Si alguien me hubiera dicho que Matias Ugarte iba a convertirse en algo así como un pseudo amigo, jamás lo hubiese creído. Pero aquí estábamos, parados, más bien escondidos, frente a la oficina del padre Gabriel, esperando a que llegara Cecilia a su visita semanal.
-Estamos juzgando sin saber. Quizás sí quiere confesarse, o necesita hablar.
Matias me miró frunciendo el ceño, como preguntando ¿en serio?
-Ni vos te crees eso. – me respondió.
-Repetime, ¿por qué hacemos esto?
-Porque no tenemos nada más que hacer.
-Me da pena nuestra vida.
-Y por eso nos llevamos bien.
No es que de fingir que el otro no existía nos hicimos amigos tan rápido, solo encontramos un punto en común: él se había distanciado de su mejor, y al parecer único, amigo; y por mi parte, las cosas con Tina seguían raras, si puedo decir rara a que no había me llamado ni mandado ni un mensaje en algo más de una semana; en conclusión, los dos estábamos solos y teníamos vidas patéticas.
-¿Por qué no le hablas vos? – preguntó Matias.
-Porque quizás se sienta mal o incómoda y no quiero presionarla. – dije, cuando en realidad yo me sentía incómoda, porque todavía no sabía qué me pasaba cuando recordaba ese momento en su departamento.
-O quizás crea que estas enojada o algo así.
No dije nada, porque no tenía qué decir. No quería admitir frente a él cómo yo me sentía. Tampoco eramos tan cercanos.
-Asi que eso vas a hacer, le vas a escapar a tus problemas. – me incriminó – Pobre pelirroja, debe creer que pensás que es una abusadora. Pero esta esta bien, - se encogió de hombros – hace lo quieras. No tenés porqué hacerme caso, no es que seamos amigos ni nada.
Y así logró hacerme sentir pésimo. Realmente no había pensado que ella pudiera creer que yo estaba ofendida. Yo no estaba ofendida, solo... en todo caso, no era su culpa.
-Bien – contesté derrotada.
Saqué el teléfono, solo para que Matias me lo arrancara de las manos.
- ¿Qué hacés? – exclamó.
-Le voy a escribir a Tina. ¿No hablábamos de eso?
-Sí, pero tus problemas amorosos los resolvés fuera del trabajo.
-¿Qué trabajo?
-Espionaje. – respondió señalando la puerta, justo cuando Cecilia entraba sin tocar.
Me di cuenta tarde de lo que había dicho antes de trabajo.
-¡Yo no tengo problemas amorosos! – repliqué.
-Tarde – se rió Matias –. Si lo aclarabas enseguida te creía, ahora ya no.
Rezongué un poco, mientras él seguía tomando provecho de mis problemas para no pensar en los suyos.
-¿Y vos? ¿Pensás enfrentar a Damian o vas a seguir escondiéndote atrás de las columnas?
Asi como Tina y yo nos esquivamos mutuamente, él se escapaba de Damian. No aguantaba que criticara a su hermana, y no tenía cara para mirarlo a los ojos y decirle que ya no lo hiciera. Ahora tenían una rara relación de incómoda cordialidad. Y eso había apartado a Matias de todos, ya que, esos que decían ser sus amigos, en realidad solo eran amigos de Damian, y, cuando se separaron, ninguno vino a buscarlo. Y aparecí yo, como un rayo de luz en su soledad.
-No desvíes el tema – me dijo.
-Yo no desvió, vos desvías, usando mi vida para no ver la tuya.
Me miró en silencio, meditando la situación, quizás meditando sobre su vida.
-¿Ves? - exclamó fastidiado, alzando la voz - Por esto espiamos al cura. Vos no querés aceptar lo que te pasa, yo no quiero hablar del tema de mi hermana, ¿por qué no seguimos espiando?
Iba a decirle que yo no tenía nada que aceptar, que no me pasaba nada, pero con eso seguiríamos discutiendo. Aparte, no sería cierto.
- Esta bien, tenés razón. - dije finalmente, y volvimos a nuestro trabajo de espionaje.
Había pasado un rato largo sin nada nuevo: la puerta seguía cerrada y Cecilia dentro. Matias empezó a revisar mi celular, hasta que dio con los juegos y se envició con el Candy Crush. Yo ya me estaba fastidiando. En lo que a mi respecta, ahí adentro podía no estar pasando nada y nosotros estábamos perdiendo nuestro tiempo. Pensé qué podíamos hacer para tener más información, para apurar las cosas.
-¿Qué crees que pase si tocamos la puerta? – pregunté.
Matias levantó la vista de mi celular y nos miramos como dos niños planeando una travesura. Sin necesidad de decirlo, empezamos a caminar a paso rápido y entre empujones hacia la puerta de la oficina del padre Gabriel.
Nunca fui una chica con suerte, y las circunstancias nunca estuvieron de mi lado, y este momento no fue la excepción. Estábamos a dos pasos, peleándonos por golpear la puerta, cuando mi teléfono empieza a sonar. Mi teléfono, que todavía estaba en manos de Matías. Él lo levantó para ver el identificador, sonrió con malicia y creo que inmediatamente mi rostro se tiñó de rojo.
-Hablando de Roma... - dijo, enseñándome la pantalla y alejando el celular cuando quise agarrarlo. – Tina – pronunció pausado.
Salté hacia su mano en un intento desesperado por arrebatarle el aparato. Pero él era más alto que yo y solo levantando un poco el brazo lo dejo fuera de mi alcance.
-¿Siempre te ponés tan nerviosa cuando llama?
-Dámelo. – chillé, dando pequeños saltitos y empujándolo para que baje el brazo.
-Te pones muy nerviosa para ser alguien que no te gusta, ni nada – se burló.
-¡Basta!
Me agarré de su cuello, para poder estirarme mejor, mientras Matias se ría de mi. Estábamos haciendo un verdadero lío. Al parecer bastante molesto, porque escuchamos abrirse la cerradura de la puerta del cura. Paramos de pelear y nos miramos triunfantes. ¡Sí estaba con llave! ¿Por qué una persona que solo va a confesarse cerraría con llave? Gabriel tardó un poco más de la esperable en salir, y, por si les interesa, su camisa estaba mal abrochada.
Matias reprimió una risa con poco éxito, haciendo un raro sonido con la boca.
-¿Qué están haciendo? – preguntó el curita de mala manera.
¿Qué paso? ¿interrumpimos algo?, pensé, y casi podía escuchar a Matias pensar lo mismo.
A todo esto seguíamos prácticamente uno encima del otro, yo sosteniendo su brazo, que ya había dejado caer. Nos miramos y mi celular volvió a sonar. Aproveché la situación para sacarselo de las manos y me aparté:
-Yo atiendo el teléfono. – le respondí a Gabriel, alejándome y dejando a Matias balbuceando algo sobre su mamá.
Me aparté lo suficiente para que nadie escuchara, respiré y atendí.
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Mi mundo real
Non-FictionAna siempre fue lo que esperaban que fuera: una chica recatada, catequista, que participa activamente de su parroquia y estudia Medicina como su padre. Nunca estuvo conforme con esa vida, pero siempre tuvo demasiado miedo de cambiarlo. Entonces ll...
