tendríamos juntas de esta manera.
–Ya sé que te molesta esto –dije cabizbaja –, pero yo necesito averiguar quién soy. –Levanté la vista para verla, mas tenia los ojos fijos en su taza de té –. Siento que toda la vida fui la persona que todo el mundo quiso que fuera –continué –, una chica sumisa que se dejaba llevar por la corriente. Pero ya no quiero ser esa Analia, mamá –busqué su mirada –, quiero elegir mi camino. Sé que puede ser difícil, pero es algo que necesito descubrir. Lo único que no va a cambiar –se me quebró la voz por el llanto inminente –, es que voy a seguir siendo tu hija, los valores y cosas buenas que me enseñaron siguen acá. Espero que podamos seguir siendo las mismas, porque sos mi mamá y siempre te voy a necesitar.
Sollocé y respiré, intentando calmar el llanto. No iba a llorar.
Mi mamá me miró y sonrió con tristeza.
–Siempre vas a ser mi hija –dijo –, solo dame tiempo para aceptar –me señaló completa –todo esto. Admito que esperaba que fueras de otra forma, como yo. No querés, bien, pero dejame asimilarlo.
Algo en su forma de hablar era dura, no con la dulzura de esa sonrisa. Sentí que su intención no era pedirme tiempo, sino hacerme saber que la estaba decepcionando. Y dolió, como una punzada en el pecho. Rasquetee la mesa, incómoda. Ahora sí tuve miedo de lo que podría pasar cuando supiera de Tina.
Intenté tragarme la angustia.
–Tengo que ir a trabajar –logré decir.
Me levanté de mi asiento, agarré mis cosas y le di un beso en la coronilla. Fui a agarrar las llaves del auto, pero preferí evitar la escena de ayer cuando quise hacerlo, así que iría en colectivo.
Salí tan rápido de mi casa, que incluso sin ir en coche, llegué al jardín de Kiara media hora antes. Me senté en el cantero junto a la puerta y revisé mi celular. Nada. Quería contarle a Tina sobre mi papá, pero solo le puse "Hola". Guardé el teléfono para no ver si me dejaba en visto. Miré hacia el sol, intentando relajarme y solo esperé, pero obviamente ella no respondió. Volví a sacar el celular y empecé a escribir sin pensar.
"Lo siento mucho. Entiendo que estés molesta, enojada y cansada, en serio que lo comprendo.". Lo envíe y seguí tecleando, "si sirve de algo, mi papá ya lo sabe. Fue raro y lindo. Quise llamarte apenas paso, pero no sabía si querías hablar conmigo". Se me humedecieron los ojos por lo que se me pasó por la cabeza: quizás ella nunca más querría hablar conmigo. No, eso no podía ser, no podía terminar así. Ella dijo que lo entendía, que se le iba a pasar. Asentí con la cabeza, intentando convencerme de eso.
La puerta del jardín empezó a llenarse de gente que venía a retirar a los niños. Me enderecé, traté de recomponerme y me puse de pie a esperar que Kiari. Ella corrió a mí ni bien salió y en todo el camino a su casa no dejo de contarme todo lo que hizo durante el día, pero yo tenía la atención en mi celular, por si Tina respondía.
Luego de que almorzaremos el cielo se puso oscuro y empezó a lloviznar, por lo que decidí hacer pochoclos y poner una película de Disney para ver con Kiara. Vimos una película entera y a la mitad de la segunda se durmió a mi lado en el sillón. Aproveché para ver mi celular, seguía sin noticias de mi novia, pero sí tenía un mensaje de Matias, así que lo puse al día.
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Mi mundo real
No FicciónAna siempre fue lo que esperaban que fuera: una chica recatada, catequista, que participa activamente de su parroquia y estudia Medicina como su padre. Nunca estuvo conforme con esa vida, pero siempre tuvo demasiado miedo de cambiarlo. Entonces ll...
